Más tontos

FOTO: Sam Moqadam / Unsplash
Antonio Imízcoz
Periodista.
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Al final tendrá razón el arquitecto Oscar Tusquets, ejemplo de artista integral e ilustrado tanto en sus obras como en sus libros, cuando con motivo de la presentación de su último ensayo, “Envejecer es un coñazo”, desconfiaba de los efectos que esta pandemia, pero también su gestión por parte de los responsables, irresponsables más bien, en cuestiones sanitarias, económicas y políticas, sobre nuestra sociedad al día siguiente de su superación, sea eso el día que sea: vamos a salir más tontos.

Lo podemos constatar, todos, a nuestro alrededor, sin necesidad de mayores datos y mejores análisis que la simple observación de nuestro entorno, desde la familia más cercana, nuestros amigos, nuestros compañeros de trabajo o las personas con quienes nos podemos aún relacionar, desde el vecino del tercero hasta la cajera del supermercado; se está dividiendo nuestra sociedad en dos tipos de comportamientos: los timoratos y los soberbios.

Esa persona cercana a usted que se molesta porque hay terrazas que bullen de personal, que asiente cuando los telediarios dedican minutos, adjetivos e imágenes a  botellones, actuaciones policial es contra fiesta, y abundan en el mantra contemporáneo de “sin mascarillas ni distancia de seguridad”, que parece que no hay mayores razones en este mundo, y acaban con actitudes asociales y pánico a la relaciones colectivas, son los timoratos que se han infectado de ese otro virus, quizás más peligroso, que ha difundido con plena consciencia el Gobierno y sus servidores mediáticos: el miedo.

Llevamos un año ya cultivando la cultura del miedo, utilizando la innegable gravedad de la pandemia para tener a la peña acojonada con lujo de confinamientos, cierres perimetrales, rastreadores, mascarillas que un día son obligatorias hasta en la inmensa soledad del desierto, y al día siguiente ya no tanto, y vacunas que ahora se pueden poner a unos, mañana a algunos más y al final a nadie, por si los trombos. Y el miedo, que es libre, ha terminado anidando en amplios sectores de la población, que han terminado convirtiéndose en delatores de presuntos irresponsables, “viejas del visillo” contra la anormalidad impuesta y policías de balcón que apuntan a quienes pretenden seguir viviendo con la normalidad que las circunstancias permiten.

Y luego están los otros, los soberbios, los que parece que esto no va con ellos y desafían no solo normativas que, posiblemente, sean en ocasiones exageradas, injustificadas e improvisadas por quienes prefieren unos ciudadanos acojonados, silenciosos y obedientes, sino las más elementales prudencias, las que no dictan los políticos sino el sentido común ante la realidad que vivimos. Son los que mutan en negacionistas, los que desconfían sistemáticamente de cualquier opinión por autorizada que sea, los que deciden ponerse el mundo por montera y hacer de su salud -y la de los que les rodean- un sayo a su medida.

Y con estos mimbres, está claro, no van a salir de este horror ciudadanos más comprometidos con la convivencia, la solidaridad, la responsabilidad y la libertad. No solo seremos menos -más de cien mil menos, solo en España- y más pobres, con cuatrocientos mil parados más, sin contar los que están en ERTE, los autónomos o no se cuentan en las cifras oficiales porque están haciendo algún curso de formación. Seremos más egoístas, más individualistas, más borregos, más permeables al autoritarismo y al recorte de nuestros derechos: más tontos, sí, mucho más tontos.


FOTO: Sam Moqadam / Unsplash

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