Recomponer los destrozos de Boris Johnson

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— P U B L I C I D A D —

Sus antecedentes en Eton y Oxford demuestran que Boris Johnson era, es, una de los más aventajadas personalidades de los miles que pasaron por sus aulas a lo largo de muchos siglos. Su desempeño, especialmente en la política británica, pese a tan acreditadas evidencias de inteligencia y listeza, queda emborronado por su comportamiento oportunista, su falta de respeto a sí mismo y a la tradición de su Partido Conservador y, sobre todo, su rabiosa resistencia a dejar el poder una vez comprobada su irrefrenable tendencia a mentir al Parlamento, probablemente el comportamiento político más grave en el Reino Unido, sobre todo si el que lo comete es el primer ministro. Loor, pues, a la institucionalidad británica, que ha resistido la pulsión totalitaria de su jefe de Gobierno y lo ha desalojado del poder para preservar precisamente el prestigio del país tan letalmente dañado por Johnson. Un ejemplo de coraje institucional y ciudadano que a buen seguro provoca una sana envidia en latitudes más al sur de Europa.

Mientras se termina de echar definitivamente a Johnson del 10 de Downing Street, poniendo fin a su experiencia traumática caracterizada por una mezcla tóxica de incompetencia económica, degeneración ética y descrédito internacional, tanto las fuerzas políticas del Reino Unido como las europeas están evaluando ya la manera de recomponer los enormes destrozos causados por Johnson, al fin y al cabo un oportunista que se apropió de la bandera ultranacionalista del UKIP para consumar un Brexit, que prometía poco menos que la restauración del imperio y días sin fin de vino y rosas. 

La realidad es que nada parece haber salido como predijo Johnson. Véanse si no sus últimos presuntos logros: la ruptura unilateral del Protocolo de Irlanda es a todas luces una decisión desastrosa no sólo para las relaciones con la Unión Europea sino también para el mantenimiento mismo de la paz en Irlanda del Norte. Los nacionalistas escoceses han aprovechado la mentira del Brexit para volver a plantear un referéndum de independencia; no en vano la pertenencia a la UE fue el argumento más convincente para los que eran contrarios a la secesión, y a los que Johnson dejó literalmente con las vergüenzas al aire. Para cerrar el cuadro, véase también el saldo de sus drásticas políticas antiinmigratorias, que han desembocado en una ostensible falta de mano de obra en servicios públicos esenciales, la hostelería y el comercio. En suma, el triste legado de Johnson es que ha puesto al país al borde de una grave crisis estructural y del estallido territorial. Y, naturalmente, tampoco se ha cumplido la gran promesa de aquel referéndum tramposo, de que el Reino Unido, tras la recuperación del control, liberaría y dinamizaría la economía, suscribiría grandes acuerdos con todo el mundo, comenzando por Estados Unidos, sin las ataduras de la burocracia de Bruselas.

Como apunta Michael Emerson, “el daño causado a muchas de las joyas de la corona ha sido increíblemente irresponsable, incluyendo la comunidad académica y científica, e incluso a la City de Londres”. Este y otros analistas de Bruselas constatan, sin embargo, que a día de hoy no existe un apoyo real para revertir totalmente el Brexit y volver a unirse a la UE, como tampoco en el seno de la actual UE habría unanimidad para apoyarlo. Arguyen para ello que, desde que se consumó el Brexit, la UE ha experimentado sustanciales innovaciones en financiación, con préstamos masivos y la perspectiva de nuevos ingresos fiscales de la UE, lo que a su juicio hubiera sido impensable con los británicos dentro porque lo habrían bloqueado sin rodeos. 

En los laboratorios de ideas de la capital comunitaria se están pergeñando otras soluciones, que facilitarían la vuelta al mercado único y a la unión aduanera. En concreto, se trataría de que Londres entrara en el Espacio Económico Europeo (EEE) a la manera de Noruega, es decir sin las políticas agrícola y pesquera de la UE. 

Argumentan tales pensadores que con esta solución “el comercio volvería a fluir hacia la UE sin costes burocráticos, además de restablecer la libre circulación de las personas. También desharía el daño que supone quedar excluido de los programas de investigación y educación de la UE, concretamente de Horizonte Europa y del programa Erasmus”.

Por las mismas razones, cabe pensar que con tal solución se desactivaría el follón desencadenado por la primera ministra de Escocia, Nicola Sturgeon, con su propuesta de nuevo referéndum de independencia so pretexto de haber contravenido la promesa, que hizo ganar el anterior a los partidarios  de seguir en el Reino Unido, de que seguirían en Europa. Y, por supuesto, eliminaría también de un plumazo la necesidad del Protocolo de Irlanda, convertido ahora mismo en el principal problema de las relaciones UE-Reino Unido, una pesadilla para los comerciantes y una seria amenaza a la frágil estabilidad de la isla de Irlanda. 

Obviamente, pertenecer al EEE no es lo mismo que integrarse de pleno derecho en la UE. No obstante, sería una solución de compromiso para recomponer el destrozo, una vez comprobados los resultados claramente desfavorables para el Reino Unido a causa del Brexit. El EEE aseguraría así el reintegro al mercado único y la libre circulación, aunque evitaría la federalización, tan temida por los nacionalistas ingleses. Tampoco se les exigiría unirse a la política fiscal y macroeconómica de la UE, y sí facilitaría en cambio la cooperación en asuntos de investigación científica, política exterior y de seguridad.  

Tales cautelas también serían buenas para la propia UE. Si los británicos, tan celosos de su independencia, no estarían abocados a convertirse en un estado federal dentro de la UE, ésta tampoco vería sus grandes proyectos de avance en su integración e innovación, que nuestros exsocios británicos tenían la funesta manía de bloquear. 

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