
«La amenaza más seria para las democracias, no es la existencia de estados totalitarios extranjeros, sino nuestras propias actitudes personales y las de las instituciones» (John Dewey).
El psicoanalista Erich Fromm en su obra “El miedo a la libertad” dice: Debemos reconocer que millones de personas en Alemania estaban tan ansiosas de entregar su libertad, como sus padres lo estuvieron de combatir por ella. En lugar de buscar la libertad buscaban caminos para rehuirla”, refiriéndose y al mismo tiempo tratando de explicar el fenómeno del nazismo.
Y es que la libertad conlleva irremediablemente responsabilidad. Una carga que en política se convierte en privilegio para sus protagonistas que, finalmente, se sienten ungidos por el poder para ser “los putos amos”, tal como calificó el socialista Oscar Puente a su líder político y actual presidente del gobierno de España. La tentación totalitaria aún es mayor cuando nadie se atreve a señalar que “el rey está desnudo”. Una realidad frecuente en nuestros días.
La estructura política y administrativa de la UE, ha creado un artificio que es la Comisión Europea, equivalente al poder ejecutivo o gobierno de los países que voluntariamente se fueron adhiriendo a una especie de club particular, que tuvo sus raíces tras la primera guerra mundial en el Tratado del Carbón y el Acero, con el fin de fomentar la política de colaboración en ese ámbito entre Alemania y Francia. Posteriormente se convertiría en la Comunidad Económica Europea y más tarde en la Unión Europea, tras la firma de diversos tratados que iban incluyendo aspectos políticos e ideológicos que cercenaban las libertades de los estados soberanos. Todo ello bajo la tutela permanente y al servicio de EE.UU. reconocido como “ganador” de la contienda.
Todo ello creó un bloque final donde los poderes clásicos de una democracia eran reconocidos por los países miembros, que se dejaban jirones de su soberanía en la “gatera” institucional a cambio: Parlamento Europeo con la teórica representación política de los europeos a través de partidos de diseño previo, elegidos por métodos discutibles (como el sistema d’Hont en España), que formaban a su vez coaliciones artificiosas; un gobierno o Comisión Europea compuesto por diferentes comisarios en materias diversas, designado a dedo y encargado de poner en práctica las directivas y recomendaciones del parlamento o, dicho de otra forma, de proponer al mismo las suyas propias; un Consejo de Europa formado por presidentes o jefes de estado que son el poder real institucional y un Tribunal de Justicia Europeo (igualmente designado por los gobiernos) encargado de aplicar las leyes europeas en forma subsidiaria a los tribunales de cada país. Al margen, pero con gran poder el Banco Central Europeo.
Con este tipo de organización el conflicto está servido. Gran Bretaña lo vio y se marchó en cuanto pudo. El resto de los países miran cada vez con mayor recelo las ínsulas autoritarias imperialistas de un sistema burocrático que elimina libertades, impone coacciones y normas distópicas que parece estar más servir a quienes los han colocado por intereses personales o particulares. Una muestra clara es la destrucción de economías, riquezas y culturas propias en beneficio de “los putos amos” a través de sus lacayos que imponen sumisión a sus caprichos.
Hoy, circula por las redes un vídeo que reproduce (o así lo parece) uno de los muchos enfrentamientos abiertos entre quien se considera “la jefa de Europa” y quien, como responsable institucional de la representación política europea, preside el Parlamento. La primera imponiendo su supuesta autoridad en el lugar equivocado de representación de la soberanía. La segunda echando en cara esta actitud autoritaria en tal espacio y dando ejemplo de verdadera democracia institucional.
Cuando se celebra “el día de Europa” (otro artificio publicitario más) conviene una reflexión sobre la deriva de las instituciones europeas, desde exponentes de derechos y libertades públicas, hasta la imposición de unos sistemas autoritarios (el “cesarismo” de Spengler), inconstitucionales y antidemocráticos que están destruyendo la imagen de paz, prosperidad y democracia, con que paradójicamente pretenden denominarse “escudo de la democracia”.
Pero hay otra parte más importante: la docilidad con que las sociedades de la UE están aceptando sumisamente poderes absolutistas de sus administradores en base a la hábil tarea de ingeniería social que, desde hace años, los ha convertido de ciudadanos libres, en súbditos de cualquiera que se considere “el puto amo” del cotarro. Y no, no vale la justificación de unas convocatorias electorales que pueden ser tergiversadas por la compra clientelar de votos o claramente discriminatorias (ley d’Hont) o la cancelación del disenso político.
“Las libertades humanas no están menos amenazadas si es en nombre del antifascismo o el del fascismo; bien poco interesan los símbolos bajo los que se cobijan los enemigos de la libertad” (E. Fromm). Si tuviera que buscarse las causas de la crisis democrática en los estados modernos, quizás sería más acertado buscarlas en las intenciones claramente totalitarias e imperialistas de quienes, en nombre de términos vacuos, pretenden un mundo totalmente rendido a sus intereses, pensamientos, decisiones y limosnas, donde el “sapiens” sea sustituido por una humanidad sin alma, sin luz, sin ilusiones, sin proyectos, sin pensamiento y sin vida.
Cuando se considera el aspecto humano de la libertad, hay que considerar dos aspectos antitéticos y complementarios: el ansia de sumisión y la codicia del poder. El primero hace posible el segundo. En todos los sistemas totalitarios se dan ambas cosas para que los “amos” ejerzan sobre los “mandados”. Una distinción que Léon Duguit hacía a principios del pasado siglo: “gobernantes” (que dan órdenes) y “gobernados” (obligados a obedecerlas) y el “poder” sería la fuerza que tiene alguien para doblegar las voluntades de los demás (sobre todo de sus marionetas).
No hay, ni debe haber “putos amos”; ni “jefes” de ninguna institución. La “autorictas” verdadera es la sabiduría y el conocimiento reconocido por la soberanía “de la que emanan los poderes del Estado”. Sólo de esta forma podemos pensar en Europa como “escudo de la democracia”.













