No es la democracia, estúpido

No es la democracia, estúpido
Jesús de Dios Rodríguez
Fundador del Club de Debate ALETHEIA. Actualmente jubilado. Empresario Import-Expot Sector Servicios. Diplomado en Desarrollo y Dirección de Empresas en el IESE (Universidad de Navarra). Diplomado en Dirección de Marketing en ESADE. Participó activamente en Política en los años 1986 a 1992. Perteneció al CDS, siendo presidente de la Ejecutiva de Majadahonda.

Estamos asistiendo al desmoronamiento de los sistemas democráticos de occidente sin excluir a los EE. UU. las democracias actuales atraviesan una grave y profunda crisis que las está llevando a una catarsis generalizada.

Bajo el concepto de democracia (sistema político que defiende la soberanía del pueblo y el derecho del pueblo a elegir y controlar a sus gobernantes) se ampara un sistema de políticas y políticos que nos han llevado a una situación que provoca y acumula más problemas que soluciones dentro del sistema y, por lo tanto, hace peligrar su existencia.

No solo es que la concepción de la política como un mercado nos haya llevado, como veníamos anunciando ya repetidamente, a una situación que podríamos perfectamente calificar como “posdemocracia”, una situación, que nos lleva a asumir que votamos a unos representantes que no tienen poder y que quienes lo poseen no son elegidos, (Oligarquía: sistema de gobierno en la que el poder está en manos de unas pocas personas pertenecientes a una clase social privilegiada) son los que verdaderamente mueven los hilos en la sombra, esa impotencia ha ido produciendo una progresiva pérdida de sentido. Todos sabemos que cualquier realidad social depende de que tengamos razones para justificarla, de su legitimidad, en definitiva.

La desafección democrática es una realidad que queda reflejada continuamente a través de todas las encuestas y sondeos que se realizan periódicamente, podemos comprobar en nuestro caso concretamente como desde la transición a la democracia sobre el 58% (es la media que nos dan las encuestas realizadas durante todos estos años) de la sociedad no se encuentra satisfecha con el sistema político en general.

La aceptación generalizada de la democracia como el sistema «menos malo» de los sistemas políticos nos debería llevar a una seria reflexión. ¿se cumplen escrupulosamente los valores que la definen? ¿Quiénes son los verdaderos protagonistas y dueños que dirigen el sistema? ¿Qué lleva a la sociedad a no renunciar a un sistema con el cual no se siente representada? ¿Somos conscientes de que con nuestros votos nombramos y damos toda la legalidad a nuestros representantes a pesar de los engaños e incumplimientos de sus programas?

Todas estas interrogantes han generado una fuerte desconfianza frente a la gestión política motivada por el distanciamiento de nuestros representantes y de sus instituciones, partiendo de aquí podríamos definirlo como un sentimiento subjetivo de ineficacia, cinismo y falta de confianza en el proceso político, los políticos y las instituciones democráticas actuales generan un distanciamiento y alienación hacia nosotros, creando un desinterés por los temas políticos y ningún interés por la política, a pesar de no cuestionar el régimen político.

Es bien conocido por todos el fracaso y el incumplimiento de las expectativas depositadas en los llamados estados del bienestar, la conversión de los políticos en clase o casta, el colonialismo económico, la falta de programas políticos y de la intención de cumplirlos, etc.

La solución pasaría necesariamente por la reforma de las instituciones democráticas, de los partidos políticos y de los sistemas de elección y representación, pero, por otra parte, por el imprescindible empoderamiento de la ciudadanía, por potenciar los mecanismos de participación y control por la sociedad civil.

Creo que ha llegado el momento de hacer un replanteamiento serio y profundo de lo que en su día aceptamos como un cambio de futuro, de progreso y recuperación de libertad, establecer un sistema democrático que habíamos soñado durante décadas y que habría de equipararnos a la altura de otras sociedades avanzadas, con las cuales pudiéramos competir en igualdad de condiciones y oportunidades, es inaceptable que el conformismo, la inacción y la falta de voluntad nos esté llevando a la situación de descredito y pérdida de valores que estamos sufriendo, cercenando no solo nuestro futuro si no también el de nuestros hijos y nietos. Ese no era el compromiso que adquirimos con el futuro y en el que pusimos todo nuestra ilusión y esfuerzo, dándole el impulso necesario por sacarlo adelante haciendo de España el país que habíamos soñado tanto.

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