Ellas, las abejas obreras

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Mujeres senegalesas participan en el proyecto de la Gran Muralla Verde. FOTO: PlayGround
Serralaitz
Serralaitz, el seudónimo usado por el autor en atención a su lugar de nacimiento, es un localismo que corresponde al nombre dado en la zona a una sierra riojana: la Sierra de la Hez, un conjunto de montañas en el corazón de La Rioja, entre las comarcas de Rioja Baja y Alto Cidacos-Alhama y Cameros y a una altura superior a los mil metros. Desde esa altura, cuando no hay niebla, las cosas se aprecian de una forma muy especial.

Hemos podido verlas en diarios de este domingo 17 de diciembre, un grupo de mujeres senegalesas sembrando vegetación en la raya que separa el Sahel y el Sahara del África verde, recuperando el terreno perdido por el maltrato a la tierra y la sequía ayer productiva pero hoy estéril, en unión con mujeres de toda esa raya que con ayuda de la ONU luchan por reconquistar el desierto.

Porque se calcula que en diez años 60 millones de africanos de Senegal, Burkina Faso, Gambia, Níger, Chad, Etiopía, Sudán, tendrán que abandonar sus tierras estériles y sin agua para sobrevivir. Y llamarán con sus pateras a las puertas de Europa, y sucumbirán en naufragios desesperados, y serán rescatados y devueltos a la hambruna y la muerte.

Pero allí están ellas en primera línea en guerra contra el desierto. Y lejos de África, en Afganistán y Pakistán, está Malala, la niña premio Nobel de la Paz, y todas las mujeres afganas que prefieren inmolarse y arder antes que someterse a los varones que las tratan y compran y venden como bestias de feria.

Y más cerca, en el puerto de Bilbao, un colectivo feminista de Euskadi que se manifestó contra el envío de armas y explosivos que salen del puerto vasco con destino a Arabia Saudí y a la guerra de este califato o satrapía contra el Yemen, y a otras guerras de Oriente Medio.

Y más lejos, la otra Premio Nobel birmana Sam Suu Kii haciendo frente a la dictadura militar de Myanmar con la sola arma de las urnas y la democracia.

O en otros tiempos Indira Gandhi, heredera del mensaje del Mahatma Gandhi, O en estos tiempos la mismísima Angela Merkel, abogada en Europa de los refugiados que huyen del hambre y de las guerras de Oriente Medio y África. O en otros lugares Dilma Russef, frente a las mafias brasileñas y al lado de los habitantes de las favelas. O la otra Nobel centroamericana Rigoberta Menchu…

O entre nosotros Manuela Carmena recortando la deuda de Madrid, o Ada Colau llamando a la convivencia fraternal de todos los catalanes, los unos/as y “les altres”.

Uno desearía que mujeres así, abejas obreras de la paz y el progreso, de la acogida a los perseguidos y el apoyo a los marginados apareciesen en primera línea en USA, Rusia, China, y en todos los países del mundo,

Porque hay un poema que algunos recuerdan firmado por el poeta francés Louis Aragon que repite machaconamente aquel estribillo: “La femme es l´avenir de l´homme”, la mujer es el futuro del hombre. Del hombre, del medio ambiente, de la lucha contra el cambio climático, de esta lenta y larga agonía de nuestro planeta que, si nos fiamos del presidente Trump está irremediablemente condenado a muerte a un plazo más breve que largo.


FOTO: Mujeres senegalesas participan en el proyecto de la Gran Muralla Verde / PlayGround

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