No habrá piedad para los vencidos en la guerra civil de Etiopía

Ahmed, primer ministro de Etiopía
Pedro González
Periodista, experto en Política Internacional. Fue director de Redacción de Euronews y fundador del Canal 24 Horas de TVE.

El bloqueo informativo absoluto impuesto por el Gobierno del primer ministro etíope, Abiy Ahmed, impide comprobar la cartografía militar de una guerra que el propio Ahmed, Premio Nobel de la Paz 2019, considera ha entrado en su última fase. Los rebeldes del Frente Popular de Liberación del Tigray (FPLT), la región insumisa frente a las órdenes de Addis Abeba, se declaran prestos a inmolarse “hasta expulsar a los invasores”, según Debretsion Gebremichael, líder del FPLT, y antiguo camarada de Abiy Ahmed tanto en el Ejército como en los servicios secretos de Etiopía.  

Las huestes de Gebremichael solo hablan de resistencia y de perecer antes que rendirse, pero no desmienten la caída de las principales ciudades de una región que cuenta con apenas cinco millones de habitantes, el 4,5% de la actualmente superpoblada Etiopía con sus casi 110 millones de almas. Chequeando, pues, partes de un bando y omisiones de otro, se da por sentado que Adigrat, Aksum y Adwa han pasado a control de las tropas federales. Queda por lo tanto Mekele, la capital de la región, que cuenta con algo más de medio millón de habitantes, y hacia donde se dirigen con ánimo de cercarla los carros de combate de Abiy Ahmed. Su portavoz militar, el coronel Dejene Tsegaye, a través de la televisión pública etíope ETV, ha conminado a la población civil a que retire su apoyo a las “ilegitimas autoridades de la Junta de Gobierno [del Tigray]”, con una advertencia amenazadora en caso contrario: “Después no habrá piedad”.  

El FPLT ha tratado por todos los medios de internacionalizar el conflicto, surgido a raíz de un ataque a bases militares del Ejército federal tras ser conminado a deponer su actitud de insumisión y celebrar elecciones regionales contraviniendo las órdenes de Addis Abeba. Después ha lanzado cohetes contra Asmara, la capital de la vecina Eritrea, con ánimo de involucrarla en el conflicto, al tiempo que favorecía un éxodo masivo hacia Sudán, también con la intención de avivar los ánimos de Jartum contra Addis Abeba, bastante excitados a propósito del contencioso derivado de la puesta en marcha de la gigantesca Presa del Renacimiento, que Sudán, y sobre todo Egipto, consideran drenará hasta el 80% de las aguas del Nilo, vitales para ambos países.   ¿Hasta dónde llega el derecho de secesión? 

Abiy Ahmed ha esquivado esa internacionalización y se ha negado a aceptar cualquier mediación, la última de la Unión Africana, cuyo presidente en ejercicio, el sudafricano Cyril Ramaphosa, tiene dispuesto en previsión un equipo de técnicos y diplomáticos para negociar una desescalada militar primero, y un posible acuerdo después. Ninguna de las dos cosas están por ahora en el ánimo del Nobel de la Paz, cuyo comportamiento parece obedecer más a concluir esta guerra con el sometimiento total del Tigray, la región que en el pasado más reciente tuvo la mayor influencia de todas las minorías étnicas dentro del gobierno federal de Etiopía.  

Conviene recordar que Etiopía es uno de los dos únicos países del mundo que reconocen el derecho de secesión (artículo 39.1 de la Constitución de 1994), junto al Archipiélago de San Cristóbal y Nieves (artículo 115 de la de 1983). En base, por lo tanto, a esa disposición el Gobierno de Addis Abeba estaría conculcando la ejecución de ese derecho por parte de su región autónoma del Tigray. 

El propio Consejo de Seguridad de Naciones Unidas, además de abordar las implicaciones de esta guerra civil para todo el Cuerno de África, se dispone a abordar, siquiera colateralmente, hasta dónde llega esta excepcionalidad etíope, que ‘mutatis mutandis’ ya tuvo sus antecedentes en la escisión de Crimea respecto de Ucrania, para de inmediato integrarse en la Rusia de Vladímir Putin, y la de la propia implosión de la Unión Soviética, cuya Constitución también garantizaba sobre el papel el derecho a la secesión de los numerosos pueblos y naciones que integraban el país más extenso del planeta, aunque, como es sabido, Moscú enviara al Archipiélago Gulag a los que osaran reclamar aquel presunto derecho.    

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