
En el año 1973, el prestigioso economista John Kenneth Galbraith, recibió un encargo de la BBC inglesa que quería hacer una serie para la TV sobre las ideas económicas y sociales. Su título era: “La Era de la incertidumbre”, como contraste al siglo anterior donde todo parecía seguro y cierto. El siglo XX que comenzó con un primer conflicto de carácter mundial, trajo consigo la inseguridad y la incertidumbre al mundo en general y, más concretamente, al mundo occidental, precisamente el paradigma del progreso en todos sus aspectos.
“Hipnotizados por el discurso institucional que pretende presentarse ante la sociedad como un refugio para el colectivo, los ciudadanos reclaman constantemente espacios seguros, trabajos seguros, relaciones seguras, transportes seguros, bancos seguros, comunicaciones seguras. Queremos un mundo seguro. Queremos lo imposible.” dice Ferrández en su libro “La fuerza del relato.” donde analiza la actualidad social y política basada en la mentira, la irracionalidad y el miedo. Un miedo nacido de la narrativa emocional con que la política, los negocios y los medios de comunicación del sistema, manipulan las mentes.
Hay “una narrativa apocalíptica del miedo” (Ferrández), con la que se maneja fácilmente a las gentes, cuando han desertado de su racionalidad para caer en paranoias ficticias fabricadas por intereses de poder, donde el dinero siempre asoma su oreja codiciosa, como nuevas formas de sometimiento social a normas arbitrarias y sistemas totalitarios. Y aparece el concepto de seguridad como un don exclusivo de las élites, capaces de crear miedos y, al mismo tiempo, seguridad aparente. Lo hemos visto en la pandemia vírica del Covid 19 donde todavía se ignora oficialmente su origen real, ni nadie ha aclarado cómo fue capaz de extenderse por todo el planeta. Sólo había una pulsión de pánico generalizado que alcanzaba incluso a los profesionales del mundo sanitario y se llevó por delante derechos fundamentales de las personas, bajo coacciones autoritarias, donde pocos tuvieron la serenidad de racionalizar el problema.
Han pasado cinco años del mismo y nuevas incertidumbres, dudas y situaciones, parecen aparecer en el horizonte por el simple hecho de que el pueblo americano haya ejercido su legítimo derecho de poner su destino, en un presidente ajeno a lo “correcto” (corrupción y despilfarro) y haya decidido ser “incorrecto” tratando de destapar el sistema clientelar con que la supuesta democracia ha funcionado en EE.UU. y el mundo para aportar realidad, sensatez, racionalidad, sentido común y transparencia. Y eso no gusta. Sobre todo a los que se les llena la boca de principios (los suyos) que ellos mismos vulneran. Para eso son “élites” y los demás, sobran.
Las auditorías llevadas a cabo, dejan al descubierto lo que hay en realidad en la sombra de “derechos humanos”, “progreso” y “justicia social”. Unos términos emocionales que sólo son palabras vacías y huecas a la hora de la verdad. Esa verdad que tanto asusta a quienes han hecho de la mentira relato, a quienes han vivido de los demás (muy bien por cierto) y todos los que han estado parasitando a la sociedad desde las instituciones o las corporaciones públicas y privadas en amigable sintonía, con la impunidad de estar por encima de las leyes. Hay algunas anécdotas recogidas por Galbraith sobre quienes eran y como funcionaban los que alardeaban de comprar congresistas, jueces y demás cargos desde las posiciones que la riqueza brindaba. Todo ello ha ido sobreviviendo en unos y otros lugares y en unos u otros regímenes políticos, como vamos comprobando.
Y el terremoto mediático ha estallado cuando ha cambiado el paradigma político en EE.UU., donde la compra de opinión a través del departamento de ayuda al desarrollo de otros países, ha detectado los muchos millones desviados a “chiringuitos” de todo tipo, con diferentes fines, todos ellos ajenos al objetivo principal de estos fondos. Y, además… ¡qué horror! pretende acabar con las guerras (la mayoría artificiales) y conflictos creados por sus antecesores… ¡qué atrevimiento! De todas formas, el caso nos suena por aquí cerca.
“De manera automática se vende la necesidad de desarrollar una urgente apuesta por la seguridad, convenciendo a la población global de prepararse para un mundo más belicista y agresivo” (Ferrández). ¡Viva el pacifismo y el “no a la guerra” del discurso buenista anterior de la supuesta izquierda!
La narrativa discurre entre la necesidad de crear un enemigo al que orientar el miedo ficticio (en el 15 M se decía que “el miedo ha cambiado de bando”) y el pragmatismo de aprovechar la ocasión para sacar rendimiento económico al mismo, tal como se viene haciendo con las “políticas verdes” implantadas a la ignorancia y al miedo, precisamente cuando ya los “cuentos” y los “relatos” para amedrentar, van perdiendo fuelle. Hay que armarse para la defensa de la “democracia europea” (antes era la americana) con un escudo que costará en inicio a los sufridos contribuyentes de la UE nada menos que 800.000 millones de dólares. Con un sólo objetivo: la aparente seguridad de los europeos. Con un enemigo que habrá que inventar (ya que Europa no tiene enemigos) y con unos recursos económicos de los que carecemos y que terminarán por arruinarnos. Todo sea por una seguridad impostada o por el interés en una nueva guerra que destruya lo que las mentiras y los relatos no acaban de hacer en la “batalla cultural”.













