
Las alarmas del miedo no dejan de sonar con el período de lluvias que toca pasar en esta época del año. Las inundaciones y las consecuencias de la gota fría de Valencia, predisponen a un estado permanente de pánico que no tiene el menor sentido si analizamos y separamos el fenómeno en sí y la deficiente gestión del mismo.
En el mismo centro de España, tormentas con nombres ridículos están produciendo inundaciones con los correspondientes daños materiales y molestias en diferentes ámbitos. Nuestro irrelevante río Manzanares, se nos ha presentado con ínfulas de mayor caudal recogido a lo largo de su recorrido desde su nacimiento en la sierra madrileña, hasta su desembocadura en el río Jarama a la altura de Vaciamadrid, junto a otros casos en que, nuevamente, el mundo de la política ambiental ha venido a complicar la situación.
Los embalses están a tope y la “sequía” ancestral ya no tiene ninguna justificación para restricciones en el uso del agua (como viene siendo otro “mantra” repetido mil veces por la publicidad mediática). Las temperaturas tampoco han subido (tal como preconizaban los “calentólogos” y la gente sigue adaptándose (como se ha hecho siempre), a las condiciones ambientales que correspondan en cada lugar del planeta. Por eso nunca llueve a gusto de todos. Es como si la Naturaleza tuviese que responder a nuestros arbitrarios gustos y deseos. Y eso nunca será posible por muchas proyecciones falsas que se hagan.
En el período Cuaternario (que es en el que estamos todavía), “se produce un descenso de temperaturas continuas desde el Terciario, lo que condujo a unas glaciaciones (en las zonas frías) correspondidas con períodos de abundantes precipitaciones (en las zonas calurosas) conocidas como períodos pluviales” (Brikman). Tales glaciaciones que estudiábamos en el colegio durante el Bachillerato, se conocían con los nombres de Günz (la más antigua), Mindel (la intermedia) y Würm (la última). Entre cada una de ellas y sus fases, las épocas templadas conocidas como “interglaciares” (como el actual), nos brindaban unas condiciones semejantes a las actuales. La cronología asignada a éstos es de 60.000 años para el 1º y el último y de 240.000 años el llamado “gran interglaciar” (el penúltimo). Nada que ver con la cronología humana actual.
En el planeta se han distinguido con independencia del “ecuador geográfico”, los llamados “ecuador meteorológico” y “ecuador calórico”. El primero responde a la separación de ambos hemisferios Norte/Sur y se encuentra hacia los 5º de latitud Norte, mientras que el segundo está situado a 3º de latitud Norte, con las consecuencias climáticas correspondientes en el momento de sus fluctuaciones cada 21.000 años en que las lluvias han sido fuertes y de corta duración o períodos de larga duración entre 235.000 y 70.000 años. Como es natural, nuestra pequeña irrupción industrial y tecnológica de hace 200 años, no tiene ningún significado en la vida del planeta de 3.500 millones de años. La Tierra y su clima se han basado en las llamadas “perturbaciones” como la oblicuidad de la elíptica (ángulo formado por el plano ecuatorial de la Tierra y el plano de la órbita), la propia excentricidad de la órbita (desplazamiento del movimiento alrededor del Sol), la precesión de los equinoccios (desplazamiento de los puntos cardinales) cada 26.000 años influida a su vez por la atracción de otros planetas y los cambios de radiación recibidos (más todas aquéllas que aún quedan por conocerse).
No recuerdo qué presidente americano (USA) dijo aquello de “quien domine el clima, dominará el mundo”. Lo más grave es que se lo han creído y han empezado a “jugar” a un juego que sí puede alterar pequeños ciclos de lluvia local: “La FAA (Admón. General de Aviación), la NASA (Admón. Nacional de Aeronáutica y del espacio) y la NOAA (Oficina nacional de Admón. Oceánica y Atmosférica), admiten que los aviones rocían sustancias químicas que permanecen en el cielo y alteran el clima”, mientras que organismos oficiales como la AEMET española dice en base al R.D. 849/1986 que establece el Reglamento de Dominio Público Hidráulico que “la fase atmosférica del ciclo hidrológico (ciclo del agua) podrá ser modificada artificialmente por la Admón”. Primero hay una negativa a reconocer tales intentos (cuando están más que documentados) para ahora admitir no sólo los vuelos especiales con tales fines, sino además, la lluvia provocada de sustancias químicas. ¿En qué quedamos? ¿Puede ser un efecto de la nueva presidencia y la anulación de las falsas ayudas a través de USAID y el desmontaje de mentiras consiguiente?
Todos nosotros hemos sido testigos de cómo pequeños aviones que se cruzan una y otra vez (no llevan un destino determinado), empiezan muy temprano a atacar las nubes dispersas por el cielo. Y lo hacen de forma efectiva sin ninguna necesidad, ya que no son nubes de tormenta clásicas que pudieran constituir amenaza. Los motivos por los que alguien gasta dinero (que no es suyo) en actuaciones de este tipo y el que instituciones las oculten, escapan a la información “veraz” constitucional, pues se supone que todos los vuelos están bajo control de la región aérea correspondiente.
Vanamente se esfuerzan en demostrar lo indemostrable: que las instituciones públicas y privadas, símbolo del poder político, pueden “luchar” contra los cambios y fluctuaciones del clima en un planeta como la Tierra, donde el sistema cósmico puede conocerse y adaptarse al mismo, pero nunca en miles de años que viviésemos, podría pasar de ponerse a la sombra o al sol, de estar en las playas o en las montañas según gustos, de abrir el paraguas y pisar charcos o dar gracias al cielo por la bendición que supone cada gota de agua para la vida y el medio ambiente. Y eso nos está costando impuestos, gastos y normativas erráticas (según quien pague), que han destruido naciones.
“Una tormenta puede determinar el tiempo atmosférico de un día, pero no el clima de una región” (Zeuner). Lloverá (o no) siguiendo las leyes de la Naturaleza en su conjunto, no los caprichos de algunos ejemplares de la especie humana por mucha cacharrería que pongamos en órbita. Eso sí, siempre a costa de impuestos reales a los ciudadanos que pagan la fiesta.













