Sonia

Por
— P U B L I C I D A D —

Mi amiga Sonia acaba de cumplir cuarenta y cuatro años y la miro ahora, de reojo, agazapada en el sofá de mi casa, que es donde viene a refugiarse cuando el ambiente de su casa es insufrible, y me fijo en que se parece mucho a otra amiga que acaba de cumplir cuarenta y cuatro años, la Constitución española.

Porque Sonia tiene por pareja a un engreído narcisista y soberbio que, me duele decirlo, la maltrata. Él y sus amigotes, una cuadrilla de prepotentes, que se creen el ombligo del mundo y la divina envuelta en huevo.

Pedro, el (mal) compañero de Sonia, cree que su condición de cabeza de familia tiene que demostrarla cada día, machacando a mi amiga, menospreciándola, insultándola, humillándola, cuando no agrediéndola directamente de palabra u obra.

Y todo ello animado por esos amigotes que no solo odian a Sonia, porque la ven como alguien que limita sus intenciones y sus interesados fines, sino que animan al arrogante de Pedro en sus agravios. Y cuando Pedro y ellos se juntan en su casa, Sonia se hace pequeña, tiembla, pasa miedo. No llora, porque es una mujer fuerte, resuelta y decidida, lo suficiente como para no darles ese gusto al hato de acémilas que forman entre todos. Pero sufre, como sufrimos sus amigos, y entonces se agazapa en mi casa, en mi sofá, a mi lado.

Los amigotes de Pedro quieren, ahora, que Sonia se opere, que se quite de aquí, que se ponga allá. Y él, Pedro, fatuo, pedante y vanidoso, les da la razón, convencido como está de que en ello estriba su autoridad en su casa. Porque él, por más altivo que se muestre, de lo que no se da cuenta es de que no es más que un pelele, un monigote al que sus malas compañías no respetan, mangonean y manipulan para que siga creyendo que él es el que manda, el líder de la manada, y seguir consiguiendo sus objetivos.

A Sonia, miren, no le hace falta operarse de nada, se lo aseguro, mientras la miro de nuevo de reojo. Cuando está animada, porque Pedro está ocupado ofendiendo a sus vecinos, despreciando a sus compañeros de trabajo y derrochando el dinero, el prestigio y el buen nombre que ya no tiene en seguir creyéndose importante, Sonia se maquilla con gusto y sutileza, sin excesos; se arregla el pelo y se cuida. Siempre solo para sus amigos, porque sabe que ni Pedro ni sus corifeos merecen que se muestre todo lo bella que es.

Y nosotros, sus amigos, la animamos a hacerlo. La animamos también a que deje a Pedro, a que no siga aguantando sus invectivas, sus malos tratos, su chulería y prepotencia de alguien que no sabe bien qué es ser un líder, un cabeza de familia, un hombre.

Le decimos, a Sonia, que no necesita a Pedro, que encontrará alguien entre nosotros, sus amigos, que le dé el trato que merece, que la cuide, que la respete, que la defienda de las malas influencias de amigos de conveniencia.

La miro de nuevo, acurrucada en un rincón del sofá, dormitando. Es atractiva, es fuerte, es seria, es una mujer magnífica. Jo, cómo se parece Sonia a la Constitución española.

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