Iglesias y pórticos

Por
— P U B L I C I D A D —

Digamos que quizá en la cultura de nuestros antepasados Dios y el ser humano eran vecinos en buena armonía, él en sus templos y ellos en sus pórticos, y que el concepto de anteiglesia tiene algo que ver con esa filosofía de buena vecindad entre el cielo y la tierra, el polvo y las estrellas de lo alto.

Solo que en estos tiempos las relaciones de buena vecindad se han torcido un poco. Historias recientes del Duranguesado nos hablan de santos colgados del cuello en el pórtico del Salvador de Gerediaga, de letreros ofensivos contra la religión en las puertas de las parroquias, de pórticos cerrados al público con gruesos barrotes, esos pórticos que estaban pensados para acoger al vecindario por el día y a los sin techo por la noche y ahora no sirven para nada, más que para subrayar el alejamiento de la iglesia y de la gente.

O bien un párroco se lamentaba en Durango de que los juegos de los niños y el ruido de la música entorpecía los actos religiosos que se celebraban en la iglesia de Andra Mari…

¡Qué lejos queda el espíritu que inspira hoy el botafumeiro de Santiago de Compostela, pensado para purificar el recinto de la catedral del olor de los peregrinos sudorosos que llenaban el recinto día y noche!

O el recuerdo de aquel vecino trabajador de una gran empresa que al pasar de madrugada a su trabajo por la puerta de la iglesia sentía envidia de los sin techo que dormían envueltos en cartones bajo la noche veraniega llena de estrellas y aroma de flores… En aquel mismo pórtico que hoy ha sido cerrado con barrotes para que no entre nadie…

Y uno piensa en aquello que dice el Papa Francisco, que los pastores de la iglesia «deben oler a oveja».

Y en esquelas de defunción que para designar al compañero de la fallecida no dicen «su desconsolado esposo» sino «su compañero», a secas. Eso, «compañero» también sirve como expresión de amor entre un hombre y una mujer.

Algo ha cambiado entre nosotros. Como si la religión, o la iglesia, se hubiesen divorciado del pueblo llano… Algo que no se llama exactamente «laicismo», sino ruptura, desencuentro, indiferencia.

¿Será que tenemos que volver a lo de antes, al nacional-catolicismo, a las procesiones por las calles? ¿O será que los nuevos tiempos reclaman una fórmula nueva de convivencia entre el cielo y la tierra?

Porque es difícil entender a un Dios verdadero si no se le relaciona con el ser humano, especialmente con el ser humano desvalido, desamparado, enfermo, hambriento, refugiado que huye de una guerra…

Y viceversa…

El viajero que llegue por primera vez a Euskadi se dará cuenta, a poco que abra los ojos, de que todos los edificios religiosos llevan adosado a la entrada un pórtico, atrio, soportal amplio que se convierte en lugar de encuentro, de reunión del concejo del lugar del que se trata. Cosa que no suele ocurrir en el resto del Estado, donde las iglesias limitan sin solución de continuidad con la calle. Para los vascos, la religión está muy cerca de la vida y de la sociedad, Dios muy cerca del hombre.

En el mismo Compostela, se optó por convertir el templo en pórtico y refugio de los ciudadanos y peregrinos.

Asimismo, las iglesias han sido durante toda la historia lugares de refugio inaccesibles al poder coercitivo de la sociedad civil. Y también han sido pasto de las llamas de fanatismos de signo aparentemente izquierdista durante la República. Asimismo, durante la época final del franquismo y la Transición democrática, los templos han sido lugar de reuniones no permitidas por el poder civil: de sindicatos como CCOO u otros, de grupos políticos clandestinos. Hasta que un buen día la policía entró en una iglesia de Vitoria y sonaron disparos y hubo muertos…

Lo de Euskadi, esa estrecha relación iglesia-sociedad civil, podría servirnos para reflexionar sobre esa relación todavía no definida del todo entre el cielo y la tierra, el hombre y Dios, lo terrenal y lo trascendente.

Serralaitz
Serralaitz, el seudónimo usado por el autor en atención a su lugar de nacimiento, es un localismo que corresponde al nombre dado en la zona a una sierra riojana: la Sierra de la Hez, un conjunto de montañas en el corazón de La Rioja, entre las comarcas de Rioja Baja y Alto Cidacos-Alhama y Cameros y a una altura superior a los mil metros. Desde esa altura, cuando no hay niebla, las cosas se aprecian de una forma muy especial.
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