Francia: más cerca de la verdad sobre el genocidio de Ruanda

Francia: más cerca de la verdad sobre el genocidio de Ruanda
Pedro González
Periodista, experto en Política Internacional. Fue director de Redacción de Euronews y fundador del Canal 24 Horas de TVE.
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El actual presidente francés, Emmanuel Macron, ha reventado otro absceso de pus al recibir las conclusiones del informe que hace dos años encargara sobre el papel que jugó su país en el mayor genocidio del siglo XX en África. “Francia, Ruanda y el genocidio de los tutsis (1990-1994)” es el título de un dosier de 1.200 páginas, elaborado por un equipo de historiadores al mando de Vincent Duclert, uno de los mayores especialistas del mundo en crímenes contra la humanidad.

Como ya hiciera respecto del espinoso dosier sobre la colonización francesa y la guerra de la independencia de Argelia, Macron ha reabierto heridas que no estaban ni mucho menos cerradas. Es obvio que los protagonistas y testigos directos de los hechos tienen su propia memoria y no será fácil lograr que se aproximen al bando contrario. Serán los años y las nuevas generaciones las que pueden lograr la reconciliación, y eso a condición de que no prenda también entre ellas la llama del rencor y del odio histórico.

Han pasado, pues, 27 años desde que el 6 de abril de 1994 dos misiles tierra-aire derribaran el avión en el que estaban a punto de aterrizar en el aeropuerto de Kigali el presidente de Ruanda, el hutu Juvénal Habyarimana, y el de Burundi, Cyprian Ntayamira, causando la muerte de ambos mandatarios.

De inmediato, la mayoría hutu de Ruanda (85% de la población) desencadenó una masiva matanza de la minoría tutsi (15%), en la que también cayeron los hutus moderados que intentaron protegerlos. Entre 800.000 y un millón de personas fueron masacradas, la mayor parte a machetazos, en apenas cien días, en los que se concentró todo el horror imaginable. Además de las milicias más extremistas de los hutus, incluidos soldados del ejército regular, no pocos campesinos empuñaron los machetes, no para sus faenas agrícolas sino para asesinar a hombres, mujeres y niños en una descomunal orgía de sangre. En más de 250.000 mujeres calculó Naciones Unidas las que fueron violadas, muchas de ellas previamente a ser asesinadas. Las que sobrevivieron y llevaron a término su embarazo alumbrarían a 300.000 niños que hoy son el símbolo viviente de aquella tragedia, que se prolongaría hasta mediados del mes de julio de 1994.

Responsabilidad, no complicidad

En informe excluye explícitamente que Francia fuera cómplice de la masacre, pero apunta sin duda a que la Ruanda de Habyarimana era protegida por la Francia gobernada entonces por el socialista François Mitterrand. Este había atendido, en el periodo 1990-1993, todas las peticiones del presidente ruandés para entrenar y dotar de armamento a la policía y al ejército, conformados casi exclusivamente por hutus. En realidad, aquellas armas y aquellas enseñanzas estaban sirviendo a Habyarimana para erigir las milicias que encabezarían y realizarían el genocidio.

Esos hechos, unidos a las múltiples advertencias al Palacio del Elíseo por parte de los mandos militares y civiles franceses destacados en la zona, de que se estaba incubando una masacre de grandes proporciones, es lo que lleva a los historiadores a concluir que Francia, y más específicamente el gabinete presidencial del Elíseo, arrostran “un conjunto de duras y apabullantes responsabilidades”.

También se señala en el informe “la tardía reacción en lanzar la Operación Turquesa, que si bien logró salvar muchas vidas, no evitó el exterminio de la mayoría de los tutsis de Ruanda en las primeras semanas [del genocidio]”. Precisamente, el que fuera jefe de la Misión Militar de Cooperación (MMC) en Kigali, el general Jean Varret, declaraba esta semana al diario Le Monde su “alivio porque después de 26 años de debates estériles empiece a hacerse la luz sobre el conflicto”.

Varret ha vivido todos estos años la terrible pesadilla de haber tenido que callar lo que había visto y sabido ante la política del Elíseo de hacer prevalecer aquella tragedia en el marco de una guerra civil étnica.  No fue por casualidad que fuera apartado de su cargo tras desmarcarse públicamente de aquella teoría, impuesta por el círculo de colaboradores del presidente Mitterrand, y en especial por el muy poderoso secretario general del Elíseo, Hubert Vedrine.

A diferencia de los presidentes Nicolas Sarkozy, que calificó aquello de simples “errores políticos”, y de François Hollande, que prometió y luego no cumplió abrir los archivos sobre Ruanda, Emmanuel Macron quiere rehacer las relaciones con Kigali, muy maltrechas desde entonces. Sin embargo, no todos en África aceptan sin más las conclusiones de la Comisión Duclert. En primer lugar, por haberla conformado exclusivamente con historiadores franceses, sin dar capítulo a las voces ruandesas. No pocas de estas estiman que Francia primó ciegamente a Habyarimana porque éste le garantizaba una Ruanda francófona y francófila, dentro de la denominada “Françafrique”, frente a una minoría tutsi más inclinada a bascular hacia las influencias anglosajonas. No menos de un millón de tutsis ruandeses, refugiados entonces en Uganda, Burundi y Congo, estaban dispuestos a regresar a su país, Ruanda, con la bendición de Estados Unidos y el Reino Unido.

Esa lucha de influencias determina seguramente la sacrosanta razón de Estado que lleva a Hubert Vedrine a manifestar que “siempre hizo lo que se debía” y que “volvería a ejecutar la misma política”.    

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