El recuerdo de Mandela en su centenario sigue su larga caminata hacia la ansiada libertad

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Nelson Mandela
Pedro González
Periodista, experto en Política Internacional. Fue director de Redacción de Euronews y fundador del Canal 24 Horas de TVE.

Se celebran los 100 años del nacimiento de Nelson Mandela. La figura del presidente sudafricano es reconocida como fundamental para la lucha por la igualdad y los derechos humanos en la segunda mitad del siglo XX.

Long walk to freedom es el título de la autobiografía que el propio Nelson Mandela publicó en 1995. En él compendia su pensamiento y propone un legado cuyos tres ejes son precisamente la justicia, la paz y la igualdad, sin las cuales es imposible que el ser humano goce del bien supremo: la libertad.

Mahatma Gandhi, Martin Luther King y Nelson Mandela componen la gran trilogía de los líderes morales universales del siglo XX, pero Mandela es el único de los tres que no es asesinado, que llega al poder y que, desde esa posición, no solo mantiene sino que acentúa los valores que preconizara en la oposición y en los casi treinta años que padeciera en las durísimas prisiones del apartheid de Sudáfrica.

Se cumplen cien años desde que Nelson Rolihlahla Mandela naciera el 18 de julio de 1918 en Qunu, en la región del Transkei, en el seno de una de las familias más poderosas de su tribu. Destinado, por lo tanto, a recoger algún día el cetro del poder tribal, aquel gigantón de 1,90 metros pronto mostraría su disconformidad con el modelo de sociedad implantado en su país: un cruce perfeccionado entre el nazismo y el supremacismo, favorecido por una guerra fría, que situaba a Sudáfrica como el fundamental dique de contención del comunismo en todo el tercio austral del continente africano.

Expulsado de Fort Hare, la única universidad para negros de toda esa región austral, por sus actividades políticas, Mandela terminó su carrera de Derecho por correspondencia en la de Witwartersrand y montaría en Johannesburgo el primer despacho de abogados negros, junto con sus amigos y compañeros Oliver Thambo y Walter Sisulu.

De la resistencia pacífica a la lucha armada

Mandela imitó la resistencia pacífica de Gandhi y convenció a duras penas a sus correligionarios del Congreso Nacional Africano (CNA) de que aquella sería la vía para lograr algún día el fin del régimen de segregación racial y de discriminación social, cultural, política y territorial absoluta.

La terrorífica respuesta represiva de los sucesivos Gobiernos del Partido Nacional de los afrikáners, pero sobre todo la matanza de 1960 en Sharpeville, en que la Policía acribilló a una multitud desarmada matando a 69 personas, terminó por convencer a Nelson Mandela de que el régimen no caería solo ofreciendo una resistencia pasiva. Él mismo creó la rama militar del CNA, el Umkhonto We Sizwe (La Lanza de la Nación), autor de los asaltos y sabotajes que desde entonces jalonaron la lucha de la mayoría negra del país contra el apartheid impuesto por la minoría blanca (15% de la población, poseedora del 87% del territorio).

Apresado a la vuelta de una gira por toda África, Nelson Mandela y sus compañeros serían juzgados por terrorismo y condenados a cadena perpetua. Veintisiete años pasaría Nelson Mandela -prisionero número 46664- en la terrible cárcel de Robben Island, en las cercanías de El Cabo. Allí experimentó, entre otros, el castigo de la privación sensorial, tan practicado años después por los carceleros norteamericanos en Guantánamo o en Abú Ghraib.

Ni los castigos ni las tentadoras ofertas de mejora en su condición de preso minaron la férrea voluntad de Mandela, que nunca dejó de predicar el perdón y la reconciliación como bases del nuevo modelo de sociedad que reclamaba para su país.

Proscripción absoluta del rencor

Cuando el contexto político internacional -caída del comunismo, final de la Guerra Fría y derrota militar de las tropas sudafricanas en la batalla de Cuito Cuanavale en Angola- dejó sin anclajes al régimen racista de Pretoria, este liberó en 1990 a un Nelson Mandela que, de inmediato, aplacó las ansias revanchistas de la inmensa mayoría negra que lo había padecido. Proscribió el rencor como motor de toda actuación política, y defendió un país y una sociedad reconciliados consigo mismos y cuya solución democrática “no menoscabase los derechos de los blancos”. No se movió, pues, un ápice de sus aspiraciones, expresadas ya en su Carta de la Libertad de 1955, en la que preconizaba un Estado multirracial, igualitario y democrático, una reforma agraria y una política social de reparto de la riqueza con exquisita observancia de la justicia.

Todo ello lo puso en marcha apoyándose incluso en el rugby, como tantos otros deportes –golf y tenis, especialmente- que por entonces eran coto exclusivo de los blancos en Sudáfrica. Lo narra fielmente Clint Eastwood en su película Invictus, que toma el nombre del poema, del mismo nombre, de William Ernest Henley, el favorito de Nelson Mandela durante sus largos años de cautiverio: “Más allá de la noche que me cubre / negra como el abismo insondable / doy gracias a los dioses que pudieran existir / por mi alma invicta /… soy dueño de mi destino / y capitán de mi alma“.

A diferencia de los muchos dictadorzuelos que pululan por África y muchos otros sitios del mundo, Nelson Mandela rehusó presentarse a un segundo mandato presidencial que hubiera ganado de calle. Demostró su desapego al poder y prefirió ceder el paso a otros compañeros y a las nuevas generaciones para que hicieran realidad la permanencia de su legado.

Había predicado con el ejemplo, al incluir en su Gobierno no solo al poderoso CNA sino también al líder de la minoría blanca, Frederik Willem De Klerk, y al díscolo y revoltoso líder de los zulúes y del […]

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