Portugal, ese pequeño gran país

Portugal, ese pequeño gran país
Serralaitz
Serralaitz, el seudónimo usado por el autor en atención a su lugar de nacimiento, es un localismo que corresponde al nombre dado en la zona a una sierra riojana: la Sierra de la Hez, un conjunto de montañas en el corazón de La Rioja, entre las comarcas de Rioja Baja y Alto Cidacos-Alhama y Cameros y a una altura superior a los mil metros. Desde esa altura, cuando no hay niebla, las cosas se aprecian de una forma muy especial.

Nadie entre nosotros puso en las bocas de los fusiles de nuestros soldados allá en la Transición claveles rojos, como hicieron los soldados portugueses con su revolución de los claveles… Se nota hoy, Portugal y sus políticas/os y sus periodistos/as están encajando de otra manera el tema de Europa y el coronavirus.

En el Parlamento portugués, la derecha y la izquierda portuguesa, el Gobierno y la oposición, han cerrado filas frente al desprecio y egoísmo de la Europa de los ricos. Aquí oposición y gobierno andan a la gresca, como si persiguiesen la rentabilidad máxima de este conflicto para sus intereses partidistas por encima de las sagradas soberanas necesidades de la nación entera, cuya bandera adorna hasta sus ropas interiores.

Hubo una Transición allá por la década de 1970 a la cual reprochan algunos que fue dictada por la banca española. Y hoy, cuando algún político o algún grupo político anuncian unos cambios en los que se respetarán los intereses de la comunidad por encima de los privilegios de los grandes capitales, caras avinagradas y miradas airadas amenazan con un diluvio universal.

Y mientras portavoces de la oposición se vanaglorian de haber conseguido reabrir el Parlamento, y con ello una gran victoria sobre el Gobierno, y que se hagan entrevistas abiertas a la prensa desde el ABC y el País hasta la más impresentable y barata hoja parroquial, solo podemos recoger algunos elogios de grandes diarios de prestigio internacional.

Parece que estamos reviviendo la fábula de la rana que quiso ser vaca preñada y reventó en el empeño.

A lo mejor alguien podría mandarnos, Tajo arriba, a contracorriente, un barco con millones de claveles rojos desde el mar lisboeta de la Paja hasta las fuentes de ese río que nos une o nos separa, cualquiera sabe…

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