
Que Pedro Sánchez es el presidente de la última democracia española que con mayor soltura y desahogo miente a los ciudadanos es ya un lugar común conocido en nuestro país, de norte a sur y de este a oeste.
Una catalogación que el felón se ha ganado a pulso desde que pisara La Moncloa, allá por 2017, y descubriera que la vecindad en el palacio de la presidencia llevaba aparejadas comodidades, beneficios y provechos tan atractivos como el uso discrecional de un avión privado, de algún helicóptero, y multitud de asesores con los que contentar a amigos, primos y demás parientes e interesados.
Si empezara a poner ejemplos, me quedaba sin espacio ni tiempo para terminar el artículo. Basten sus reiteraciones sobre su disposición a pactar con los filoterroristas de Otegui, sus problemas para conciliar el sueño si se arrimaba a Pablo Iglesias, horas antes de rendirse en sus brazos, e tutti quanti.
Ahora, además, descubrimos que es un cobarde, que ejerce la estrategia del avestruz y esconde la cabeza cuando le vienen mal dadas. Y resulta que eso va ocurriendo ya con ilusionante asiduidad en los últimos tiempos.
El partido socialista, lo que queda de él, lleva sin ganar unas elecciones desde que lo barrieran de la Comunidad de Madrid y del mismísimo feudo tradicional socialista, Andalucía. Luego, en las últimas autonómicas, fueron barridos también de Baleares, de Extremadura, de Aragón, de Valencia…
La ocurrencia de Sánchez fue, ya saben, ponernos unas elecciones generales en pleno mes de julio. Y volvió a perder, aunque sus conchabeos con tirios y troyanos, enemigos de España, de su constitución, su democracia y de las instituciones más ejemplares de nuestro país, le permitieran seguir disfrutando de lo que él piensa que es su chalet.
La última bofetada se la han arreado los ciudadanos gallegos, a él y a su marca blanca, la vicepresidenta Chanel, derrotada incluso donde nació. ¿Ha entonado el mea culpa? Quiá. Se ha ido a Marruecos, cuyo sátrapa parece tener mayor importancia para Sánchez y señora que ofrecer una reflexión a sus afiliados, a sus votantes y a los españoles en general sobre su enésima derrota.
Y ojo, que vienen curvas, que a ver qué va a hacer en las muy cercanas elecciones autonómicas vascas. ¿Seguirá abrazado a Bildu? ¿Se arrodillará ante el PNV? Se juega La Moncloa y sus beneficios asociados y lo sabe. A lo mejor por eso se está buscando un futuro de mamporrero del monarca alauita. Por eso y por no escuchar a los agricultores que colapsan Madrid, sin que él se haya dignado a decir ni pio.













