Oratoria seudoparlamentaria

Serralaitz
Por
— P U B L I C I D A D —

El debate en torno a la investidura de Pedro Sánchez invita a reflexionar sobre el nivel de calidad de nuestras Cortes y nuestros congresistas: ¿estamos a la altura de los parlamentos de la UE, quizá podemos compararnos con el Parlamento inglés de tan rancia, secular y señorial historia, o tal vez el Congreso de USA? ¿O quizá nos acercamos más al nivel de tantas repúblicas bananeras, de tantas seudodemocracias del continente africano, o del Extremo Oriente asiático teñido de marxismo-maoísmo y otras corruptelas?

No pecaríamos de pretenciosos si reclamásemos al menos una posición de aprobado ramplón para arriba, y pidiésemos una nota algo más alta para Sus Señorías, los que se han estrenado esta vez y los que siguen de legislaturas anteriores. A lo mejor el diputado Rufián se pasó por negativo, a lo mejor el presidente Patxi López se pasó por abuso de poder al cortarle la corriente al micro del diputado charnego-independentista.

En todo caso, ahí van algunos apuntes a vuela pluma:

No se han oído demasiadas autocríticas y confesión de errores y abusos por parte de ningún grupo político. No se ha hablado de corrupción en el PP, el PSOE se confiesa orgulloso de su historia, de su Felipe González y de su Rodríguez Zapatero, y de que ha apoyado a Podemos en los ayuntamientos «a cambio de nada»… Todos los grupos parecen estar muy contentos de haber nacido y se creen salvadores de España.

Por el contrario, los ataques a los otros partidos en competencia por la Moncloa y por los sillones ministeriales quizá han sido un tanto envenenados y exagerados.

¿Pavonearse, poner a bajar de un burro al competidor, es oratoria de la buena?

En segundo lugar, queda un poco la impresión de que los problemas de los ciudadanos, en especial los de los más castigados por la crisis, han quedado aparcados del debate. Ha prevalecido la atención en torno a las bondades y excelencias de cada uno de los contendientes. No solo de su capacidad intelectual, incluso de su belleza y de su sex-appeal.

En tercer lugar, la oratoria, bien entendida, no es poesía y lirismo, palabrería de academia literaria o de juegos florales. A Rajoy ha debido enseñarle alguien la palabra «bluf», él mismo se ha visto en la necesidad de explicar a Sus Señorías, diccionario de la Real Academia en la mano, el significado de esa palabra.

Si suponemos, con todo motivo, que Sus Señorías hablaban para los millones de espectadores y escuchantes que les seguían a través de la televisión y la radio, es justo reprocharles que han utilizado en muchos casos un vocabulario y unos giros desconocidos para el español de una cultura de mediana para abajo, que somos muchos, mayoría. Un orador debe hablar un lenguaje que entiendan todos aquellos a los que se dirige…

En cuarto lugar, y quizá el más importante. Mucho de los oradores del hemiciclo tienen la audacia de hablar en nombre de todos los españoles, de conocer y decir lo que piensan y desean todos los españoles, a sabiendas de que los españoles han expresado deseos y opiniones muy diferentes a través de las urnas. Por ejemplo, Pedro Sánchez acusó a Pablo Iglesias de haber traicionado a millones de votantes de Podemos… ¡Casi nada!…Y su portavoz, Antonio Hernández, dogmatizó que los ciudadanos no quieren repetir las elecciones… ¡Casi nada!

Autocomplacencia, desprecio de los rivales, lenguaje más de torneo literario que de tribuna parlamentaria, erigirse en intérpretes de los deseos y opiniones de todos los españoles…

Decididamente, el parlamentarismo español todavía no da la talla de los buenos ni de los mejores. ¿Lo dejamos en un aprobado raspado?

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