La reputación

Juan Laguna
Por
— P U B L I C I D A D —

Es una característica propia de los seres humanos y sus muchos “constructos”. No es permanente y siempre es polémica, pero se basa en la autoridad en cualquier ámbito, reconocida por la sociedad a personas, instituciones, organizaciones, corporaciones, etc. sin que importe su rango, número o tipo de reputación afectado.

La estructura social, cultural, política y administrativa de naciones y pueblos está poblada de reputaciones de diferente índole: desde las personales a las profesionales (en cuanto afecta a los seres humanos) hasta las colectivas de cualquier tipo. Así, desde los tiempos primitivos, la reputación de liderazgo a la cabeza de tribus y pequeños clanes, se unían las funciones de cada uno y la importancia de esa aportación a la sociedad. Cuanto más amplia y compleja más reputaciones estaban en juego.

Las más simples tenían siempre una estructura sencilla: un jefe de tribu, reconocido por sus cualidades, origen, etc., un consejo de ancianos, reconocido por su experiencia y sabiduría y un hechicero al que se atribuían relaciones con el mundo anímico o paranormal, encargado de diferentes tareas respetado por su variados “poderes”. En un plano inferior estarían los miembros del clan cada uno con sus reconocidas aptitudes para la lucha, para la construcción, para la caza, etc., lo que les dotaba de una reputación personal que cuidar y, sobre todo aumentar.

Todo ello llevaría a complejidades de organización social más exigentes y al enfrentamiento de nuevas necesidades cada cual según su reputación: a los reyes con el mito de su origen divino, tocaba la mayor responsabilidad con respecto a sus pueblos respectivos a quienes debían mantener organizados a fin de facilitar la convivencia armónica social. Surge de esta forma la política y el estado, las creencias y religiones, las instituciones administrativas y la producción de bienes necesarios para la supervivencia.

Cómo es lógico, la confianza en quienes avalaba su reputación empezó a sufrir las críticas, más o menos fundadas de la sociedad, obligando al Estado a establecer leyes y normas para que tal reputación tuviera el aval público. Tanto las personas en el ejercicio de su función, como las instituciones en la misma situación debían cubrir unos mínimos prestigios profesionales o institucionales para su reconocimiento social. Así empezaron a conformarse oficialmente materias formativas y centros de estudio, instituciones políticas y administrativas, lugares de culto y religión e incluso gremios de oficios.

La reputación era la piedra de toque de unos y otros. O se ganaba o se perdía. Todo dependía de su respuesta a las cuestiones planteadas por la sociedad y los resultados de la misma. Hubo maestros cuya vocación ha trascendido el tiempo, pero también hubo escuelas que dejaron su impronta hasta nuestros días, con períodos como en España el “Siglo de oro” o en Europa el “Renacimiento” o la “Ilustración”, cuya reputación es incuestionable. Pero también hubo épocas en las que los supuestos y divinizados líderes, resultaron un fracaso y los pueblos pagaron las consecuencias en procesos de autodestrucción.

 Ya en el siglo XXI la reputación de la mayor parte de las instituciones públicas, académicas, políticas, administrativas, corporativas y sociales, parece haber llegado a tocar fondo ante las sociedades de los diferentes países y el resto de escasa reputación que permanece, obedece más a la publicidad y propaganda, que a sus aportaciones reales en los diversos campos a la sociedad y al Estado, dejando paso a una corrupción o a una contaminación (salvo excepciones) contrarias al bien común y dedicados a la destrucción del mismo, de sus valores y de sus principios.

El mismo sistema mediático e informativo considerado en su día como “4º poder” de control a los demás, se ha convertido en mero cipayo sujeto no a la búsqueda de la verdad, sino a la difusión de lo contrario siempre de acuerdo con la línea editorial marcada por los intereses de los “poderes” de cada situación. Al igual que en otros campos, la corrupción se hizo sistémica (salvo contadas excepciones) y la luz de la verdad desapareció por el desagüe. Hay que volver a la acertada frase de Kapuscinski: “Cuando la información pasó a ser un negocio, la verdad dejó de ser importante”. La reputación del mundo de la información se resintió y perdía poder mediático.

En el mundo institucional la sensación era que, a mayor abundancia de órganos, estructuras administrativas, regulaciones y ordenamientos, la situación era cada vez más caótica pues, en la realidad, la función pública ejercida obedecía (salvo casos excepcionales) al propio interés personal. Por ello la autoridad pública nacida del respeto a la función, fue perdiendo la confianza social y con ella su reputación (como demuestran las encuestas reales internacionales). Los distintos poderes delegados serían revocados en la mayor parte de los casos, por lo que la legitimidad institucional ha perdido su maltratada reputación. Si fuera por los ciudadanos, la mayor parte de organismos nacionales e internacionales quedarían tocados ante cualquier auditoría y se pediría su eliminación. Perdieron la reputación.

Las corporaciones industriales y empresariales fueron buques insignia de los muchos emprendedores sociales que arriesgaron todo para crear sueños. Las pequeñas empresas competían con las grandes en calidad o servicios, pero el sueño duró poco. Los contratos públicos crearon docilidades políticas y el sistema clientelar prostituyó la libre competencia. Ya no había soñadores que crearan auténticos bienes desde el esfuerzo o el mérito, sino auténticos vividores pragmáticos uncidos a los presupuestos púbicos y a las relaciones políticas de cada momento. No importaba la calidad del producto o del servicio, sino la obtención del “Vº Bº” del mundo de la política. De nuevo la reputación se iba al garete pues en procesos de concentración hábilmente realizados, la competencia limpia pasó a la historia siendo sustituida por oligopolios que imponen sus reglas.

En la sociedad se permeabilizó el modelo y empezaron a crecer todo tipo de organizaciones que, bajo el manto de la filantropía, la solidaridad y el humanismo, buscaron su trozo de pastel público. La filantropía se convirtió en negocio en una transición pragmática de intereses públicos y privados. Yo te doy, tú me das…. llegando a las más prestigiosas organizaciones internacionales que acabaron corrompiéndose y perdiendo su fiabilidad para los ciudadanos que pagaban su mantenimiento a base de impuestos, hasta por haber nacido o por respirar. Naturalmente pasaron de la reputación social y política anterior a una calificación mucho más baja en la inteligencia ciudadana.

Su reputación está por los suelos con tendencia a la baja.

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