Pequeños Napoleones

Pequeños Napoleones
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— P U B L I C I D A D —

Cuando la Guerra Civil estadounidense, o Guerra de Secesión, a Abraham Lincoln le ponía nervioso uno de sus generales, George McClellan, que mandó unos pocos meses todas las tropas del Norte, las de la Unión, desde noviembre de 1861 hasta marzo de 1862. Le acusaba, dice Gore Vidal en su libro “Lincoln”, de arrastrar los pies para entrar en combate contra las tropas del Sur, las Confederadas.

McClellan tenía apego a una regla de oro de entonces que requería, para iniciar con buenas perspectivas una batalla de esas de la época, con infantería cargando con sus bayonetas después de una fase de intercambio de toda clase de proyectiles, tener al menos una superioridad de 3 a 1 para atacar. Lincoln se impacientaba con su “timidez” combativa y le preguntaba con frecuencia, irónicamente, si pensaba atacar alguna vez …

Sin querer poner en duda la grandeza y la capacidad política de Lincoln, al que los EEUU deben su unidad, esta impaciencia suya revela también que la interferencia de los políticos en cuestiones que otra gente domina mejor técnicamente, sean materias militares u otras, puede no ser siempre positiva. McClellan acabó perdiendo la confianza política de su Presidente porque sus resultados no eran los que esperaban en la Casa Blanca.

A McClellan, que no era muy alto, le gustaba introducir su mano derecha en el interior de su guerrera, a la altura del hígado, tras desabrochar algún que otro botón, una actitud que recordaba a Napoleón Bonaparte, que hacía lo mismo en el chaleco de su uniforme. Por ello, uno de los apodos que se ganó este general americano fue el de “Little Napoleon”.

La verdad es que pequeños Bonapartes crecen en todas partes y todas las actividades humanas. Gente que le gusta mandar, aunque sólo sean cabezas de ratón. El poder de decidir es un atractivo muy humano y hasta necesario para su supervivencia. Decidir quién entra en una discoteca, cuando pasa o no pasa un coche, llevar el volante de ese coche o la caña de una embarcación. “Ahora mando yo”, decía en la calle una niña de unos ocho años tirando de la correa del perro que su padre le había confiado para entrar en una tienda. Ser el amo, incluso en una pequeña parcela, “mola” a la mayoría y eso se nota mucho en política.

El proceso de elección puede ser democrático, pero las decisiones posteriores son ya más personales, individuales del electo. No dejan por ello de ser democráticas ya que pertenecen a las competencias del ungido con los votos. Otra cosa es que esas decisiones tengan calidad.

Lo podemos ver en el reciente acuerdo entre el PSOE y el PP para seleccionar a cuatro nuevos miembros del Tribunal Constitucional. Hemos de felicitarnos porque anhelábamos que los dos partidos mayoritarios en las Cortes acordaran suplir las cuatro vacantes existentes. Ambos partidos tenían juntos la mayoría cualificada en el Parlamento para aprobar su decisión democráticamente y se pusieron de acuerdo para ello, proponiendo cada cual dos candidatos.

Las críticas no se hicieron esperar. Los partidos no involucrados en la decisión se molestaron, pero no deja ello de sorprender porque el procedimiento fue constitucionalmente impecable y, siguiendo la condición de una mayoría cualificada, se respetó el espíritu de que tuvieran que ponerse de acuerdo suficientes representantes de la izquierda y de la derecha.

Sin embargo, otra crítica acerca de la trayectoria de los jueces elegidos parece más legítima. Si bien no invalida el procedimiento, plenamente constitucional y democrático, pone el dedo en una llaga, la del partidismo. Estos jueces seleccionados tienen trayectorias relacionadas con los partidos que les han escogido y lo mismo ocurre en otros casos.

No invalida ello su competencia profesional ni la de juzgar conforme a Derecho, que es lo que esperamos de ellos y que es lo que hacen. Luego es cuando viene la verdadera politización de la justicia, llevando a sus tribunales lo que los políticos no saben o no quieren resolver o mediante afirmaciones, impropias, según las cuales sus fallos son sesgados porque no gustan.

Pero, si bien, al decir que son “jueces politizados”, no se llega abiertamente a la acusación de que ello nubla sus fallos, y no parece que así sea, hay que comprobar que hay dos alarmas encendidas. Una para señalar que el procedimiento para escogerles debiera mejorarse. Probablemente con reglas de selección de candidatos que eliminen a los más comprometidos políticamente. Hasta podría utilizarse el sorteo siempre que tengan suficiente experiencia y ciertas especializaciones. ¿Por qué no? Es un método tan democrático como otros.

Tenemos un sistema constitucional con tres Poderes independientes que, no obstante, se interrelacionan. Los electores eligen al Parlamento y éste determina el Ejecutivo. Unos procesos políticos. ¿Quiénes deben elegir ciertos órganos judiciales y el Poder Judicial? ¿Los electores? ¿El Parlamento? ¿El Gobierno? ¿Los propios jueces? ¿Debe ser un proceso político o alejado de los políticos? ¿Cómo se garantiza mejor su crucial independencia?

La otra señal de alarma indica que nuestra democracia está secuestrada por los partidos. Pequeños Napoleones han sido escogidos para mantener orden, disciplina y coherencia en las actuaciones políticas y en las votaciones parlamentarias. Lo que ocurre es que, en la práctica, nuestros parlamentarios son, esencialmente, peones en manos de sus partidos que les seleccionan y les premian o castigan por su fidelidad más que por su lealtad, que no es lo mismo.

Una situación mejorable porque lo que está en juego es la propia independencia de criterio del representante popular. Dicho de otro modo, una vez conseguido un número determinado de escaños, parece que es el partido el que se apropia de ellos y decide su empleo a través de sus pequeños o grandes Bonapartes, pudiendo acabar el parlamentario respondiendo más a su organización política que a sus electores.

Ello es consecuencia del sistema de elección proporcional en circunscripciones amplias mediante listas cerradas como es el nuestro. Hay otras fórmulas que confieren al parlamentario más independencia y cercanía a sus electores. Una es la anglosajona de elegir en una circunscripción uninominal, más reducida, solo al candidato más votado. Otra es la francesa de, asimismo, un sólo parlamentario por circunscripción, pero elegido a dos vueltas si ninguno obtiene en la primera el 50% más uno de los votos, sistema que, además, da más participación al elector en eventuales pactos entre partidos entre vuelta y vuelta. También se puede uno fijar en el sistema alemán que combina listas nacionales con circunscripciones unipersonales.

Soluciones hay. Estas y otras. Lo que no hay es voluntad política de mejorar nuestras normas electorales con fórmulas que acerquen los elegidos a los electores y el reparto de las circunscripciones a su realidad sociológica, reduciendo, consecuentemente, el imperio desmedido de los Napoleones que van más a lo suyo que a lo colectivo. Demasiadas veces parecen jugar solo al juego de tocar o hundir los barcos del adversario. Decía Churchill que la democracia, la liberal que tenemos en los países occidentales, es la menos mala de todas las formas de gobernabilidad, pero ello no impide perfeccionarla.

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