
El peor de los problemas de los países latinoamericanos, es la inseguridad ciudadana. Más allá de la ineptitud de sus gobernantes, sean de derecha o de izquierda; más allá de la corrupción de sus administradores a nivel estatal; más allá de la descontrolada natalidad, (principal generadora de miseria) y más allá de otros males, se encuentra el de la delincuencia.
Los delincuentes son los verdaderos dictadores en todos aquellos países. Ya sean macro-ciudades como Río de Janeiro, Buenos Aires, Bogotá o Ciudad de México; pequeñas urbes o simples pueblos, la delincuencia se impone durante el día y, sobre todo, por la noche. Comerciantes en las calles o industriales en los polígonos, que tienen que pagar un “impuesto” a los delincuentes; zonas enteras en las que la policía no se atreve a entrar, y ni siquiera el despliegue del ejército ha conseguido garantizarle a la ciudadanía un mínimo de seguridad: o sea, una verdadera libertad.
Tomar un taxi es todo un riesgo, pues el supuesto taxista puede ser un secuestrador, un atracador o un asesino que no tiene empacho en acabar con la vida de una persona para robarle un poco de dinero. O es el viajero el delincuente, quien puede acabar con la vida del taxista. Se dan casos en los que los autobuses urbanos son atacados por grupos de 4 ó 5 individuos que desvalijan a todo un pasaje, previa amenaza al conductor a punta de pistola. Ni para qué hablar de carreteras, autopistas o simples caminos: todo ello jurisdicción de la delincuencia. Se pregunta: ¿y el Estado, dónde está? Pues, simplemente, no existe.
El concepto Estado ha sido muy débil o inexistente en El Salvador desde su constitución como nación, hace más de 200 años. La delincuencia organizada en las llamadas “maras” se apoderó del país, unas cuantas décadas atrás, provocando que centenares de miles de personas abandonen todo lo que tienen y huyan en caravanas bíblicas hacia Estados Unidos; repitiéndose el mismo fenómeno en otros países centroamericanos. Hasta que el presidente Nayib Bukele se decidió por un plan de choque, consistente en la construcción de una cárcel para 40.000 prisioneros, en Tecoluca, a unos 75 kilómetros de San Salvador; lo que constituye otro acierto: lejos de la capital y de otro centro urbano importante, dados los problemas que dan las hacinadas cárceles en medio de las ciudades.
Resultado: los salvadoreños están aprendiendo qué es la verdadera libertad, que no es otra que el poder caminar por sus calles; que no los atraquen o asesinen; que no secuestren a sus hijos en pleno día y vía pública o que la tasa de violaciones de mujeres y niñas haya descendido. Todo junto hasta en un 90%. Que en todo este operativo se han practicado ilegalidades y hasta crímenes por policías y militares, cierto; que todo esto no debe seguir sucediendo, obvio. Y lo más importante: que los 40.000 detenidos deben ser educados y formados para una inserción en la sociedad ¿alguien lo puede negar?
Los gobiernos de los países de la llamada Latinoamérica deben practicar esto que me atrevo a llamar “doctrina Bukele”: un plan de choque para paliar la delincuencia y la gente conozca la verdadera libertad. No basta con tener una democracia si en las calles los que mandan no son los gobernantes democráticamente elegidos, sino los delincuentes.
La inseguridad ciudadana es el principal motivo para la masiva emigración de latinoamericanos hacia Estados Unidos y algunos países europeos, como España. No huyen tanto de las penurias económicas, pues las salvan a base de trabajo, previsión y ahorro; tampoco emigran por la incompetencia política de sus gobernantes. Desean ser libres y esa libertad la encuentran en otro sitio, pues si algo existe en los países citados es un alto nivel de seguridad. Por lo tanto, a imitar a Nayib Bukele en lo concerniente a su macro-cárcel de Tecoluca. Aparquemos, de momento, otros aspectos políticos —positivos y negativos— del presidente salvadoreño.














Felicitaciones. Magaly Romero.
Excelente artículo tan cierto como real.