Censura, que algo queda

Pedro Sánchez
Antonio Imízcoz
Periodista.

Habrá que reconocer a Pedro Sánchez, ya que no otra cosa, su constancia, su empecinamiento, su contumacia siquiera sea en el error. Tal empeño en llegar a La Moncloa, sea por caminos, veredas o atajos, no puede ser sino fruto de un juramento, qué sé yo, a su señora esposa, esa Begoña Gómez ausente en esta nueva edición del asalto del socialista a la púrpura, pero que tantos momentos de gloria nos ofreciera en aquel 2016 en que su marido transitaba a la Presidencia del Gobierno sin mejores mimbres que los que ahora mismo tiene, sin ir más lejos. Si no es por esa promesa y la plausible amenaza de seguir durmiendo en el sofá, la verdad, no se entiende.

Al Secretario General socialista, tras la sentencia del Caso Gürtel, le puso la franela Pablo Iglesias, y él se arrancó solo, con alegría, desde los medios, a ver si de ésta y con el apoyo de Podemos (que ahora mismo apoyaría hasta la beatificación de Franco, con tal de que se olvidara el casoplón de Iglesias y Montero, tras el ridículo referéndum en el que votamos tantas veces) conseguía volver al tálamo conyugal.

Y ahí está, la criatura, en medio del jardín. Porque todo parece indicar que con podemitas o sin ellos, esta vez tampoco. Porque el PNV, que siempre se muestra muy abierto a todo y a dialogar cualquier cosa con cualquiera (siempre que eso favorezca sus nada oscuros intereses), con un ojo hace guiños a Sánchez, y con el otro mira al Senado, donde habrían de aprobarse los Presupuestos en que Rajoy les ha consignado el generoso pago por sus cinco votos.

Porque los nacionalistas catalanes, lo que era CiU y ahora ya ni me acuerdo cómo se llama, pondrían un precio tal a su apoyo que hasta podría hacer que Sánchez tuviera que preferir el sofá-cama antes de quedar hipotecado para el resto de su vida política y personal.

Y porque en Ciudadanos están tan enceguecidos con esas encuestas halagüeñas, que ellos sinceramente confunden con votos contantes y sonantes, que no quieren ver al socialista en la presidencia del Gobierno e intentan, pobres vanos, que Rajoy se haga el harakiri solito y les convoque las elecciones con las que, engañados, sueñan.

En su tozudez, Pedro Sánchez cuenta con una muy amplia probabilidad de estamparse de nuevo. Pero él no ceja (eso era más de Zapatero; lo de la ceja, digo). Le han recortado la hierba bajo los pies, fijando el debate de la moción de censura sin dejarle margen para negociar con unos u otros. Aunque todos sabemos que mucho no tiene que ofrecer si no quiere terminar de enterrar a un partido tan histórico y necesario como el PSOE. Nada, el de “no es no”, don “erre que erre”, se dirige directo al abismo; el suyo o el del partido que cometió el error de rescatarle del ostracismo al que lo habían condenado por su mala cabeza. No aprenden.

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