Mérito, emérito y demérito

El rey emérito Juan Carlos I. FOTO: EP
José Joaquín Flechoso
Articulista de la actualidad política en diversos medios. Experto en networking sobre cuya actividad dirige jornadas entrevistando a personajes del mundo empresarial, administración, cine y moda.

Mérito, según definición de la Real Academia Española (RAE), es la “acción o conducta que hace a una persona digna de premio o alabanza” y atribuimos este calificativo a quienes reconocemos su conducta ejemplar, calidad humana o capacidad intelectual. Para ser rey no se necesita ser persona de mérito, pero si es cierto que, por el hecho sucesorio, a los herederos al trono se los prepara de la mejor manera posible con el fin de que sepan desempeñar su cometido de la manera más digna posible. Todas las monarquías en el poder son meramente representativas, pero sus titulares han gozado de una amplia formación académica e incluso militar en ocasiones, para que el día que ostenten la máxima autoridad del Estado, su papel no solo no desentone, sino que destaque.

En el caso de Juan Carlos I, su preparación fue acorde con los patrones habituales para alguien que algún día sería rey, si bien dicha formación fue tutelada de cerca por el dictador, que para eso lo designó sucesor suyo, y desde la lejanía por su padre Don Juan de Borbón. Juan Carlos cuando fue designado Príncipe de España por Franco, fue recibido con especial recelo por la oposición de izquierdas entonces en el exilio, pues venir apadrinado por aquel, no era una buena carta de presentación. 

Tras su ascensión al trono, al contrario de ser garante de los Principios Fundamentales del Movimiento a los cuales juró lealtad, propició un desmantelamiento del régimen franquista actuando conjuntamente con Adolfo Suárez que era quien políticamente llevaba el timón de lo que se conoció como la Transición. Esta actuación del joven monarca llevó a que, en ningún caso más allá de ciertas posiciones testimoniales, el debate monarquía o república se pusiera encima de la mesa del Consejo de Ministros e incluso partidos de amplia tradición republicana como el PSOE o el PCE, aceptasen la figura del rey, más por su actuación personal, que como reconocimiento a la institución que representaba. Posteriormente y tras el golpe de Estado del 23-F, la decidida intervención de Juan Carlos como jefe supremo de los ejércitos, le encumbró definitivamente. Su popularidad era elevadísima y había una casi unanimidad hacia él, con lo cual se había ganado sobradamente su puesto al frente de la nación.

Los últimos años de su reinado sin embargo ensombrecieron su imagen, gravemente dañada especialmente a raíz del lamentable accidente mientras cazaba elefantes en Botswana un 13 de abril de 2012, que puso en entredicho su figura. Mientras el país entero soportaba una gravísima crisis económica tras el crack de Lehman Brothers y el estallido de la burbuja inmobiliaria, el jefe del estado pasaba el tiempo de safari acompañado de una rubia alemana hasta entonces desconocida para la gran mayoría de españoles, pero no así para su entorno más cercano. El escándalo fue de tal magnitud, que su decisión de abdicar dos años después en favor del entonces Príncipe de Asturias, no solo fue una decisión acertada, sino imprescindible para salvar la monarquía y dar así entrada a su hijo Felipe, hombre preparado desde su más tierna infancia para ser jefe de Estado. 

Juan Carlos, siguió siendo parte de la familia del rey, ostentando el título honorífico de rey emérito en reconocimiento a sus méritos al frente de la más alta representación de España durante casi treinta y siete años. Bajo este título, acudía a tomas de posesión de altos mandatarios en nombre de España, recibía una asignación con cargo a la Casa del Rey, y por consiguiente del erario público, residía en el complejo del Palacio de la Zarzuela, habiendo permutado las residencias con su hijo y disfrutaba de una vida tranquila de jubilado real a pesar del desliz de Botswana. A Juan Carlos, como a todos los borbones que le antecedieron en el cargo, siempre le han reído las gracias. Era campechano, mujeriego, juerguista y machista, pero eso ya se sabía que formaba parte del ADN borbónico, algo que se daba por asumido por una amplia mayoría de españoles, pero aun así, el rey emérito seguía teniendo buena prensa como popularmente se dice. Pero este 2020 pandémico, será recordado por el coronavirus COVID-19 y también por el Corinnavirus, o lo que es lo mismo, el virus de la amante despechada, aprovechada y de escasos escrúpulos, que ha puesto en jaque no solo a su regio ex amante, lo cual no es nuevo en una relación extraoficial, sino también a la propia Corona. Las revelaciones de los movimientos económicos del rey emérito, sus comisiones por negocios que el propio monarca encargaba a la rubia alemana en su nombre, sus conversaciones grabadas con otro golfo entre los golfos como es el ex comisario Jiménez Villarejo, lo cual no deja de ser una charla entre deshonestos sin ninguna buena reputación, nos ha llevado a conocer intimidades económicas de difícil justificación, que han dañado gravemente la figura del anterior jefe del Estado. Pero lo más grave no son las grabaciones de la pareja de golfos mencionados, sino la corroboración de ciertas actividades financieras de dudosa legalidad por parte de testaferros del propio Juan Carlos, lo cual da una credibilidad más que notable al haber aportado documentos con la firma del ex rey, que no dejan ninguna duda sobre la veracidad de los mismos.

Es triste ver como se ha producido esta lamentable sinusoide mérito-demérito en la figura de una de las personas que más adhesiones recibieron tiempo atrás. Ahora extraña menos que un tipo mediocre como Iñaki Urdangarín se atreviera después de haber dado “el braguetazo del siglo” a hacer golferías que le han llevado a la cárcel, pero tal vez solo había que estar atento a lo que se cocía en el entorno de su suegro. Si tal vez cuando estalló el escándalo del que fuera administrador privado y testaferro de Juan Carlos, Manual Prado Colón de Carvajal, se hubiese actuado poniendo sobre la mesa el oscuro casi negro negocio del petróleo árabe por el cual recibía grandes comisiones dinerarias, las cosas no habrían llegado a donde hoy estamos, pero claro, eran otros tiempos, otros jueces y otros medios de comunicación… y el silencio entorno al rey, la norma no escrita, pero aceptada.

De verdad que siento tristeza como testigo directo de la Transición la bajada a las cloacas de una figura tan importante de aquel excepcional momento. La institución está en claro cuestionamiento por demérito del emérito que no del actual, el cual recibe una herencia fétida que deberá sepultar… si puede. Tampoco creo que en el entorno de Felipe VI estén los mejores asesores que den el aire que necesita para recuperar posiciones en el ranking de popularidad, pues todo lo que se les ha ocurrido es hacer unas cuantas videoconferencias que no han llegado al ciudadano y ahora realiza una serie de viajes de supuesta solidaridad patria por el COVID-19, pero la frialdad de la población hacia el gesto real, no convence a nadie. Como moraleja de lo descrito, nada mejor que un versículo del Evangelio según San Mateo: “Los árboles sanos dan frutos buenos; los árboles dañados dan frutos malos. Un árbol sano no puede dar frutos malos, ni un árbol dañado dar frutos buenos. El árbol que no da fruto bueno se tala y se echa al fuego. Es decir, que por sus frutos los conoceréis”. El evangelista marcó el camino a seguir. La Historia de España, no merecía este triste epílogo de la figura de Juan Carlos I, un rey de su tiempo al que se le paró el reloj.


FOTO: El rey emérito Juan Carlos I | EP

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