A la tercera —ronda de consultas del Rey con los portavoces de los doce partidos políticos con representación parlamentaria— tampoco fue la vencida. Los ciento veinte días de la undécima Legislatura sólo han servido para confirmarnos lo que ya sabíamos a las once de la noche del 20 de diciembre pasado, que con esos resultados, este país no lo gobernaba ni la madre que lo parió.
Bueno, para eso y para que los españoles nos demos cuenta, o eso espero, de quién es quién, qué le mueve y cómo se mueve cada uno de los líderes que aspiraban a gobernar, y que posiblemente lo harán de nuevo tras el 26 de junio.
Si tuviera un poco de dignidad y vergüenza torera, Pedro Sanchez debería haber dimitido nada más salir de la Zarzuela. Primero porque fracasó en su intento de investidura en dos votaciones del Congreso. Segundo porque, llevado de su patológica obsesión por ser presidente, ha estado abrazándose con unos, paseándose con otros, reuniéndose en secreto con los de un lado, en público con los del otro, fotografiándose con todos para acabar diciéndole al Rey lo que le dijera Rajoy en la primera ronda de consultas, lo mismo por lo que pidió la dimisión del presidente en funciones.
Rivera ha acabado esta legislatura, al aire del cuarto centenario de la muerte de Cervantes, con aura de Quijotín no loco pero sí ingenuo, cándido y poco avisado, investido —y copio a don Miguel— “luz y espejo de la caballería, y el primero que en nuestra edad y en estos calamitosos tiempos se puso al trabajo y ejercicio de las andantes armas, y al desfacer agravios, socorrer viudas y amparar doncellas” (fin de la cita), y veremos si no termina descalabrado ante la tozuda realidad de los molinos, por confundir el mensaje de sus votantes y arrojarse en brazos del perdedor.
Y Pablo Iglesias se ha mostrado tal cual es: chisgarabís, zascandil (ya en su primera o segunda acepción de la RAE) y culo inquieto, amagando, conspirando y cimentando su propia imagen en la cursi dialéctica de PNN, el hartazgo de demagogia rancia y caduca y el postureo.
Al final, los analistas coinciden en que el que más beneficiado puede haber salido de este desbarajuste político habría sido Rajoy, artístico intérprete de la suerte del Don Tancredo que popularizara, a principios del siglo pasado, el muy mal torero valenciano Tancredo López.
La sabiduría popular dice que si tienes la paciencia de esperar sentado, verás pasar el cadáver de tu enemigo. Rajoy ha tenido esa paciencia desesperante. Ha visto fracasar a Sánchez y retratarse a Rivera e Iglesias. Ahora, de nuevo, el futuro está en nuestras manos, las de los españoles. A ver si hemos aprendido algo.













