¿Un año verdaderamente nuevo?

Por
— P U B L I C I D A D —

La terraza de mi bar favorito está bien arropada por vidrieras, sombrillas y calentadores. Los androides ANDREA y SAM nos han traído, ya en este año nuevo, a mi sobrino Evaristo y a mí, sin preguntar gracias a su inteligencia artificial, las consumiciones que deseábamos y que tomamos rodeados de guirnaldas navideñas. SAM, previsor, ya lleva en su cabeza la corona de cartón dorado de un Rey Mago. PAAF, repara algunos adornos en altura. Para eso es un dron volador.

¿Has formulado algún deseo para 2022?, me pregunta Evaristo.

—No, pero lo tengo claro.

—¡Que se vaya el virus!

—Por descontado, pero, antes, que se vayan nuestros políticos.

—Ja, ja. Estas peor que yo, se ríe Evaristo.

“Yo pido mejor educación”, señala ANDREA mientras deposita unos montados. “No saben ustedes como hablan y que cosas dicen algunos. Parece que estén en las Cortes”.

Nos quedamos sin habla mi sobrino y yo, rememorando espectáculos penosos por parte de muchos parlamentarios. Igualmente, da vergüenza oír lo qué algunos herederos de la Transición formulan con naturalidad. Hizo bien Felipe VI en recordar en su discurso navideño, como resumía Zarzalejos en El Confidencial, la importancia del sentido de la Historia; la necesidad de grandes acuerdos transversales; una necesaria generosidad; el sentido de la responsabilidad; y una imprescindible visión de futuro.

Feijoo ha reprendido públicamente a Casado por sus actitudes parlamentarias, señala, al cabo de un rato, Evaristo.

—En efecto, respondo. Sin embargo, hasta una “miembra”, como diría Bibiana Aído, del Gobierno de la Nación (la Ministra Montero, por su parte, habla de “portavozas”), y que muchos consideran una santa, perdió los nervios metiéndose en un jardín verbal “desequilibrado” que no era recomendable teniendo en cuenta su categoría personal, profesional y política. Mejor hubiera sido disculparse, después.

—Si pierden las formas los que deben ser ejemplares, esto no se arregla ni con una República, concluye socarronamente Evaristo.

“No se queje”, interrumpe SAM mientras nos repone las bebidas. “En otros sitios están peor”.

—Puede ser, y no es un consuelo, señalo, pero hay otra cuestión. Llevamos demasiado tiempo tocando el cielo sin entrar, sea por culpa nuestra o ajena, mientras vemos a otros dentro tomándose copas y mirándonos de reojo con mala cara. ¡Cualquiera se pondría nervioso!

¡Hasta un diario favorable al Gobierno se quejaba en Navidades, en un editorial, de la falta de liderazgo gubernamental en la cuestión del virus!, exclama indignado Evaristo, cambiando de tema. Y las predicciones oficiales de crecimiento, añade, constantemente rebajadas por Bruselas, el Banco de España o cualquier institución internacional; la noticia de que vamos a quedarnos sin personas cualificadas por falta de previsión en la formación universitaria y profesional…

—…No sigas, Evaristo, le interrumpo. Empieza otro año y una vida no tan nueva: se acercan elecciones, algo que verdaderamente motiva a nuestros políticos.

—Tienes razón, admite Evaristo alzando la voz. Lo que debiera importar son los programas y proyectos serios; parecernos cada vez más a nuestros socios comunitarios y aliados; sentirnos bien en nuestra piel occidental; ayudar a nuestros primos latinoamericanos; cuidar un África insatisfecha en necesidades básicas y que mira, esperanzada, a Europa; interesarnos seriamente por todo lo que ocurre en un mundo global, incluso en Asia, y con más motivo en una Europa que no es la UE, sino una zona de contacto con la Rusia de Putin; cooperar activamente con una vacunación mundial del COVID-19; prever, para impedir que ocurran, acontecimientos que nos harían daño en nuestras fronteras, nacional y europea; preparar un futuro mejor para nuestros hijos y nietos; siendo, asimismo, respetuosos con nuestra reconquista de la democracia.

“¿Eso ha pedido usted a Papa Noel y a los Reyes?”, pregunta, asombrada, ANDREA a mi sobrino.

—Eso he pedido, responde Evaristo, esta vez susurrando modestamente.

Todos los clientes le aplauden, no sólo ANDREA, SAM y yo. Hasta el escurridizo dueño del bar, mientras se acerca PAAF, el dron reconvertido en el mayordomo volador del establecimiento. “La casa les invita”. ¡Mira qué bien! Enfundados en nuestros abrigos nos vamos Evaristo y yo intentando aferrarnos a la esperanza.

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