Las socialdemocracias de Occidente cuajan en partidos políticos hacia 1890, intentando un marxismo moderado, inspirado en el sindicalismo, el cooperativismo y las tendencias liberales más próximas a la causa obrera. Tras la guerra mundial de 1939-1945 se alzan como bastión contra el comunismo soviético. Cristalizan en la fórmula socialdemócrata como alternativa al neo liberalismo en el fin del siglo XX.
Llegados al XXI, desbocado el caballo del neo liberalismo y proclamada la ley de la austeridad como dogma de fe y receta universal, diríase que en este momento se han quedado sin recursos y sin ideas para renovarse.
Este podría ser para algunos el resumen histórico de 100 años de historia que otros consideran gloriosa y bienhechora para la humanidad. Una trayectoria que hoy, intenta defender los últimos restos de una sociedad del bienestar social, (sanidad y enseñanza universal, lucha contra los abusos de austeridad, el desempleo y precariedad, etc.)Las socialdemocracias querrían reinventarse, pero ni siquiera son capaces de gestionar un capitalismo que ha roto todos los frenos y reventado todas las presas.
Se teoriza y debate en las altas esferas universitarias sobre un fenómeno, la pobreza que crece alarmantemente y la riqueza insultante de los pocos de arriba, que debería actuar más bien en la calle, en los lugares de trabajo, y sobre todo tener como protagonistas a las víctimas de todos los males de este capitalismo.
Pero el socialismo de la calle, desconectado de las élites pensantes de los laboratorios de los partidos socialistas, alcanza apenas la gestión de algunos municipios, o los intentos poco prometedores de un Bernie Sanders en USA, un Corbyn en el Reino Unido, un Podemos en España, un Syriza en Grecia. Y, eso sí, da lugar a protestas callejeras sin estructura organizativa, pura espontaneidad y don-quijotismo.
Porque mientras tanto los puestos de trabajo que subsisten tras la revolución del robot y la electrónica y el ordenador, al albur de la globalización se han ido a China y al Sudeste asiático, y las nuevas tecnologías y la robótica han obligado a cerrar oficinas bancarias y despachos burocráticos.
Porque el capitalismo neo-liberal mantiene a un alto porcentaje de la población mundial en esa enorme reserva de mano de obra, cercados por el Mediterráneo, o por la muralla del Río Grande entre la América del Norte y el resto de América, que solo podría afrontarse con una estrategia global planificada a escala planetaria, aquella misma que proclamara Marx de «proletarios del mundo entero, uníos». Pero los socialismos de Occidente y Oriente por igual reniegan tozudamente de todo planteamiento de la lucha a escala universal, y siguen elaborando teorías a espaldas de la realidad y de la globalización.
Una pena que se nos haya ido Darío Fo, el pensado disfrazado de clown que despotricaba contra los poderes religiosos, los Berlusconi o los Rienzi y demás perdonadores del neoliberalismo. Una pena que no seamos capaces de partir de la realidad que nos rodea, tan diferente de los tiempos anteriores a la globalización y las nuevas tecnologías. Una pena que, abandonando el marxismo como método de estudio y de acción, hayamos renunciado a guiarnos por el dictado de las realidades y los cambios con que nos tenemos que enfrentar.
Una pena que las fuerzas populares del Tercer Mundo, de la China de más de mil millones de habitantes, estén desconectadas del resto del mundo.
Una pena que la ONU siga reducida a un foro de peleas de gallos entre los poseedores del derecho a veto y controladores del armamento que se produce en el mundo y de las guerras «por encargo» con que obsequian al género humano aquí y allá.













