
Es un calificativo aplicado históricamente a la explotación de seres humanos y al tráfico de personas desde el continente africano, para ser vendidas en las colonias europeas del llamado Nuevo Mundo o explotadas al servicio de los poderes de cada momento (monarquías, imperios, nobleza, etc.)
Mucho antes, la esclavitud era consecuencia directa de la apropiación como botín de guerra de poblaciones conquistadas, en las primeras civilizaciones históricas con el fin de poner las fuerzas y riquezas de otros pueblos al servicio de los conquistadores, fueran éstos egipcios, sumerios, acadios, hititas, etc.
En todo caso, la explotación de unas poblaciones supuestamente inferiores por las que eran supuestamente superiores, ha seguido un camino que ha llegado a nuestros días, donde el uso racional del trabajo se ha convertido en abuso de los trabajadores, con la connivencia (esa es la trampa en el juego) de diferentes organizaciones sociales que, bajo las mismas excusas del tráfico histórico (mejora en las condiciones de los inmigrantes) y con métodos más o menos sofisticados, siguen arrancando a las personas de sus raíces territoriales, familiares, culturales, religiosas, con fines diversos, sobre todo su explotación laboral o social.
Todo ello ha sido considerado como uno de los mayores delitos realizados sobre los seres humanos por quienes se lucren de tal actividad, tanto en forma directa como indirecta, donde la connotación del color de la piel de la mercancía, originó el mencionado calificativo de “negreros”, dándose la paradoja de que, los mismos que en la declaración de Derechos Humanos de 1776 afirmaban: “Todos los hombres son, por naturaleza, libres e independientes….” trataban de garantizarse la disponibilidad de mano de obra barata y ejercer sobre ella la coerción necesaria para que obedezcan desde la impotencia o la gratitud, con el beneplácito del poder y la legalidad.
Así la Real Cédula de 1789 establecía incluso las características de quienes pasaban a ser explotados en los muy rentables negocios de ultramar, como la caña de azúcar: “Los negros habrán de ser de buenas castas, la tercera parte a lo más de hembras y las otras dos de varones, no permitiéndose la entrada a los inútiles, contagiados o enfermos…” El tráfico humano exigía a la “mercancía” unas condiciones adecuadas para servir a la finalidad pretendida.
A partir de 1820, el tráfico de esclavos negros fue abolido, declarándose ilegal tal actividad que, en la actualidad, está blanqueada por la supuesta filantropía y ayuda humanitaria, de la misma forma que la importación de esclavos siglos atrás, estaba blanqueada por las mejores condiciones de vida en las nuevas tierras que en las de origen africano o cualquier otro, escondiendo los intereses reales de explotación de recursos y riquezas por los mismos de siempre.
Parte de ese sofisticado sistema de despoblación en unos lugares, ha venido por la prohibición expresa de explotación y desarrollo de las riquezas propias de cada país, desde la normativa surgida con cualquier excusa: salvación del planeta, cambio climático o políticas de control de la natalidad y mantenimiento de la ignorancia desde quienes ostentan poderes corruptos sobre ellos. En estos momentos se dan simultáneamente las dos cosas: tráfico de personas como fuerza laboral de explotación y apropiación de recursos africanos, por parte de las grandes potencias y hegemonías mundiales.
También las guerras y conflictos sirven a la “causa”. Por una parte contribuyen a crear las situaciones de miedo y pánico necesarias para que la gente huya a otros lugares, dejando atrás el mundo que conocen y donde han vivido durante generaciones, para crearles una sensación de dependencia de los salvadores. Los misiles y las bombas son “armas de disuasión” suficientemente eficaces para ello. Luego vendrá el gran negocio de la “reconstrucción” como primera consecuencia económica y política. No hace falta citar ejemplos.
Los “negreros” actuales campan a sus anchas en diversos países africanos, haciendo de las llamadas incorrectamente “migraciones” (término utilizado sólo para los desplazamientos de animales) inmigraciones forzadas de una u otra forma hacia los llamados “países desarrollados”, donde imperan sistemas políticos que los utilizarán para sus fines particulares como son los electorales.
Una vez que el espejismo del “paraíso” prometido ha desaparecido, los inmigrantes se convierten en “carne de cañón” para otros fines, como suelen ser el aumento real o artificial de censos de población, la explotación laboral a base de inflar la disponibilidad de trabajadores o en parte de organizaciones hábilmente subvencionadas para apoyar al poder. El “despotismo democrático” que denunciara Tocqueville, convierte a los soberanos en simples números cuya cuantificación esconde la realidad: su cosificación y su utilitarismo.
Las pateras que llegan a los puertos tras haber sido pagado el “peaje” del transporte, no se distinguen en nada de las antiguas y legendarias caravanas que mantenían un tráfico de personas pobres, impotentes y desamparadas, para disfrute de quienes aún influyen como poderes fácticos en la política y en la sociedad del mundo de los negocios.













