La política de siempre inquieta

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— P U B L I C I D A D —

La Sesión Plenaria del Congreso de los Diputados número 266 comenzó tarde, después de las nueve de la mañana. Antes de entrar, los corrillos habituales en el hemiciclo del Congreso y aledaños eran más numerosos que otras veces. También las conversaciones parecían más intensas.

El domingo había hablado El Pueblo en las urnas y su vozarrón autoritario retumbaba en las conciencias y en los intereses, sobre todo los intereses, de sus señorías. Una vez más, el Pueblo Soberano había dictado juicio y éste perturbaba las endogamias de cristal en la que vive una mayoría de electos, cada uno a lo suyo y muchos ajenos al sentir y a la opinión de la calle.

Una vez abierta la sesión, el encargado de poner en marcha la mañana fue el navarro Sabino Cuadra Lasarte, un sindicalista de LAB, que pertenece a Amaiur y está encuadrado en el Grupo Mixto. Su pregunta, la primera de las hechas al Presidente del Gobierno, de alguna forma, arrastraba la atención y el sentir de los miembros de la cámara a algo concreto aunque no ajeno a las voces dominicales de las urnas: “¿Se considera el Gobierno legitimado para seguir haciendo la política de siempre?”.

Y terminaron los interrogantes a Rajoy con una pregunta (huera) de Pedro Sánchez, formulada antes de conocer el resultado de las urnas: ¿Cómo valora usted la política de su Gobierno hacia los ayuntamientos?

Con la mañana puesta en marcha, Rajoy la encaró tranquilo, como siempre, y con el hacer de siempre fue bandeando las suertes contestando lo que se había redactado la semana anterior.

Pero el interés no estaba en las preguntas, ni en las respuestas. Había algo más importante y actual que preocupaba a todos: Las consecuencias del vozarrón de las urnas. Fue ese, más que vozarrón, rugido el que hizo que Rajoy se detuviera en los pasillos y, ya fuera de la seriedad y la formalidad institucional de la tribuna, se dejara oír.

El interés de la cámara, de la prensa y de la calle estaba centrado en conocer cómo el Presidente del Gobierno había entendido la voz del pueblo y qué consecuencias iba a tener. Pero Rajoy, gallego y con una larga trayectoria y personalidad definida en su forma de marcar los tiempos de todos, especialmente los suyos, habló como suele: en un castellano fluido y tranquilo, hasta pausado, pero con “facer galego”.

Se dejó peguntar y, sonriente, contestó tranquilo, dejándose ir. Sí, dejándose ir, pero sólo hasta donde quiso dejarse ir. No rechazó pregunta alguna, no cerró la posibilidad de cambios en el Gobierno, no definió la contingencia de variaciones en la cúpula del partido, no manifestó aceptación o crítica a las voces internas de los barones populares y, como parecía su propósito, dejó abiertas opciones múltiples.

– Pero, si no ha dicho nada —dijo una periodista joven.

– Sí ha dicho. —repuso alguien.

Una vez el Presidente fuera y sin nadie a quién interpelar por sus posibles decisiones, la Sesión siguió con las preguntas a los ministros, en este caso sólo cinco ministros: Asuntos Exteriores y de Cooperación; Interior; Industria, energía y turismo; Sanidad, Servicios Sociales e Igualdad; y Hacienda y Administraciones públicas.

Pero la mañana no estaba para interesarse por “el derecho a voto de los españoles en el extranjero”, “la Agenda Europea de Migración”, “la investigación de torturas”, “la compra del carbón por las eléctricas”, “los problemas debidos a los recortes en sanidad”, “Los Planes de Familia”, “impuestos y transparencias de la información en el sector público”, o “competencias sociales en los ayuntamientos”.

Seguía interesando Rajoy y lo que pudiera hacer. Abiertas por él las posibilidades de cambios en el Gabinete y eventuales movimientos de las baronías en la cúpula del partido, surgió una realidad importante traída por un periodista hecho, de los de siempre, de los que van un paso y medió, o doce, por delante buscando la noticia y cómo se hace la noticia.

Tenía información, había seguido el tema, se había movido por los vericuetos en los que se fabrican noticias, en este caso la confección, posible, remota o improbable de los próximos Presupuestos Generales del Estado en los distintos Departamentos en que se confeccionan y, tras publicarlo, lo comentaba a compañeros:

“El Gobierno tiene sobre la mesa tres opciones para convocar elecciones generales. La primera de ellas por orden cronológico, sería disolver las Cortes el 3 de agosto y convocar elecciones para el próximo 27 de septiembre. La segunda es esperar a después del verano, en concreto el 28 de septiembre y celebrar las elecciones el día 22 de noviembre. Y la tercera consistiría en mantener la actividad parlamentaria hasta el 26 de octubre y celebrarlas el próximo 20 de diciembre”.

A partir de ahí, el resultado salido de las urnas, sin perder vigencia e importancia quedó en otro plano. Y apareció, otra vez, la Política de siempre, inquieta por la situación, pero viva y ágil.

Desde ella, es al Presidente del Gobierno a quien corresponde tomar decisiones, asumir o rechazar iniciativas y marcar fechas, objetivos propios o de partido y los tiempos de todos.

Hay, no obstante, algo que, al margen situaciones personales, aparece en lontananza mezclada con sensaciones distintas de congoja, esperanza o desaliento. Es la situación real del país, con la necesidad de seguir para adelante y la circunstancia, probable, que el Presidente Rajoy, tras los resultados de las urnas y el sentir del electorado y su propio partido decida, o no, seguir en la primera línea de la política de siempre o apartarse de ella.

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