Atreverse a “matar al padre” Netanyahu

Netanyahu
Pedro González
Periodista, experto en Política Internacional. Fue director de Redacción de Euronews y fundador del Canal 24 Horas de TVE.
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Yair Lapid y Naftali Bennett son hijos políticos de Benjamin Netanyahu. Ambos fueron ministros del jefe de Gobierno más longevo en la historia de Israel. Ambos tienen ahora en sus manos acabar con la carrera política de su “padre”, tras recibir el primero del presidente Reuven Rivlin el encargo de formar Gobierno. 

Netanyahu aguantó hasta el último minuto antes de las cero horas del miércoles, 5 para intentar recabar los apoyos necesarios en la Knesset. Los fatídicos 61 diputados necesarios, sobre los 120 de la Cámara, se revelaron finalmente imposibles para el hombre que lleva gobernando en funciones los dos últimos años y tras cuatro elecciones que no han resuelto el problema de encontrar una coalición estable y duradera para una simple legislatura. 

Que sus enemigos más encarnizados e incluso muchos simples adversarios buscan la liquidación del actual líder del conservador Likud es un empeño casi secular, saldado hasta ahora con el fracaso de contemplar cómo Netanyahu sorteaba todas las trampas políticas y judiciales. Ahora mismo siguen su curso sus procesos por corrupción y malversación. Muchos de esos círculos estiman que esta vez sí, que el correoso primer ministro nunca ha estado tan cerca como ahora de tener que marcharse a la fuerza. 
La mano encargada de llevar a cabo esa ejecución política sería la de Yair Lapid, líder del partido centrista Yesh Atid (Hay Futuro), segunda fuerza actual en el Parlamento con 17 diputados. Exministro de Finanzas bajo la dirección de Netanyahu, Lapid superó con creces como periodista y presentador de televisión a su propio padre biológico, que también llegó a ocupar la vicepresidencia del Consejo de Ministros de Israel. Desde que dio el paso a la política su popularidad anterior le servía de palanca para catapultarle hacia la cumbre del ejecutivo israelí, pero nunca hasta ahora había recibido el encargo de conformar la mayoría necesaria para conseguirlo.

El Bloque del Cambio

Como es norma en el diverso y abundante en matices arco parlamentario hebreo, Lapid tendrá que proceder en compañía de otros. Parece tener ya apalabrado a Naftali Bennett, líder de los ultraderechistas de Yamina y sus siete diputados. Bennett, multimillonario de origen norteamericano, también ocupó la cartera de Defensa con Netanyahu. Ambos serían el núcleo del ya denominado Bloque del Cambio, al que habrían dado su promesa de adhesión el Partido Laborista, el izquierdista Meretz del centrista exgeneral Benny Gantz, además de las escisiones radicales del Likud comandadas por Gideon Saar y Avigdor Lieberman. 

Todo ese abanico no suma más que 51 diputados, o sea diez menos de los necesarios para alcanzar la meta mágica de los 61. En consecuencia, al tándem Lapid-Bennett no les quedaría otra que pactar con los partidos árabes, entre los cuales habrían obtenido el preacuerdo de siete diputados. Siguen faltando, pues, cuatro, que a buen seguro venderán muy caro el compromiso. Netanyahu intenta evitar que tales alianzas cuajen y ha centrado su ataque en los diputados de Yamina, a los que previene de no caer en las garras de “una izquierda peligrosa”.

Queda, pues,  claro que aún no está todo el pescado vendido, aunque tanto Lapid como Bennett espolean la necesidad de abrir una nueva era. El primero ha emitido ya un primer comunicado, en el que afirma que “un Gobierno de unidad no es un compromiso o una solución de emergencia sino el objetivo que ahora necesitamos conseguir”. Como puede verse, no es muy contundente, como tampoco lo es la declaración de Bennett, que se ha limitado a señalar “que no ahorrará esfuerzos para evitar unas nuevas elecciones”, que serían las quintas en estos últimos dos años. Curándose en salud, y tras dudar de que pueda alcanzar la meta de formar un gobierno de unidad, asegura su compromiso de “no renunciar a sus principios e ideales”. 

De todo ello se trasluce que ninguno tenga la convicción de lograr finiquitar la vida política de Benjamin Netanyahu. Matar al padre, aunque sea un parricidio político, marca mucho a sus hipotéticos verdugos. Parece que les diera vergüenza. Y se les nota.  
 

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