Esperanzas colaterales

Sede OTAN
Por
— P U B L I C I D A D —

La inmensa destrucción que está causando la invasión rusa de Ucrania acentúa el pesimismo sobre la condición humana, especialmente la de autócratas convencidos de haber llegado a este mundo con una misión mesiánica que cumplir. Es el caso del presidente-dictador Vladímir Putin, pero también el de muchos otros dirigentes que en sus respectivos países se han erigido en omnipotentes caudillos, señores de vidas y haciendas, y para quienes no rigen los principios universales del Derecho en tanto en cuanto no coincidan con su suprema y tiránica voluntad.

Los daños colaterales de la guerra actualmente en curso en Ucrania son ya descomunales, no solo materiales sino también en el ingente destrozo de millones de vidas: las que son segadas de cuajo o las que en el futuro arrastrarán las perennes heridas irreversibles del cuerpo y del alma. También, por supuesto, la tragedia para muchos millones de seres humanos, habitantes de países lejanos o de los países al vapuleado teatro ucraniano en donde se desarrollan las operaciones de bombardeo, destrucción y exterminio.

Sin embargo, en medio de todas estas desgracias cabe distinguir una luz de esperanza, alumbrada en el campo de las democracias. Zarandeadas éstas violentamente por las acometidas nacional-populistas; cuestionadas por quienes se debaten entre la alternativa de libertad e ineficiencia versus totalitarismo supuestamente eficaz, y en retirada su antaño decidido proselitismo en favor de sus valores, las democracias liberales han pasado, por fin, a la ofensiva. La evolución operada por el conjunto de la Unión Europea en la primera decena de jornadas de guerra permite creer en el milagro de que aún es posible que la libertad y la democracia, con todos sus valores, se impongan, de manera que vuelvan a ser el atractivo imán de esperanza de todos los pueblos del mundo.

La narrativa de todos estos días, en que han desaparecido reticencias o incluso se han derrumbado parámetros de comportamientos que parecían eternos, como la decisión de Alemania de acabar con la aversión a las armas o la de Suiza abandonando su sempiterna y exquisita neutralidad, demuestran que en Occidente se han dado cuenta de la enormidad del desafío, y se han decidido a hablar el lenguaje de la fuerza. Demostración de que valen la pena nuestros valores

La unanimidad alcanzada por los países de la OTAN y de la UE en la adopción de las inéditas sanciones decretadas contra la Rusia de Putin, aún a costa de los daños propios que causarían, denota asimismo que los valores supremos de nuestro modelo de sociedad cotizan por encima del interés económico cortoplacista. Supone, además, la primera gran demostración práctica de la solidez del proyecto europeo, al que tantos y tantos situaban ya en los aledaños de la irrelevancia. La envergadura del desafío de Vladímir Putin ha tenido por lo tanto el buen efecto colateral de devolver la esperanza y mostrar que merece la pena luchar por la libertad.

Por supuesto, cabe argüir la cicatería de la OTAN en decretar a Ucrania zona de exclusión aérea, lo que evitaría que los bombarderos rusos se ensañaran aún más con el martirizado país, que preside un héroe como Volodimyr Zelenski. Como ha amenazado el propio Putin, haberlo hecho hubiera sido equivalente al choque frontal OTAN-Rusia y a esa guerra mundial total a la que aún no se la quiere denominar así oficialmente. No cabe descartar que ese choque termine produciéndose. Dependerá de la eficacia que demuestren esta vez acciones y sanciones que, esta vez sí, han convertido a Rusia y a sus personajes más ricos e influyentes en parias.

Queda asimismo la esperanza de que, pese al régimen de terror a sus subordinados que Putin ha impuesto, y que recuerda muchísimo al que infundía su idolatrado Stalin, Rusia encuentre una solución alternativa al sojuzgamiento implacable de su propio pueblo y de los vecinos.

Pero, vista esa unidad y firmeza en el enfrentamiento frente al enemigo común, cabe también mantener la esperanza de que Occidente y sus valores sabrán aliarse con el resto del mundo en los demás grandes retos planetarios que nos acechan. Mientras tanto, habrá que incrementar la movilización y los recursos en ayudar al máximo a los valientes ucranianos que luchan sobre el terreno, y a los millones de refugiados que no se resignan a vivir bajo la despótica bota de la tiranía. Acojámoslos y brindemos con ellos como se merecen los que luchan por la libertad y los valores de nuestra civilización.  

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