Verdades incómodas UE-América Latina

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— P U B L I C I D A D —

Reconózcase que hasta el ingreso de España en la entonces Comunidad Económica Europea, América Latina nunca formó parte de las prioridades de Europa, que llegó a aceptar implícitamente la peyorativa condición de “patio trasero” de Estados Unidos. Y, ciertamente, España no sólo la puso en el mapa europeo con gran tenacidad, sino que también ella misma, España, pudo volver a erigirse en una potencia internacional influyente en Bruselas como el miembro del club europeo mejor conocedor de un continente que tiene al español como su lengua materna.

La realidad hoy es bien distinta y no precisamente para bien, como así ha podido constatarse en el XII Seminario Internacional Unión Europea-América Latina, celebrado en la Casa de América de Madrid. Así lo puso de manifiesto Ramón Jáuregui, presidente de la Fundación Euroamérica, que suscribe el descarnado análisis de Josep Borrell: “Europa está en un momento crítico de su existencia”, haciendo suyo el diagnóstico de la Brújula Estratégica, con la que se pueda hallar la guía operativa para la toma de decisiones en las que la UE ya no tiene margen para equivocarse. 

En el ámbito concreto de Europa y América Latina hay un riesgo más que evidente de “perifericación”, o sea de que ambas regiones sean incapaces de evitar deslizarse hacia la periferia del nuevo centro del mundo, ese área Asia-Pacífico en el que ya se están dibujando los grandes contenciosos y acontecimientos del siglo XXI, y de los que sufriremos sus consecuencias sin la menor duda, pero en los que, caso de seguir así, influiremos poco o nada en el inmediato futuro.

Es verdad que la crisis provocada por la COVID-19 ha afectado al mundo entero, pero ha sido en algunas zonas del planeta donde las consecuencias sanitarias, sociales y económicas han sido especialmente dramáticas. Los grandes problemas estructurales y de desigualdad que ya arrastraba América Latina antes de la pandemia, se han visto fuertemente agravados. En cuanto a la UE, baste decir que hace 30 años representaba el 25% del PIB mundial, y en pocos años más no llegaremos ni al 10%, un retroceso que irá acompañado de otra merma trascendental: el decrecimiento de la población, que apenas alcanzará el 5% del total de seres humanos del planeta.

Ganar con regulaciones lo que pierde en la fábrica

La fuerza conjunta euro-latinoamericana ha decrecido también notablemente con respecto a la incontenible transformación del mundo. Sobre las 50 mayores empresas o conglomerados que hoy imperan, Europa tan solo incluye a cuatro y Latinoamérica a uno. Estamos por consiguiente en riesgo evidente de perder incluso la capacidad normativa. Recurriendo al símil futbolístico de que algún gran club de fútbol a veces intenta ganar en los despachos lo que no es capaz de ganar en la cancha de juego, a la UE se le ha acusado de intentar vencer con su excesivo afán regulatorio a los adversarios con los que no es capaz de competir. Las grandes compañías tecnológicas norteamericanas no tienen más rival en Europa que los diques regulatorios, porque esta UE ha sido incapaz también de crear su propio Google, por ejemplo.

Es lacerante comprobar que esa  misma UE no ha logrado aún renovar los importantes acuerdos con México y Chile, al tiempo que sigue sin coronarse el ambicioso proyecto de alianza UE-Mercosur. Y, mientras tanto, China ha multiplicado ¡por 28! su comercio con América Latina en los últimos diez años, y subiendo… 

La conquista de posiciones estratégicas de China en todo el mundo ha encendido todas las alarmas, habida cuenta de que ya existe la constatación cierta de que sus valores no son los nuestros, y de que están en vías de imponer los suyos y sus propios paradigmas. La vieja suposición de que la prosperidad económica llevaría siempre al desarrollo democrático ha sido refutada por China, que entre otras muchas acciones, se apresta a implantar la primera fábrica de vacunas –Sinovac, naturalmente- en América Latina, en territorio chileno. 

Están desapareciendo del calendario las cumbres de jefes de Estado y de Gobierno entre la UE y América Latina, y los encuentros subregionales de ese máximo nivel terminan celebrándose con grandes ausencias presenciales o meras intervenciones videograbadas, faenas de aliño que no se trasladan después a verdaderos planes de acción. Es también el panorama mismo que sucede a propósito de las cumbres iberoamericanas, el gran esfuerzo de España por mantener viva tanto la relación bilateral entre ambos hemisferios como por acrecentar su papel de puente, cada vez menos transitado, entre Europa y América.

Como apuntaron panelistas como el secretario de Estado portugués Francisco André, la lituana Jolita Butkeviciene, la europarlamentaria Pilar del Castillo o el exministro colombiano Diego Molano, urge acelerar al máximo la implantación de la sociedad digital, para lo que es imprescindible la formación necesaria. Resulta abracadabrante que entre ambas orillas del Atlántico exista una oferta de tres millones de puestos de trabajo especializados en tecnologías digitales que no encuentran demandantes capacitados.

Como afirma el propio Borrell, Europa está en peligro y los europeos no son conscientes de ello. Y hay que salir cuanto antes de lo que él mismo llama “encogimiento estratégico” de la UE. Un empequeñecimiento, debido en buena parte a que nuestros valores liberales están cada vez más cuestionados. Ahí están los ejemplos de Cuba, Venezuela, Nicaragua y otros candidatos a seguir la senda castro-chavista, en donde la narrativa y el modelo democrático y de prosperidad europeo están perdiendo la batalla frente al totalitarismo empobrecedor y aplastante, pero que ahora puede enarbolar el modelo chino como ejemplo de promesa realizada de un supuesto paraíso socialista triunfador. Sin que, claro está, los derechos humanos, empezando por el de la libertad, importen. Preocupaciones marginales de una Europa que tiene cada vez menos fuerza para exigirlos e imponerlos.

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