La decadencia de Occidente

La decadencia de Occidente
Juan Laguna
Por
— P U B L I C I D A D —

Ya contemplada en la obra del filósofo Oswald Spengler a principios del siglo XX, parece que va cumpliendo todos los pronósticos. Fueron suficientes dos guerras mundiales para dejar a Europa convertida en una ficha más del poder USA y de sus intereses geoestratégicos, para asistir a la decadencia política, cultural y social del mundo europeo en su conjunto y de la actual UE.

La Europa geográfica no es la Unión Europea, una especie de club cuyos tratados iniciales sólo buscaban el entendimiento en el mundo industrial, luego en el económico y, finalmente en el político. Tampoco los doce estados-socios del Tratado de Maastricht (1992) se ajustaban a las sucesivas ampliaciones o modificaciones del mismo: Ámsterdam (1997), Niza (2001) y Lisboa (2007) que estableció finalmente la situación de la Unión Europea, cuando ésta contaba con el respaldo de un mayor número de socios o estados-miembros y la UE se convertía en realidad en una especie de colonia mecida en brazos de EE.UU. tanto en lo político (geopolítica y geoestrategia, ideologías, etc.), como en lo económico y comercial, como en tecnología.

En tanto aumentaba la dependencia de la UE de su aliado, Europa padeció el síndrome del adolescente acostumbrado a ser sobreprotegido, sin proyectos ni iniciativas propias, porque todo venía del otro lado del Atlántico. Esa falta de actividad en Europa y la sumisión a los intereses USA, hicieron poco a poco mella en las naciones, sociedades y pueblos europeos que empezaron a perder peso en el conjunto mundial y, sobre todo, en relación con la República Popular de China que fue asumiendo lo que los demás se dejaban en cuanto a industria y comercio. Cuando Kissinger proclamó en Detroit (que había perdido su industria automovilista) que “el futuro de la economía serían la tecnología y los servicios” EE.UU. entraba en la decadencia industrial y se unía a la decadencia occidental, relegando los sectores económicos básicos.

Los sucesivos conflictos bélicos como la guerra de Vietnam y similares, irían desgastando no sólo su economía y su industria (salvo la de armamento). Las guerras se convertían en la forma de paliar sus déficits y, la excusa de salvar al mundo ideológicamente se convertía en bandera de economías novedosas que trataban de justificar y explotar el mundo de la Ciencia y de los medios de propaganda. El mundo distópico “woke”, las atrabiliarias teorías sobre el medio ambiente y la salvación del planeta, las políticas de géneros contrarias a la propia vida, la implantación de unas economías globales y un pensamiento único, chocaban frontalmente con los principios de cualquier sistema democrático real. Y todo empezó a irse abajo: las mentiras, las manipulaciones y la propaganda, ya no colaban. EE.UU. pasó de la hegemonía a la quiebra y los ciudadanos reaccionaron. Votaron por sus propios intereses y los de su nación. Votaron a Donald Trump como presidente y cambió el paradigma.

En la UE acostumbrada a la sobreprotección, saltaron las alarmas. Todo el sistema clientelar montado a base de los impuestos, cargos, chiringuitos y subvenciones se venía abajo. EE.UU. reconocía su verdadera situación de pérdida de hegemonía, de economías falsas basadas en situaciones artificiales, eran desmontadas. Lo mismo en la política de defensa de la OTAN donde la UE y sus países-miembros se habían dejado querer (al fin y al cabo no teníamos “enemigos” reconocidos y con Rusia había buenas relaciones en el sector energético con precios interesantes). Hasta que con la administración del presidente Biden se renovaron los problemas, los conflictos, las guerras… y la prohibición a la UE de explotar sus propias riquezas o de comerciar sin permiso de EE.UU. Fueron voladas físicamente las conducciones de gas y petróleo y documentalmente los compromisos comerciales con Rusia y China. Es decir, había que situar a la UE como cipayo obediente, no fuera que tuviera iniciativas propias.

La segunda y actual presidencia de Trump, revolvía las tripas putrefactas de la corrupción, de la falta de libertades progresiva en Occidente y de las “fiestas” o “partys” de los ricos, a costa de la destrucción de las naciones. La UE es y sigue siendo aliado, pero no a costa de los presupuestos o los impuestos de los americanos. Como los hijos mayores mantenidos durante años, ha llegado la hora de que se busquen la vida, que se paguen ellos sus caprichos y sus necesidades y, sobre todo, que las cuentas públicas sean limpias y transparentes. Pero ya parece tarde. La colonización ha hecho estragos y los hilos (económicos, sobre todo) que habían puesto y quitado gobiernos; que habían influido en las tomas de decisiones a favor de intereses particulares que conformaban “lobbys” en las instituciones y se habían constituido en poderes personales, habían creado una metástasis infecciosa que requiere su extirpación por vía judicial o administrativo. La UE y sus socios empiezan a reaccionar. Primero fue el “Brexit” de Reino Unido que no podía aceptar ciertas imposiciones del órgano europeo. Más tarde se irían conformando opiniones críticas sobre las instituciones europeas hasta formar “mayorías” sociales en unos cuantos países-miembros (a los que se pretende poner “cordones sanitarios”) y con las imposiciones, coacciones, prohibiciones, censura, sanciones (o eso que se llama simplemente totalitarismo), bajo el “escudo de la libertad”, erigiéndose en guardianes de las “esencias democráticas” que ellos deciden.

La UE ha mostrado ya signos de total decadencia en todos sus ámbitos y la renovación institucional es una necesidad imperiosa para su posible pervivencia. Es también necesaria la revisión de toda su extensa regulación, eliminando las normas ideológicas que se pretenden constituir en dogmas y son ajenas a los tratados. Es preciso una actitud de exquisito respeto a las libertades y derechos de los ciudadanos, eliminando discriminaciones arbitrarias infantiloides como la “censura” de pensamientos y opiniones. Hace falta establecer un ordenamiento de respeto a las constituciones nacionales y, sobre todo, hay que volver a la “Europa de los ciudadanos” en la representación política de los mismos en las instituciones, ajena a los partidos y a sus intereses de poder.

La cuenta atrás de la UE ya ha empezado cuando se ha alineado para encubrir la destrucción de Europa con el manto de la guerra. Cuando nuevos líderes ya empiezan a poner las cosas en su sitio y exigen responsabilidades institucionales. La cuestión es que “quien forma parte del problema, no puede ser parte de su solución”.

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