En defensa del ladrillo

Por
— P U B L I C I D A D —

El unánimemente maldecido “ladrillo”, tan desacreditado inmerecidamente por la desafortunada política del Gobierno Zapatero, que llevó a España a la ruina que seguimos padeciendo, ha pagado injustamente las tropelías, desatinos y abusos económicos de los que hemos sido víctimas.

¿De dónde ha salido en todos estos años pasados el desarrollo y crecimiento que el ladrillo ha propiciado y que algunos ingenuos se atreven a señalar como causante de sus males, cuando representa todo lo contrario?

El ladrillo no solamente ha hecho florecer una industria puntera, ahora medio hundida o tambaleante; ha impulsado el comercio y la exportación de la producción, conquistando mercados y acrecentando el turismo, gracias al bienestar alcanzado. El ladrillo ha generado un desarrollo económico desconocido para el conjunto de todos los ciudadanos. El ladrillo ha permitido abrir las puertas de la enseñanza media y superior a quienes no podían acceder a ella. El ladrillo ha traído bienestar y riqueza para todos, ha sido por mucho tiempo, y lo será, el gran motor que seguirá impulsando la economía al margen del intrusismo y los oportunistas que nunca faltarán.

Sentada esta premisa en bien del ladrillo, podemos considerarlo desde otro ángulo para ver cómo, de todas formas, sigue siendo imprescindible su continuidad indefinida para generar riqueza. ¿En cuánto se cifra hoy el stock de viviendas disponibles en España, en 700.000 unidades? ¿Y en esta cifra es en la que se justifica la zozobra financiera? En primer lugar, no tiene justificación la descarga de responsabilidades poniendo de pantalla al martirizado ladrillo cuando, por contra, están saltando otras razones de más peso, como las grandes fugas de capital, la corrupción a lo grande y la mala gestión. La misma Bankia-BFA, como ejemplo, se escuda ahora en que el stock de viviendas y de suelo que tiene acumulado se debe a que no hay demanda de salida. Pero salida hay, aunque no sea la apetecida por las entidades que financiaron el ladrillo.

Ocurre, además, que hay activos inmobiliarios valorados por encima, incluso, de los precios del mercado y, sobre todo, de los precios que marcaron en su día los promotores. Y que no se ha hecho lo posible para impedir que la abultada lista de propietarios con dificultades tengan acceso a salidas negociadas mucho más beneficiosas para las partes y la economía nacional en su conjunto.

Pero ¿cómo no se da cuenta nadie de que se pueden absorber esas 700.000 viviendas y muchas más? ¿Cuándo, racionalmente, se van a colmar las necesidades reales de vivienda que para hoy y para el mañana se necesitan? ¿Esa cifra señalada será suficiente para responder a tanta necesidad presente y futura? ¿Qué haremos con los demandantes de vivienda de hoy y futuros, que van a aumentar debido al crecimiento poblacional que nos espera?

Harán falta millones de viviendas para el futuro, de ladrillo o de cemento como ya preconizó Thomas Edison. Y cuanto más pronto se reanude su construcción más pronto resurgirá de nuevo la riqueza y el empleo. Y que no se intente centrar la clave de los males en la promoción de la vivienda, porque la clave merecedora de críticas está en el suelo, en la desindustrialización y en la falta de incentivos. Éstos son los causantes del alto precio de la vivienda.

¿Por qué no se adopta una política de suelo realista y se termina para siempre con los intereses inconfesables que hay en las altas esferas, que deciden contra el bien general de la población y en provecho de los que trazan la línea terminal de la recalificación del suelo urbano que es lo que encarece realmente la vivienda?

Así es como el suelo alcanza un valor disparatado, aun hoy que casi nada se construye por la crisis, que repercute en el precio final de la vivienda; y no, precisamente, para beneficio de su promotor, aunque no falten abusos. Porque el mayor abuso es el del suelo, amparado en políticas interesadas que pueden y deben eliminarse liberando el suelo. Sólo así se logrará un precio más justo y accesible para el conjunto de la población, que tiene derecho a una vivienda digna y suficiente como consta en el Artº 47 de nuestra Constitución. Cuando esto ocurra, veremos de nuevo como se bendecirá al ladrillo por su contribución al desarrollo.

Es notable lo ocurrido desde los tiempos de Aznar en que el ladrillo alcanzó su máximo esplendor como principal motor de la economía; y la pérdida de la capacidad generadora que tenía. Ocurre, además, que no se ha creado industria ni otras fuentes generadoras de riqueza; y hasta hemos perdido la que había.

El grupo de pequeños promotores inmobiliarios y los trabajadores con trabajo y sacrificio hicimos posible el éxito del ladrillo, verdadero motor de la economía española, A cambio, hemos sido masacrados por una realidad de “sálvese quien pueda” que ha llevado a la ruina a muchos.

La economía parece que comienza a reponerse. Puede ser el momento de reivindicar el ladrillo y el trabajo de los que hicimos posible el desarrollo que vino con él. También de restituir el crédito a la profesión, de enderezar quiebras y operaciones fallidas y de reparar perjuicios. Sobre todo, reparar perjuicios.

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