Un nuevo reparto de Europa

Por
— P U B L I C I D A D —

Rusia quiere que los EEUU se marchen de Europa. Es la doctrina Monroe con vodka. “América para los americanos”, en realidad para los EEUU, vino a decir ese Presidente norteamericano en 1823. “Europa para los europeos”, más bien para Rusia, es lo que pretende Moscú desde que los americanos llegaron en la Segunda Guerra Mundial para salvar a Europa de Alemania, como habían ya hecho en 1917, y se quedaron cuando la Guerra Fría para protegerla de Rusia, entonces URSS.

Si no es posible echar a los americanos, Moscú quiere repartirse Europa con Washington. Ya lo hizo cuando Stalin. Derrumbado el Telón de Acero y liberados del yugo ruso, no sólo soviético, los países del Este y los bálticos, Putin intenta que otros países del antiguo Imperio soviético renuncien formalmente a los derechos que el Acta Final de Helsinki y la OSCE les otorga: juntarse o aliarse con quienes quieran.

De hecho, Moscú ya ha conseguido que Ucrania no pueda ser actualmente de la UE ni de la OTAN, ni tampoco Georgia, por ejemplo. Conflictos “congelados” heredados de la URSS los hay abundantes por Europa con Rusia siempre involucrada militarmente. Putin quiere esas renuncias por escrito, en contravención del referido Acta Final, de facto una Constitución paneuroatlántica pactada incluso con la Rusia comunista en 1975 y confirmada con la Carta para la Seguridad Europea de 1999, en la OSCE, entre otros documentos. Los hay que, convenientemente olvidadizos, le siguen sin pudor la corriente al Presidente ruso.

Este empeño de Putin reafirma su inseguridad al frente de un país cuyo PIB no supera al de Italia y cuyas únicas dos fortalezas, además de su enorme superficie, son sus exportaciones de petróleo y gas, así como su poderío militar. Ingredientes de un peligroso y expansivo nacionalismo regional que sustentan su popularidad en Rusia.

Putin no quiere la democratización de Bielorrusia, de Ucrania ni de otros territorios como Transnistria, Moldavia y cualquier antiguo vasallo soviético. Algo esencial para poder controlarlos. Las democracias quieren estar en la UE y protegidas por la OTAN, sin perjuicio de que la Unión deba estructurar su defensa, fortaleciendo asimismo la Alianza Atlántica, para poder ampliar su autonomía estratégica.

Al sur de los Pirineos, no se siente en el cogote el aliento moscovita, pero los países del Este, desde el Báltico al Mar Negro, lo notan, y si alguno tampoco olvida que los alemanes fueron antes nazis, todos recuerdan que los rusos siempre fueron, respecto de ellos, imperialistas. Con los Zares, con los comunistas y con Putin.

Los aliados están dispuestos a reanudar este 12 de enero las reuniones del Consejo OTAN-Rusia, muy congeladas desde que Putin anexionó ilegalmente Crimea, una inolvidable realidad. Sin embargo, Putin quiere ponerse antes de acuerdo con Washington para que los europeos sean meros convidados de piedra. De ahí que las consultas transatlánticas en el seno de la Alianza sean fundamentales, sin perjuicio de que los europeos y la UE puedan asimismo tratar estas cuestiones con Moscú.

Mientras, algunos siguen proclamando que la OTAN debe disolverse o convertirse en otra cosa. El vínculo transatlántico es una realidad política, económica y cultural además de seguridad, del mismo modo que la Autonomía Estratégica europea no es un mero concepto militar. El Atlántico norte es el Mare Nostrum de hoy en día, una realidad inescapable.

EEUU debe priorizar China y el Pacífico, pero sabe que no puede desvincularse de Europa como también lo saben los europeos. Rusia tiene con el Consejo OTAN-Rusia un instrumento para conllevarse pacíficamente con los occidentales y exponer sus preocupaciones para resolverlas dialogando, sin presiones militares y con respeto al Acta Final. Ayudaría, asimismo, que se convirtiese en una democracia verdadera, dejando de ser un régimen autoritario y dictatorial como muestra el reciente cierre de la ONG rusa “Memorial”.

Sería mejor que haber invadido Crimea y amenazar a Ucrania, pretendiendo su enfeudamiento o que no pueda vivir prósperamente. Rusia es un peligro para la paz en Europa y los hechos lo evidencian desde que, entre comunistas nostálgicos y oportunistas, echaron del Kremlin a Gorbachov, un hombre de concordia. Desde ese Golpe de Estado en 1991, que le acabó desposeyendo de la Presidencia de la URSS, produciendo sudores fríos en Occidente, se originó una profunda desconfianza hacia Moscú donde nadie ha sido de fiar porque sólo han querido reconstruir una Rusia imperial con jardín propio en sus fronteras.

Siempre es bueno dialogar. A Putin tampoco le conviene meterse con sus tropas en un barrizal militar en Ucrania y le está saliendo un grano en Kazajistán, grande como seis veces España, entre Rusia y China, y a donde ya envió sus tanques. Le preocupan posibles despliegues aliados, pero no puede ignorar sus propias provocaciones y modernización de sistemas bélicos. Además, si bien China puede ser un aliado, tampoco es un vecino de plena confianza y se está rearmando.

En cuanto a Europa, ¿Quiere acoger en su seno a una Ucrania fuera de la OTAN y garantizar su integridad con solo su propia defensa? Michel, Von der Leyen y Borrell debieran conocer la respuesta.

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