Cuento catalán de un novelista español

José Luis Heras Celemín
Por
— P U B L I C I D A D —

Un mal cuento catalán de un buen novelista español. O viceversa doble, porque también fue, y es, una mala novela española de un cuentista catalán notable.

Se contó, y escenificó en el hotel Ritz, junto a una plaza, la Plaza de la Lealtad, que también es nombre, con la participación de personajes varios: del mundo de la política, una buena representación del Grupo Mixto (Larreina, Errekondo, Olaia Fernández, Enbeita Maguregui, Urbina, Jordá i Roura, Joan Tardá…), dos diputados aislados (Telmo Martín, del PP y Sánchez Robles, del PNV), un vicepresidente del Congreso (Jané i Guasch, de CIU), algunos periodistas, y hasta el actor notable Juanjo Puigcorbé, que el hombre, él sabrá por qué, se ha manifestado favorable a la secesión de Cataluña.

El acto, un desayuno de Nueva Economía Fórum, y el orador, Alfred Bosch i Pascual, los presentó Ramón Cotarelo, un profesor septuagenario (De la UNED), escritor prolífico, director de colecciones utópicas (de la editorial Akal) y de Pensamiento Político (en Tirant lo Blanch) y autor de una frase célebre que acapara la atención “Cataluña, además de una cuestión de Estado es una cuestión de psiquiatría”

Al llegar al micrófono, Bosch, que es diputado, historiador, académico y escritor catalán de éxito, empezó el discurso (aún sin trazas de cuento) con una puesta en escena, cuando menos, sugerente: “…Cotarelo es la persona adecuada para presentarme (por lúcido y valiente), …“al llevar sólo 3 años (en política) y parecer todavía un poco virgen despierto más curiosidad”

Después, sin reparar en que la virginidad existe o no existe y que no hay vírgenes parciales, empezó a desgranar lo que, a medida que avanzaba el discurso, se fue convirtiendo en lo que un “corresponsal extranjero”, free lance inglés y avispado lector de los 4 folios que se dieron a prensa, leyó en voz alta como comienzo, “entradilla” y resumen de lo que vendría a continuación: “Porque creemos que es mejor”

“Me preguntan mucho por qué hago lo que hago”, había dicho Bosch, con la mirada puesta en un auditorio que parecía favorable y un punto escéptico. Después, se ocupó de conceptos y sentimientos mayores (actos éticos, justos y necesarios; promesas, fórmulas y pactos, convicciones, humanidad o fidelidad) y trató de vincularlos a cuestiones más tangibles, unas históricas y un punto “fuera de onda”, como la arcaica “revolución neolítica” (hasta el neolítico llegó) que vinculó al hecho, neolítico, de pasar de la dependencia (de las necesidades vitales de entonces: caza y recolección) a la independencia (conseguida domesticando animales y acumulando excedentes) que, según él, en el neolítico despertó un concepto magnifico: La libertad.

Con la libertad a mano, usada como base neolítica romántica, siguió relatando, contando el cuento, con razonamientos (inductivos) envueltos en triquiñuelas y frases varias (“Ser Progresista para nosotros consiste en eso; aunar la libertad y la justicia social para conseguir un mundo mejor”), algunas sin hilazón aunque con un toque erudito (“Ése es el reto republicano que apuntarían Philip Pettit o Maurizio Viroli”, “Ese republicanismo entendido como democratismo social es el que inspira a ERC y que nos guía en nuestras políticas y análisis”), otras fueras de contexto, y hasta de texto (“la salida del atolladero pasa por cambiar substancialmente de modelo productivo” “Tanto sufrimiento nos obliga a reflexionar sobre el futuro, y a virar con decisión para alcanzar una economía y sociedad más vitales y robustas) aquéllas, más prácticas, en relación con hechos concretos (“votar el 9N es bueno para la democracia”, …”Barcelona necesita una Catalunya libre, equipada de estado para tener los recursos que se merece”, “Tenemos capital, pero no tenemos estado”, “insistimos en votar porque creemos, como Thomas Jefferson, que el mundo pertenece a los vivos y que no son los difuntos los que deben decidir”), aquestas, no poéticas peo sí urgentes (“a partir de hoy, con el referéndum de Escocia, las gaitas de la historia llaman a la puerta de la Moncloa. Rajoy debe elegir entre las urnas o la fuerza, entre tratar a Cataluña como Escocia o como el Sáhara; Rajoy debe escoger entre Westminster o un castillo de jerifalte”).

Ya era casi el final, el profesor, historiador y afamado escritor catalán, falto de vaya usted a saber qué, cometió un error propio de los que no dominan el idioma. Las leyes españolas dicen que es obligación saber el idioma nacional. Y Bosch, escritor famoso y parlamentario insigne, demostró, además de otras cosas, que también comete errores, en este caso ortográficos. Coló en el discurso novelado un “jerifalte” que no existe, con la “j” de “juerga lingüística”, para suplantar al gerifalte, con “g”, de gamberrada no erudita.

Hubo alguien que siguió con atención hasta la jota. Después, ya en plan festivo y son el respeto justo, se oyeron, sin inmutarse, las palabras finales: “Ustedes han visto las imágenes de las manifestaciones masivas en Cataluña. Cientos de miles de personas cogiéndose de las manos, un festival de colores a la vez alegre y solemne. Una Cataluña nueva está naciendo; enérgica, creativa, joven, fuerte y delicada a la vez. Les invito a que disfruten de la primavera que florece en Catalunya. Relájense y gocen. Lo más precioso del mundo es ver como se engendra ahí mismo, justo al lado, una criatura tierna y viva. Atrévanse a abrazarla, no muerde, no perjudica la salud. Quiéranla. Es la República Catalana”.

– ¡Qué bien! ¡Lástima de jota!.- dijo alguien.

– Sí, Bosch no anda bien con la jota.- precisó un segundo.

– Es que hoy ha venido a Madrid. La jota, quizá en Zaragoza…

Al terminar, en la calle llovía. No hubo corrillos, pero sí una sensación acorde con el discurso: Un cuento catalán de un novelista español.

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