Marcando fronteras

Marcando fronteras
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— P U B L I C I D A D —

Durante la Guerra Fría se marcaron unas fronteras ideológicas. A un lado, unos Estados con partidos únicos y una economía dirigida. Al otro, libertades y economía de mercado. Aquellos que no eran occidentales ni del campo adverso se encontraron muchas veces emparedados. Unos se inclinaron, o fueron inclinados, a un lado o al otro. Otros consiguieron mantenerse en el medio.

El proyecto económico dirigista fracasó y se llevó por delante a la URSS. Hoy en día una economía que no sea de mercado no es concebible. Incluso, países comunistas como China, sin libertades, con partido único y dictatorial, no cuestionan al gato que mejor caza ratones porque es el más eficaz. Otra cosa es que precise correcciones en aras a su propia conducción y a la justicia social. Cuestiones importantes, pero que no justifican nacionalizar la economía.

Durante esa Guerra Fría el mundo musulmán se encontró en la disyuntiva político-económica de elegir entre el Este y el Oeste además de la oportunidad de desembarazarse de los lazos coloniales. Decantarse en el Tercer Mundo por Moscú o Washington no dio siempre resultados satisfactorios. Estar con el uno o con el otro no desarrolló verdaderamente sus países, poniéndolos a la altura de los más ricos. De ahí, a veces, la búsqueda de “terceras vías”.

En el mundo musulmán, esa tercera vía está entroncada con sus creencias religiosas. La Ilustración, y las revoluciones posteriores, liberadoras de la sujeción del cristianismo, católico, ortodoxo o protestante, no se han dado en las sociedades musulmanas, o apenas. Además, su religión fue muchas veces refugio silencioso y clandestino para los que se oponían al colonialismo y favorecían la independencia.

Ni comunistas, ni capitalistas: musulmanes. Así, se sale del dilema entre la eficacia económica de la economía de mercado o el control del dirigismo político-económico para derivar hacia una cuestión cultural con preponderancia religiosa. Si de lo que se trata es de sustituir los valores islámicos por los occidentales o por los del comunismo, una sociedad musulmana se resistirá. Se adaptará en parte, en lo que no considere esencial, pero, respecto a sus propias creencias religiosas, repelerá lo que a otros parece la modernidad y con más motivo si ello intenta imponerse “manu militari”.

Afganistán es sintomático. Los valores comunistas aportados por Moscú fueron rechazados en su momento y los occidentales, ahora. Además, junto a las convicciones religiosas adaptadas a una cultura propia se junta la noción del patriotismo. Lo patriótico es resistir lo extranjero y exaltar lo propio. Eso fue lo que ocurrió en nuestra “Guerra de Independencia”, en la que los franceses, que traían la modernidad de su Revolución con el apoyo de las bayonetas, fueron combatidos por los españoles patriotas.

A los occidentales, tras la salida de Kabul, no les queda otro remedio que tomar nota de esa frontera cultural. Ya no más “nation building” ha dicho el Presidente Biden. Lo “nuestro”, nuestros valores, no se pueden imponer. Pero, asimismo, hay otra lección que debieran de aprender del otro lado. Tampoco es aceptable que ningún país se convierta en santuario de terroristas ni que cobije a quienes desean destruir o, al menos, dañar al mundo occidental. Este último seguirá considerándose legitimado para reaccionar.

Por ello, en ciertos países, como ahora Afganistán, tendrían que tomar nota de que determinadas prácticas disruptivas en los países occidentales ni son aceptables ni serán ignoradas. Salen escaldados los occidentales de ese país, pero los propios talibanes han sufrido 20 años duros para ellos.

La Unión Europea tiene ahora una oportunidad. Es occidental, pero con capacidad de interlocución y de cooperación al desarrollo sin la prepotencia que confiere a cualquier superpoder, como los EEUU, su cuerpo musculoso. Porque también son musculosos en esa zona China y Rusia, dos colosos que recelan del radicalismo talibán en sus propios países. Lo sabe, también, Pakistán, país clave, y potencia nuclear en esta zona.

El final de la aventura afgana ha hecho sentir a la UE la necesidad de disponer de Fuerzas Armadas propias. Hace bien, pues, la UE en intentar incrementar su capacidad militar, pero no será para sustituir a los EEUU en el mundo, sino para sortear situaciones concretas. Una Defensa Europea es algo aún lejano, que no puede establecerse al margen de la Relación Transatlántica, clave de bóveda actual del mundo occidental en materia de seguridad. Una Defensa Europea que deberá afrontar la cuestión de su propia disuasión nuclear, basada, eventualmente, en la de Francia que ya lo consulta con algunos de sus socios europeos, entre ellos España. No estaría mal, pues, que el Gobierno de la Nación informara de ello.

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