Portugal demuestra que aún son posibles las mayorías absolutas

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— P U B L I C I D A D —

Francis Fukuyama decretó “el fin de la historia” después de que Ronald Reagan concluyera la Guerra Fría con la derrota de la Unión Soviética y del comunismo. Todo un profeta el famoso profesor norteamericano. También han proliferado en los últimos años los que han decretado urbi et orbe no solo el fin del bipartidismo sino también de las mayoría absolutas, tanto en el conjunto de Europa como muy especialmente en España.

El socialista portugués Antonio Costa acaba de desmentir con su aplastante victoria lo que ya parecía haber devenido en una verdad prácticamente incontrovertible. Podrá gobernar sin ataduras, al haber sobrepasado el listón de los 116 escaños de los 230 de que consta el Parlamento luso. Un resultado, que además de desmentir a los adalides de la atomización, fragmentación e ingobernabilidad de las cámaras legislativas, constituye un descomunal varapalo a los institutos de opinión, ninguno de los cuales fue capaz de vaticinar en Portugal lo que finalmente se ha producido.

Para curarse en salud los más precavidos pronosticaron un empate técnico. Pues bien, la goleada del Partido Socialista (PS) a su rival conservador, que a pesar del nombre es el Partido Social Demócrata, ha sido nada menos que por una diferencia de 734.000 votos (41,6% frente al 27,8%). Está, pues, claro que en adelante los augures de todo tipo tendrán que afinar mucho el oído político y la cocina de los sondeos si quieren recuperar credibilidad después de tan descomunal batacazo.

Antonio Costa tras su aplastante victoria en las elecciones portuguesas

Se acabó la geringonça

Junto con esta conclusión, las de orden político tampoco son mancas. La primera es para la extrema izquierda, aficionada a trastear con cerillas y bidones de gasolina políticos. El Bloco de Esquerda (BE) y el Partido Comunista Portugués (PCP), aliados del PS de Costa en la famosa “geringonça”, habían tumbado los presupuestos de 2022, no dejando otra salida al presidente de la República, Marcelo Rebelo de Sousa, que la convocatoria anticipada de elecciones. Los votantes han responsabilizado a ambos de haber impedido con ello tanto la subida del salario mínimo como el reforzamiento del maltrecho Sistema Nacional de Salud, sin duda las dos cuestiones a las que más sensible es un electorado sacudido de manera implacable por la virulencia del virus y por el zarpazo de este a la economía.

El Bloco, trasunto del BNG español, ha pasado de 19 escaños a 5, su peor resultado desde 2005, que le retrasan hasta el sexto puesto entre las fuerzas parlamentarias. Tan solo un escaño más, 6, es la cosecha del PCP, que en estos comicios iba en coalición con Los Verdes. Ambos serán ahora la oposición a Costa por la siniestra, lo que dejará al líder socialista vía libre para ocupar con comodidad el centro.

Enfrente, a la derecha, los conservadores del PSD de Rui Rio pierden 8 escaños (de 79 pasan a 71), que han ido a parar y se han repartido entre los ultraconservadores de Chega, que han cosechado 12 escaños, y los liberales, que suman 8. A reseñar, y no es cosa menor, la desaparición del hemiciclo del histórico Centro Democrático Social (CDS). Es la primera vez en medio siglo que no estará presente en el Parlamento, lo que ha convertido a su líder, Francisco Rodrigues dos Santos, en la primera víctima política de las elecciones. Habrá que ver si también dimiten los líderes del Bloco, Catarina Martins, y el del PCP, Jerónimo de Sousa, los otros grandes derrotados de una justa electoral que ha tenido un solo vencedor, Antonio Costa, el abogado lisboeta de 60 años, con raíces en la antigua colonia de Goa.

Al otro lado de la raya, es decir en España, cabe suponer que tanto el presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, sus aliados de la llamada coalición Frankenstein, los partidos políticos de la oposición, la nueva constelación de formaciones de la España Vacía o Vaciada y los gurús de los institutos de opinión, estarán haciendo cálculos y cábalas sobre los caprichos de la historia y anticipar la voluntad de los electores, esos que, como afirma el lema de los mayores ante las dificultades para operar por medios electrónicos con sus bancos, pueden ser viejos pero no tontos. 

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