
Ahora que es tiempo de vacaciones, me gustaría señalar la obra “The N.York Earth Room”, existente en un piso o apartamento del Soho neoyorquino, cuyo autor el italoamericano Walter de María instaló hace unos cincuenta años, consistente en esparcir o verter nada menos que 127 toneladas de tierra “en un piso cualquiera” de lo que fuera en su día una zona industrial.
La obra considerada como representativa del “Land Art” urbano, es una instalación artística de 197 metros cúbicos de tierra esparcida sobre el suelo a cargo de la “Dia Art Foundation”, que ha mantenido un cuidador de nombre Bill Dilworth humedeciendo, rastrillando y removiendo el terreno, durante 35 años hasta su muerte, eliminando del mismo las hierbas surgidas para “preservar la pureza del lugar”. Esta tarea sería asumida por otra cuidadora de nombre Ana Avendon una vez fallecido el anterior.
La instalación en cuestión está abierta al público que, al parecer, “busca el contraste entre el ruido del exterior con la calma mística de este espacio” como un reducto de paz y tranquilidad o, si se prefiere, una muestra aislada del que fuera movimiento artístico que el artista Robert Smithson llamó “Land Art”. Una faceta más del llamado arte contemporáneo, consistente en intervenciones sobre el paisaje o el medio, utilizando sólo elementos naturales. Una forma de cambiar o rectificar a la propia Naturaleza, curiosamente con el propósito de denunciar la acción del hombre sobre ella. Una paradoja más de las que nos tiene acostumbrado el mundo del arte.
Su principio fundamental es alterar el paisaje, sea éste del tipo que sea con el fin de “producir efectos y sensaciones”, bien como “Naturaleza dominada” o “Naturaleza colonizada”, entre otras variantes del movimiento para visualizar el dolor “por el deterioro ambiental del clima” (una estupidez muy propia de estos tiempos donde de confunden conceptos; pero el arte es así). Al final es más importante la palabra del crítico que la propia obra (“La palabra pintada”.- Tom Wolf).
Este movimiento se identifica en el año 1968, con la exposición “Earthworks” en la Dwan Gallery de Nueva York, si bien las obras del mismo empezaron a producirse a finales de los años 60 del pasado siglo en espacios desérticos del oeste de EE.UU. y su finalidad era “producir emociones plásticas” en el espectador (una obviedad en el mundo del arte) mientras duren, pues -como es lógico- están expuestas en la mayoría de los casos a las condiciones y transformaciones del espacio natural en que se realizan, quedado en muchos casos sólo testimonios fotográficos o visuales de las mismas.
En el caso que nos ocupa, el autor ha obviado tal objetivo “natural”, poniendo su obra a buen recaudo, incluso con su propio servicio de conservación y limpieza, bajo techado y a cubierto de los efectos naturales que pudiera alterarla, lo que choca frontalmente con el sentido artístico del “Land Art”. No es una obra cuyo soporte sea la Naturaleza, sino que es el traslado de una porción de ella a un espacio artificial, buscando no su transformación, sino su artificio al incluir la mano del hombre para su conservación (otra paradoja que hemos conocido repetir en otras exposiciones e instalaciones: desde el IVAM valenciano, hasta la representación de España en la Bienal de Venecia donde costó medio millón esparcir en el pabellón de España un volquete de escombros).
También se pierde la grandiosidad o la influencia que el paisaje por sí mismo aporta a la obra al ser inexistente, más allá de los muros, forjados y techos de una arquitectura minimalista de contraste. Es simplemente un vertido de tierra natural en un espacio limitado, lo que impide también la pretendida interacción entre la parte intervenida y el espacio natural. Sólo sacos de tierra esparcidos en un piso del Soho (pudiera ser cualquier otro lugar) para, supuestamente, crear un espacio de contraste ambiental “de tierra, arte y silencio” en el caos de la vida urbana.
Es cierto que el autor se ha movido menos que otros en el mundo del “land art”. Su obra más conocida es “The Lightning Field” (el campo de rayos) del año 1977 se realizó en el desierto de Nuevo Méjico y consistía en instalar sobre una cuadrícula de terreno 400 postes de acero inoxidable de igual tamaño. Se dice que nunca cayó ningún rayo sobre los mismos, por lo que, si se trataba de influir en la meteorología (que no es el clima) fue un fracaso, salvo que sólo se tratase de una obra conceptual para “producir efectos y sensaciones” (telúricos suponemos) en los visitantes de la zona.
En el caso más cercano de Valencia, el convento del Carmen (ahora “Centro del Carmen de Cultura Contemporánea”) adjunto al IVAM, ha estado ligado a varias experiencias en este sentido, sin ser necesariamente inundado de cualquier material (alguna sí) sino que -por ejemplo- se limitaban a reflejar fotográficamente montones de basura bajo el tema: “Terrenos baldíos, comunicado urgente contra el despilfarro” (2020), donde sus autores Javier Almalé y Jesús Bondìa, lanzaban un mensaje moral sobre el despilfarro, en una nueva paradoja del caso pues, si se trata del despilfarro en general podría referirse a la política que gasta en exposiciones (como la suya propia), sin mas criterio que la moda del momento. Pero parece que la muestra se refería a visualizar residuos (donde no aparecen por cierto los muchos tecnológicos) y al consumo compulsivo de materiales de todo tipo.
En esa línea el centro del Carmen, parece haberse identificado como “Enclave Land Art” promocionando nuevos “valores” en esta corriente artística, todo ello con el objetivo -entre otros- de “luchar contra la emergencia climática”. Como vemos un auténtico despilfarro económico a costa del sistema político actual. La contradicción es fruto de la mezcla conceptual del mundo contemporáneo donde todo se supone es arte (depende de quien lo pague).













