Cien años de la revolución más sangrienta

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100 años de la revolución rusa
Pedro González
Periodista, experto en Política Internacional. Fue director de Redacción de Euronews y fundador del Canal 24 Horas de TVE.

Aprovechando el centenario de la Revolución Rusa, se reeditan multitud de libros que recuerdan el horror provocado por el comunismo y que debería ayudar a descartar una ideología que, siendo caduca y cruel, es presentada por algunos como “tabla de salvación”.

El comunismo como ideología totalitaria de vocación universal concluyó con el estallido de la Unión Soviética en 1989. Quedan, a día de hoy, Cuba y Corea del Norte como los residuales e irreductibles ejemplos del prometido “paraíso socialista”, además, claro está, de los regímenes que, como China, han envuelto el férreo sistema totalitario del partido único comunista en el celofán de un capitalismo del que sigue ausente la libertad de discrepar.

A diferencia del nazismo, vencido por las armas, juzgado y condenado como ideología causante de un genocidio, el comunismo no ha sido expulsado de la constelación de las ideas culpables de causar las mayores y más crueles matanzas a los propios pueblos en donde estuvo implantado. Su mercancía ideológica aún se vende hoy con el presuntamente renovado lenguaje del denominado populismo de izquierdas.

La Revolución Rusa de octubre de 1917 nació con la utopía de crear al “hombre nuevo”, un empeño que desembocó en la aniquilación de decenas de millones de hombres y mujeres. Primero, los nobles y burgueses; después, los pequeños propietarios; luego, los intelectuales y todo el que se opusiera a la obligatoria colectivización; finalmente, cualquiera del que pudieran sospecharse simpatías contrarrevolucionarias.

El terror como motor de la revolución

Lenin no engañó a nadie, salvo a los liberales y socialistas que, en los meses anteriores al asalto del Palacio de Invierno, aún creían que la democracia triunfaría frente a los errores y excesos del zarismo. “La revolución -decía Lenin- no será auténtica sin ejecuciones”. El terror se convertiría, pues, en el alma del sistema, perfeccionado por Stalin, y aún más sofisticado en los regímenes comunistas independizados de Moscú, como la China maoísta, la Camboya de Pol Pot o la Corea del Norte de la dinastía Kim.

La Revolución Rusa marcó todo el siglo XX. “Revolución” se convertirá en la palabra más reivindicada y satanizada durante los 74 años que van de 1917 a 1991, fecha oficial de la extinción de la URSS. En Qué es una revolución, su relectura de este acontecimiento, el boliviano Álvaro García Linera señala que “en los últimos cien años morirán más personas en nombre de la revolución que en nombre de cualquier religión”, al tiempo que justifica el terror de tales masacres en que “la diferencia es que, en la revolución, la inmolación es a favor de la liberación material de todos los seres humanos”.

La presunta felicidad de todos los hombres y mujeres bajo la égida del comunismo ha sido, así, el manto protector que justificaba los más crueles excesos. Numerosos intelectuales se han apoyado en tal excusa para sostener la supuesta bondad del mayor cataclismo moral de la historia. Hace apenas unos años que el intelectual canadiense Michael Ignatieff preguntaba al historiador comunista Eric Hobsbawn si la pérdida de tantos millones de vidas humanas hubiera estado justificada de haberse hecho realidad el sueño comunista. Respondió afirmativamente sin dudarlo. Que Hobsbawn sea celebrado a derecha e izquierda como uno de los historiadores más lúcidos del siglo XX vendría, así, a demostrar que el ser humano no está curado de espanto y que no está descartado que […]

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