El momento hamiltoniano de la Unión Europea

El momento hamiltoniano de la Unión Europea
Pedro González
Periodista, experto en Política Internacional. Fue director de Redacción de Euronews y fundador del Canal 24 Horas de TVE.

Desde la gravísima crisis financiera de 2008 han proliferado los augures de la desaparición de la Unión Europea. Ciertamente, los momentos críticos la han puesto a prueba y quienes apostaban por la implosión jugaban con bastantes posibilidades de acertar. El desgarro de la crisis migratoria y los jirones de energía malgastados en el brexit, han testado la solidez del proyecto más grandioso de unificación y cesión voluntaria de soberanía de la historia. Ahora, la pandemia del coronavirus ha provocado un nuevo movimiento sísmico, que aún amenaza los cimientos mismos de la UE. 

Tras los primeros titubeos y las consiguientes decepciones de los ciudadanos, que observaron atónitos la descoordinación entre los estados miembros y el hecho mismo de que muchos de ellos sucumbieran a la tentación del sálvese quien pueda, la reacción y los planes para capear la crisis han trocado la decepción en esperanza. La enorme financiación diseñada para paliar los destrozos causados por la crisis puede convertirse también en la catapulta de una reindustrialización de Europa. Un plan que, sin llegar a la mutualización de la deuda, algo expresamente prohibido por los tratados de la UE, permitirá el endeudamiento asumido por la Comisión Europea en nombre de los 27 Estados miembros. O sea, un paso decisivo en cualquier caso hacia la federalización, proceso hamiltoniano que no sería tampoco completamente nuevo, puesto que en realidad se inició con la instauración del euro, la moneda única. 

La aprobación definitiva de ese fondo será muy ardua, pero no podrá demorarse en exceso, toda vez que, en caso de fracasar, el colapso de la Europa meridional sería instantáneo, arrastrando con su derrumbamiento a todo el edificio europeo. El punto neurálgico de la cuestión consistirá en consensuar las perentorias necesidades de un Club Mediterráneo de dudosa fama respecto de la austeridad y el ahorro, con la frugalidad de los más ricos y saneados, especialmente Países Bajos, Suecia, Dinamarca y Austria. 

El presidente francés, Emmanuel Macron, no ha dudado en multiplicar sus gestiones tanto con la canciller alemana, Angela Merkel, como con el primer ministro holandés, el liberal Mark Rutte. La posición de este es tanto más delicada cuanto que tiene en puertas unas elecciones generales, en las que los sondeos auguran un fuerte aumento de los partidarios del ultraconservador Partido de la Libertad, uno de los mayores opositores al incremento tanto del marco presupuestario plurianual de la Unión como a la donación sin contrapartidas de una parte del Fondo de Recuperación y Resiliencia. Planes impecables justificando hasta el último céntimo

En estas condiciones, es obvio que los países candidatos a recibir las mayores cantidades de ese fondo de 1,5 billones de euros, es decir España e Italia especialmente, habrán de presentar proyectos absolutamente impecables a los que vayan a destinar ese dinero. Es sin duda un momento fundamental para el relanzamiento de la propia construcción europea, a partir de la modernización que cada Estado pueda acometer gracias a esa financiación extraordinaria. También de hacer realidad la máxima de que, de una crisis, de una peste como la pandemia, puede surgir otro Renacimiento, evocando aquella explosión de creatividad y prosperidad tras el desastre epidemiológico del siglo XIV. 

A pocos días de que Alemania asuma la presidencia semestral rotatoria de la UE ha sido una agradable sorpresa contemplar el giro radical operado por la primera potencia de la UE, que ha pasado de la reticencia y la austeridad a toda costa a considerar que, sin transferencias de los más ricos a los menos dentro del propio marco comunitario, peligraría su propia prosperidad. Si en la crisis de 2008 la UE estuvo realmente al borde del abismo, Merkel ha oteado en la actual el posible colapso del mercado único, piedra angular del edificio comunitario. 

Tendrá por tanto la canciller germana que conciliar no solo al norte y sur de Europa, sino también convencer a todos de que va siendo tiempo de ceder algo más de la soberanía nacional en favor de un instrumento comunitario que permita adoptar decisiones ejecutivas rápidas, diseñar y actuar con estrategias a medio y largo plazo, y articular y disponer para ello de fondos propios. ¡Casi nada! Pero, a día de hoy y en medio de la tempestad causada por la pandemia, solo un liderazgo como el de Angela Merkel podría impulsar el paso decisivo para la gran transformación de la Unión Europea. Más aún, para que deje de ser un mero espectador, pequeño y molesto, de la pugna entre Estados y China, y se alce al primer plano de la escena internacional. 

Algo que solo conseguirá si también preserva la cohesión de las sociedades de sus 27 miembros, lo que implica obviamente achicar al máximo las brechas de desigualdad que la pandemia ha ensanchado y puesto descarnadamente al descubierto.

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