La ultraizquierda toca el cielo del poder en Chile

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— P U B L I C I D A D —

A Gabriel Boric Font, hijo de croata y nieto de catalana, no le ha hecho falta tomar por asalto el cielo del poder sino tan solo imponerse en las urnas a su rival ultraconservador, José Antonio Kast, que apenas consumada más de la mitad del recuento de votos admitía su derrota: “Desde hoy Gabriel Boric es el presidente electo de Chile y merece todo nuestro respeto y colaboración constructiva. Chile siempre está primero”, rezaba el primer mensaje público del derrotado Kast tras telefonear a Boric para felicitarlo personalmente. 

El gesto contradice las sombrías predicciones de quienes apostaban por que el candidato que preconizaba la ley y el orden como guías de su acción política, no reconocería los resultados e intentaría todo tipo de maniobras, a la manera de Donald Trump, para no reconocer el resultado electoral. A la vez, alivia al propio electorado chileno, mucho más centrado que sus propios dirigentes políticos, y al que se había arrastrado a una polarización extrema. 

Sin embargo, el triunfo del candidato de una coalición en la que se integran el Frente Amplio y el Partido Comunista, saludado de inmediato con alborozo, entre otros, por el brasileño Lula da Silva y por Pedro Sánchez, no ha hecho desaparecer esa radical división de un Chile obligado a pronunciarse sobre dos modelos de país radicalmente distintos. Triunfante el que preconiza el extremo izquierdo de la balanza política, la principal incógnita ahora será comprobar si sus reformas radicales se impondrán de todas maneras o se buscará algún tipo de consenso con las maltrechas fuerzas políticas de centro. 

Boric tiene la edad mínima legal para ser presidente del país: 35 años. Con él se aglutina una nueva generación de jóvenes que van a tomar las riendas del país y de su propio destino. Su primer cometido marcará todo lo que venga después, a saber, la reconciliación o no con las generaciones anteriores, a las que se han hartado de descalificar en los últimos años. Hacían referencia no solo a su culpa por haber vivido bajo la dictadura de Augusto Pinochet, sino también por haber protagonizado la transición política que siguió al desalojo del dictador tras perder éste un referéndum que él mismo convocó. Esa transición política, agrupada en la Concertación de Partidos por la Democracia –alianza conformada por democristianos, socialcristianos y socialistas-, que había permitido a Chile convertirse en el país más avanzado y próspero del continente iberoamericano, ha sido descalificada con toda virulencia, intensificada especialmente desde el estallido social del 18 de octubre de 2019.  Instituciones deslegitimadas y nueva Constitución

Gabriel Boric, que consuma en apenas una década una trayectoria que va de presidir la Federación de Estudiantes de la Universidad de Chile, a la máxima magistratura del país, se encuentra con unas instituciones debilitadas y deslegitimadas por quienes le han acompañado en su aventura de demolición del sistema. Tanto la Cámara de Diputados como el Senado, donde las fuerzas políticas de izquierda y derecha están prácticamente a la par, podrían ser pulverizadas por completo por la actual Convención Constitucional, que ha de presentar en el segundo semestre de 2022 el borrador de una nueva Constitución, que luego habrá de someterse a referéndum. El aplastante dominio de la izquierda entre los constituyentes podría hacer tabla rasa y acentuar en consecuencia la polarización política. 

Caben pocas dudas de que quienes han alzado a Boric a la Presidencia van a exigirle también resultados inmediatos en la implantación de sus reformas radicales: sanidad y educación públicas y gratuitas con carácter universal; condonación de los créditos concedidos a los estudiantes universitarios para financiar sus carreras; eliminación del sistema privado de pensiones, y fuerte aumento de los impuestos “a los ricos” para financiar todo este gigantesco plan de cambio. En definitiva, más Estado y consiguiente abandono por completo del modelo político-económico liberal instaurado siguiendo las pautas de la denominada Escuela de Chicago. 

Cualquiera puede suscribir un programa que a priori debería traducirse en un mayor bienestar general y una desaparición progresiva de las desigualdades. Pero, tratándose de un país latinoamericano, hay ya demasiados lacerantes ejemplos de en qué han desembocado muchos de ellos cuando han sido manejados por una izquierda extrema. Los propios chilenos afirman de sí mismos tener otra cultura y tradición política, que les hará contrarrestar con éxito los previsibles intentos del eje castro-chavista por incluirles en su órbita. Una presunción semejante, por cierto, de la que alardeaban los venezolanos cuando Hugo Chávez, tras haber ganado las elecciones y descalificar a quienes advertían en sus maneras una pulsión totalitaria, ha concluido entre otras muchas cosas en más de cinco millones de exiliados. Muchos de éstos sobreviven hoy en un Chile, ante cuya avalancha inmigrante, ha trocado su tradicional buena acogida y hospitalidad en intransigencia y hostilidad, otro grave problema que Boric habrá de abordar sin demora.   

Sería sin duda magnífico que Chile alcanzara sus objetivos de bienestar y pacífica convivencia en una alternancia conforme a los más ortodoxos parámetros democráticos. Se convertiría en un gran modelo a imitar y seguir. Y desmentiría aquella afirmación de Karl Marx en 1871 a su amigo Ludwig Kugelman de que “el cielo no se toma por consenso, se asalta”.  

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