Ventajas del desorden

Ariane Dayer
Carlos Miranda
Carlos Alonso Miranda y Elío, V conde de Casa Miranda, es un diplomático español Licenciado en Derecho, que fue Embajador de España en el Reino Unido desde julio de 2004 hasta 2008 y Embajador Representante Permanente de España en el Consejo de la Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN) desde julio de 2008 hasta su cese en febrero del 2012.
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Hace unas semanas, Ariane Dayer, directora del semanario dominical suizo “Le Matin Dimanche”, subrayaba en un diario español que la complejidad del sistema federal y multilingüe suizo frena cualquier decisión homogénea para todos sus ciudadanos. Por ello, líderes populistas que se inspiran en Trump o son de su estilo, como Cristoph Blocher, líder del SVP (Partido Popular Suizo), conservador y antieuropeo, no tienen, según Dayer, la capacidad de imponer plenamente sus convicciones en la Confederación Helvética. Una ventaja de esta complejidad que pone coto a las políticas populistas.

Si bien el origen histórico del federalismo suizo y del sistema autonómico español difieren, a los efectos de estas líneas se aceptará la similitud de dos sistemas constitucionales que reconocen las profundas diferencias territoriales, culturales y lingüistas en el seno del conjunto nacional. La Confederación Helvética surgió hace más de 800 años y nuestras Autonomías se originan en la Constitución de 1978 (sin perjuicio de los Estatutos que surgieron brevemente durante la Segunda República). Se puede constatar, evidentemente, una mayor consolidación del primero. El segundo está aún en fase de desarrollo inicial, como estamos comprobando con ocasión de la pandemia de la COVID-19. No obstante, ello no afecta al fondo de la tesis según la cual la complejidad del sistema constituiría una barrera infranqueable para una victoria substancial del populismo como ha ocurrido en otros países y épocas.

Si en Suiza el sistema constitucional permite evitar una victoria determinante del populismo de Blocher, ¿Impediría, asimismo, el español el afianzamiento de un populismo de derechas como el de VOX, aunque obtuvieran, como el SVP en Suiza, un número importante de votos? Si la respuesta fuese afirmativa, seria tranquilizadora frente al populismo de derechas.

Si el sistema constitucional fuese un escudo frente a un populismo de derechas, ¿Lo sería, asimismo, frente a un populismo de izquierdas? Se podría argumentar que la Francia actual, tan centralista para suizos y españoles, a pesar de recientes descentralizaciones, es fruto de una uniformidad impuesta por un “populismo de izquierdas” cuando su Revolución de 1789 que “uniformó” el país con sangre y fuego.

Desde esta perspectiva, la Francia actual podría ser, eventualmente, pasto de un populismo de derechas o de izquierdas (Le Pen/Mélenchon) a causa de esa uniformidad lograda merced a su Revolución. Francia era entonces un país bastante diverso, con leyes, costumbres e, incluso, lenguas dispares. En Francia prevaleció desde entonces la uniformidad frente a la diversidad merced a un sentido del Estado unitario que la monarquía ya transmitía (no sin grandes dificultades) y la brutalidad revolucionaria.

¿Podría darse hoy en día, o en un futuro próximo, esa brutalidad unificadora en sociedades como la suiza o la española? Improbable. Las sociedades centralistas serían, pues, más vulnerables al dominio del populismo, de derechas o de izquierdas. Más que aquellas constitucionalmente disgregadas y desordenadas en sus actuaciones en el espacio nacional, como la suiza y la española. Otro Estado desordenado son los EEUU, argumentará alguno, y allí, el populismo trumpista casi vuelve a imponerse. Pero, no lo hizo y, además, a pesar de sus raíces federales y de sus propias diversidades, es quizás un país más homogéneo que Suiza o España.

El que la complejidad y el desorden sean protectores frente a los populismos es una buena noticia, salvo que Dayer señala que ello reposa, asimismo, sobre la prosperidad de las clases medias. De ahí que no pueda uno acostarse tan tranquilamente, porque la pandemia y sus consecuencias amenazan esa prosperidad y, consecuentemente, la estabilidad política. Recordemos el “It´s the economy, stupid” de la campaña electoral de Bill Clinton de 1992. Hasta el Partido Comunista chino lo sabe desde Deng Xiaoping y bien que lo tiene en cuenta para seguir manteniendo su monopolio político.

¿Quisiéramos en España un partido comunista chino “español”, señor de todas las Españas y, naturalmente, salvajemente capitalista, quizás liderado por Iglesias o, mejor, un clon de Xi Jinping? No parece, como tampoco un partido de extrema derecha hegemónico a cuyo frente estuviese Abascal o alguien hermanado con el húngaro Orban, el polaco Kaczynski o la francesa Le Pen … , ni como otros líderes autoritarios del pasado que dejaron incluso rastros sangrientos.

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