Dos filántropos y su mascota

Dos filántropos y su mascota
Serralaitz
Serralaitz, el seudónimo usado por el autor en atención a su lugar de nacimiento, es un localismo que corresponde al nombre dado en la zona a una sierra riojana: la Sierra de la Hez, un conjunto de montañas en el corazón de La Rioja, entre las comarcas de Rioja Baja y Alto Cidacos-Alhama y Cameros y a una altura superior a los mil metros. Desde esa altura, cuando no hay niebla, las cosas se aprecian de una forma muy especial.

Allí estaban los señores a derecha e izquierda de su hombre-mascota, guardando la puerta de un supermercado y dispuestos a echar una mano a los clientes/as que entraban sus compras.

Pasé junto ellos, les saludé como convecinos: se les veía no muy bien alimentados, con ropas nada elegantes, y una higiene descuidada, mal calzados. Vamos, como a ricachones venidos a menos.

Me arriesgué a sugerirles que en Bilbao había comedores colectivos para señores y señoras a muy buen precio, e incluso gratuitos. Y me contestaron que sí pero que no se les permitía entrar con su mascota, y que no podían dejarlo solo en la calle expuesto a cualquier patada o mordisco por parte de un aristócrata desalmado.

Y que les era suficiente con mordisquear y pelar los huesos que les dejaba su mascota, antes que sufrir humillaciones y desplantes del servicio del restaurante gratuito y los otros comensales.

Llevaban la casa puesta: su manta, sus plásticos para combatir el frío de las noches, su bote para coger agua en las fuentes. Todo con el orgullo típico de señores de la más alta sociedad. Y con las más exquisitas atenciones para la servidumbre, que era la única mascota que los acompañaba.

Solteros me parecieron, a no ser que fuesen pareja gay, que también parece que proliferan entre la clase alta de los señores de la clase perruna.

Pero me dio pena, la fraternidad y convivencia entre animales y humanos ha terminado por crear una tercera especie de seres vivos incapaz de convivir con la especie humana y con la especie canina. Aquella mascota humana no podía acercarse a colectivos humanos, aquellos señores perros no podían convivir con otros perros, todo por guardarse fidelidad entre los unos y los otros. Ni de aceptar obsequios, ellos de otros señores perros, él de otros seres humanos. 

Así que seguí mi camino, decidido a no inmiscuirme en los problemas de una especie de seres vivientes que ya no parece la mía, no sin antes presentarles mis respetos con una reverencia y una amplia sonrisa.

DEJA UNA RESPUESTA

Please enter your comment!
Please enter your name here

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.