Una sociedad al borde del colapso

Una sociedad al borde del colapso
Jesús de Dios Rodríguez
Por
— P U B L I C I D A D —

«Aprender a ver es acostumbrar los ojos a mirar con calma y con paciencia, a dejar que las cosas se acerquen a nosotros; aprender a no formular juicios precipitadamente, a dar vueltas en torno a cada caso concreto hasta llegar a abarcarlo. Lo primero que hay que aprender para alcanzar la intelectualidad es a no responder inmediatamente a un estímulo, sino a controlar los instintos que ponen trabas, que nos aíslan. Aprender a ver, tal y como yo lo entiendo, equivale prácticamente a lo que el lenguaje no filosófico llama voluntad firme, cuyo aspecto esencial es poder negarse a «querer», poder aplazar la decisión. Todo lo no espiritual, todo lo vulgar radica en la incapacidad de oponer resistencia a un estímulo, en el tener que reaccionar, en seguir todo impulso.»

Friedrich Nietzsche (El ocaso de los ídolos)

En la sociedad actual, cada vez más personas padecen trastornos mentales como la depresión, la ansiedad, el narcisismo o el trastorno límite de la personalidad. En su obra La sociedad del cansancio (2010), el filósofo ByungChul Han analiza este fenómeno y plantea que refleja un cambio fundamental en la estructura social. Durante el siglo XX, las principales amenazas para la salud y el bienestar de las sociedades eran de origen externo, como enfermedades infecciosas causadas por virus y bacterias, así como otros riesgos provenientes del entorno. En este período, los sistemas sanitarios, las políticas públicas y los mecanismos de protección colectiva se diseñaban en función de la lucha contra agentes patógenos que afectaban a la población desde fuera, lo que generaba un modelo de confrontación clara entre el individuo y el peligro externo.

Sin embargo, con el cambio de siglo, se ha producido una transformación fundamental en la percepción de las amenazas, desplazando el foco desde lo externo hacia lo interno. En la sociedad contemporánea, el principal desafío no radica en la existencia de agentes patógenos ajenos al individuo, sino en la propia configuración psicológica del sujeto. Trastornos como la ansiedad, la depresión y el agotamiento emocional han emergido como condiciones predominantes, reflejando un nuevo paradigma en el que el ser humano se enfrenta a sí mismo como fuente de malestar.

Esta transición está estrechamente vinculada a la evolución del modelo socioeconómico. Mientras que en el pasado predominaban sociedades disciplinarias, caracterizadas por la imposición de normas externas que regulaban la producción y el comportamiento, en el siglo XXI ha surgido un modelo basado en el rendimiento. En este esquema, la presión para alcanzar el éxito y la autoexigencia constante han sustituido la opresión externa por una dinámica interna de autoexplotación, donde el individuo busca superarse continuamente sin reconocer los límites de su propia capacidad.

Así, la enfermedad contemporánea no surge de una agresión externa contra el sujeto, sino de la excesiva positividad que este impone sobre sí mismo. La necesidad de optimización permanente ha generado un estado de agotamiento crónico, convirtiendo la autocompetencia en el nuevo mecanismo de control social. En este contexto, comprender el impacto de este cambio de paradigma es esencial para desarrollar estrategias que permitan recuperar un equilibrio saludable en la vida individual y colectiva.

En la actualidad, el sufrimiento no es causado por factores externos, sino que nace dentro del propio individuo. Las afecciones no provienen de una opresión ajena, sino de la presión interna que la persona se impone a través de la autoexigencia y la búsqueda constante de mejora personal.

En la actualidad, el origen del sufrimiento y las enfermedades ya no reside en factores externos como pandemias o sistemas opresivos, sino que nace en el propio individuo. La presión psicológica que cada persona ejerce sobre sí misma se ha convertido en la principal causa de malestar, debido a la necesidad de cumplir con exigencias mínimas para subsistir y, además, a la obsesión por superar sus propios límites y mejorar continuamente.

A diferencia de épocas anteriores, en las que el peligro se identificaba en fuerzas externas como enfermedades o sistemas opresivos, hoy es el propio sujeto quien genera su carga emocional. Se ha interiorizado la idea de que hay que ser siempre productivo, exitoso y capaz de alcanzar el máximo rendimiento en todas las facetas de la vida. Este modelo de pensamiento, basado en la positividad extrema, lleva a la autoexplotación y al agotamiento, haciendo que la persona no reconozca sus propios límites y se someta a una presión constante para demostrar su valía.

En lugar de ser víctimas de amenazas impuestas por el entorno, los individuos hoy en día son sus propios jueces y verdugos. La necesidad de destacar, de ser siempre mejores, de cumplir expectativas cada vez más exigentes, convierte la vida en una lucha permanente contra sí mismos. Este fenómeno explica el auge de problemas como la ansiedad, el estrés y la depresión, ya que el individuo se enfrenta a una competencia sin tregua, marcada por su propio afán de superación. Por ello, es fundamental reflexionar sobre la importancia del equilibrio y el bienestar personal, reconociendo la necesidad de límites para evitar caer en una dinámica de autodesgaste continuo.

Michel Foucault describía las sociedades del pasado como disciplinarias, caracterizadas por el control y la obediencia impuestos desde el exterior. En este modelo, la producción y el funcionamiento social dependían de la represión y el deber, ejercidos por fuerzas ajenas al individuo. La persona no trabajaba por voluntad propia, sino porque estaba sometida a una presión externa que regulaba su comportamiento.

Esta estructura generaba una separación clara entre el sujeto y su opresor, que podía ser el sistema, las instituciones o las figuras de autoridad. Ejemplos de este mecanismo eran cárceles y manicomios, donde el control se aplicaba de manera directa sobre los individuos considerados desviados. En estos espacios, la opresión provenía de un agente externo que dictaba normas y límites, obligando a los sujetos a ajustarse a un modelo impuesto sin margen para la autonomía. En la sociedad contemporánea, la lógica del rendimiento ha trascendido el ámbito laboral y se ha extendido a todas las dimensiones de la vida. Ya no se limita únicamente a la productividad en el trabajo, sino que afecta las relaciones personales, el desarrollo emocional, la imagen social y la percepción del éxito individual.

Hoy en día, el individuo no necesita una autoridad externa que lo obligue a producir; es él mismo quien se impone la exigencia de mejorar continuamente en cada aspecto de su existencia. La presión que antes provenía de mecanismos disciplinarios externos ha sido reemplazada por una autoexigencia constante, en la que el sujeto busca reafirmarse a través de su capacidad de ser más eficiente, exitoso y competitivo.

Este modelo elimina la represión tradicional basada en el castigo o la imposición forzada y la sustituye por una positividad extrema, en la que el sujeto no se siente oprimido, sino motivado a superarse. Sin embargo, este esquema también conlleva riesgos: al internalizar la obligación de optimización, el individuo se enfrenta a una presión incesante que puede derivar en agotamiento, ansiedad y un sentimiento de insuficiencia permanente. La afirmación constante de la identidad se convierte en una carrera sin fin por alcanzar estándares cada vez más elevados, lo que refuerza la idea de que siempre hay que ser más y mejor para mantener la validez social y personal.

En la actualidad, se considera un avance en la organización del trabajo y una forma de humanización en las relaciones laborales lo que, en realidad, representa una profundización de la misma opresión de siempre, aunque ahora no se perciba como una imposición externa, sino como una autoexigencia interna.

Las nuevas empresas, especialmente aquellas que buscan proyectar una imagen moderna y cercana, han adoptado estrategias para fomentar el compromiso activo de sus empleados. En lugar de una relación laboral tradicional basada en la jerarquía y la disciplina, se les motiva y promociona constantemente, se les ofrece incentivos emocionales y se les «empodera» para que se identifiquen con la empresa como si fuera propia. Se les invita a innovar, a ser creativos y a sentir que su trabajo es parte esencial de un proyecto común.

Sin embargo, esta aparente mejora en el entorno laboral no cambia la realidad de que, muchas veces, estas dinámicas se traducen en una mayor explotación. El trabajador, aunque recibe un salario bajo, siente que pertenece a una comunidad y deja de ver al jefe o al empresario como una figura opresiva. En lugar de percibir la estructura económica como una imposición externa, el empleado se autoexige cada vez más, trabajando con entusiasmo y entregándose completamente a la empresa sin cuestionar su posición dentro de ella.

 En este contexto, el mecanismo de control ha cambiado: ya no es necesario que exista una fuerza represiva evidente porque el trabajador ha interiorizado la lógica del sistema y se convierte en su propio impulsor. Lo que antes era una opresión claramente identificable, ahora se ha transformado en una autoexplotación voluntaria, donde el individuo no necesita ser vigilado ni forzado, porque él mismo se impulsa a rendir más y mejor en beneficio del sistema. De este modo, el nuevo modelo laboral ha logrado que el trabajador incorpore en su propia mentalidad la disciplina que antes se le imponía desde afuera, haciendo que el dominio del empleador se mantenga sin necesidad de una coerción explícita.

Resulta concluyente observar como en la actualidad esta maniobra se ha transformado en un objetivo en sí misma; sin embargo, esa urgencia por actuar con determinación termina perdiendo sentido. Las grandes urbes parecen vastos manicomios donde todos se desplazan para cambiar de posición, pero en realidad no avanzan hacia ninguna parte.

 Solo queda ya preguntarse ¿estamos rendidos ya? ¿hemos agotado las posibilidades de la historia y solo nos queda declinar hasta desaparecer?

DEJA UNA RESPUESTA

Por favor ingrese su comentario!
Por favor ingrese su nombre aquí