
Es el grito que inundó las calles justificadamente cuando la guerra de Irak y que se echó de menos en la última entrega de los premios “Goya” por la cinematografía nacional, distraídos como estaban por ver que disfraz era más “epatante” o más ridículo.
O quizás es que la “progresía” artística ha perdido fuelle solidario y pacifista, se han aburguesado y con la edad no ven, no oyen o no opinan (como cipayos obedientes), cuando es más o menos conveniente para ellos. Es el seguidismo sectario de un PSOE que empezó con “OTAN de entrada NO”, para más tarde acceder al gobierno gracias al “OTAN, SI”. Los principios “marxistas” (de Groucho Marx) es lo que tienen: sirven para una cosa y la contraria allí donde hay dinero.
Cuando escribo estas líneas, no sólo tenemos tropas desplazadas en diferentes zonas geográficas de Europa, acosando a la antes amiga Rusia como aliados de esa OTAN antes objeto de crítica. Una OTAN que en realidad es el brazo armado del antaño enemigo yanqui, convertido en amigo y protector político y económico del socialismo descafeinado y veleta en Europa. Es más, según el actual “mentor” de lo “progre” y presidente de los EE.UU. Sr. Biden, el miércoles 16 de febrero comenzarían las hostilidades bélicas en el frente europeo, a muchos kilómetros de EE.UU.
Las guerras no son programables —o al menos no lo habían sido nunca hasta que fueron una manera de satisfacer intereses económicos, geoestratégicos o geopolíticos que favoreciesen o beneficiasen a las oligarquías capitalistas del mundo o se considerasen nuevas “cruzadas” para imponer religiones a los que se consideran infieles—. No en vano el “fundamentalismo USA” al que se refiere Johan Galtung, como “fundamentos teológico—políticos de la política exterior estadounidense”, encuentra su justificación en considerarse el pueblo elegido de Dios dentro de una cosmología “que legitima la violencia directa y estructural”. Todo empezó con el llamado “Proyecto Camelot” puesto en marcha en 1964 con la cuantiosa ayuda de la “Special Research Operations Office” (SORO) cuyos objetivos eran “desarrollar un modelo general de los sistemas sociales que posibilitara predecir e influir políticamente en aspectos políticamente significativos de cambio social en las naciones…” Todo ello supone “la sustitución de un sistema internacional clásico, con fronteras y reglas de funcionamiento bastante precisas, por un sistema social mundializado, con fenómenos contradictorios: globalización, regionalización, fragmentación y localización”
Las vías para conseguirlo, era (entre otros) monitorizar desde finales de la II Guerra Mundial sobre todo a la vieja y caduca Europa, en cuya parte oriental pervivían sistemas comunistas, utilizando para ello ese dinero cuyo origen procedía de las “cruzadas” o conflictos en los que, tras destruir con armas, era preciso volver a construir con recursos y medios de alta rentabilidad financiera. Una actividad externa que Trump quiso domesticar con el resultado conocido y que, su sucesor Biden continuó de inmediato con el bombardeo de la frontera de Siria/Irak en el primer mes de su mandato y que, ahora, a través de la OTAN pretende ampliar frente a Rusia con la excusa de Ucrania, un país de raíces eslavas fuertemente implicadas con el nacimiento del pueblo ruso en el siglo IX. Lo ocurrido en la célebre plaza del Maidán de Kiev, era el comienzo de una operación encubierta para derrocar al presidente ucraniano pro ruso Viktor Yanukóvich del Partido de las Regiones, para ser sustituido por Petró Poroshenko de Solidaridad Europea, partidario del ingreso en la UE y, por consiguiente, en la OTAN. Las protestas regaron de sangre las calles y sobre todo, crearon un nuevo enfrentamiento social que, al parecer, podría llevar a la guerra (según Biden).
Ucrania —según Zbiniew Brzezinski, consejero para la Seguridad Nacional del presidente de EE.UU. entre 1977/1981— es considerada “un espacio nuevo e importante sobre el tablero euroasiático, un pivote geopolítico por su independencia, ya que sin ella Rusia deja de ser un imperio…” (“El gran tablero mundial”.-1977). Más adelante añade: “Si Moscú vuelve a hacerse con el control de Ucrania, con sus 52 millones de habitantes y sus importantes recursos (además del acceso al mar Negro), Rusia volverá a tener la posibilidad de convertirse en un poderoso estado imperial, por encima de Europa y Asia”. De esta forma sabemos a qué atenernos cuando el análisis de Brzezinski se extiende a Azerbaiyán (“cuello de botella que contiene las riquezas de la cuenca del mar Caspio y de Asia Central”), Turquía (“importantes pivotes geopolíticos, uno de los cuales estabiliza la región del mar Negro, neutraliza a Rusia en el Cáucaso y es el pilar sur de la OTAN”) o Irán con su dominio de la costa oriental del Golfo Pérsico.
Las preguntas que quedan en el aire son: ¿hasta dónde debería llegar la ampliación de la Unión Europea hacia el este? ¿deberían coincidir los intereses europeos con los de la OTAN, donde el voto de EE.UU. sigue siendo decisivo? ¿Debería considerarse a Rusia como posible parte de la UE o de la OTAN? (esa Europa más extensa ejercería una gran atracción para establecer vínculos con Ucrania, Bielorrusia y la propia Rusia). En suma: ¿tiene la UE capacidad soberana suficiente para crear su propia política exterior o debe estar patrocinada siempre por intereses ajenos? Muchos gobiernos europeos parecen ser simples títeres manejados política y culturalmente (Stonor) por EE.UU. para seguir siendo dependientes en todos los aspectos (salvo en la etapa Trump) de la que todavía se considera primera potencia mundial (aunque la relación dure apenas unos minutos de abordaje en un pasillo).
De momento, vientos de guerra programada soplan de nuevo sobre Europa y el “gran tablero mundial” de juego, tras el paréntesis de no intervención exterior del denostado Trump, al llegar al poder los defensores del imperialismo USA, de su industria de armamento y del dinero que toda guerra reporta para los más hábiles. China no puede olvidarse con su poder actual, sus propios intereses hegemónicos y las alianzas más convenientes frente a EE.UU. cuyo nuevo presidente empezó con mal pie (y ha continuado en la misma línea de confrontación bélica).
De momento nuestro “artisteo” subvencionado, las organizaciones sindicales o la prensa de alquiler, no han producido ningún titular de “¡No a la guerra!”. Su silencio cómplice da muestras de la talla moral de quienes así actúan. Lo importante es la “pasta”.













