Como chinos

Antonio Imízcoz
Periodista.

El acervo popular español está lleno de referencias a los chinos, cosa extraña porque, hasta hace prácticamente treinta años, pocos veíamos por estos lares, hasta que empezaron a llegar como turistas y se quedaron con sus todo a cien. Pero tenemos frases como “engañar como a un chino”, “caer como chinos”, “sonar (algo) a chino”…

De la primera dicen que nace cuando los británicos comenzaron a esclavizar orientales para llevarlos a Perú, con falsas promesas, para hacerlos trabajar en la extracción de guano. Una mierda de trabajo, la verdad.

Pero anida también en nuestro imaginario común la expresión contraria: “engañar como un chino”. Y viene de la afición de esta etnia a las imitaciones de marcas, las falsificaciones de productos de lujo y su venta en los todo a cien, mismamente. Vamos, que tenemos tirando a poca confianza en la calidad, autenticidad y duración de los productos que provienen del gigante oriental.

Pues imagínense ahora, que lo que nos mandan es un virus que, por encima de una mortandad que tampoco dista mucho de la de una gripe común, aterra por la facilidad de su contagio. Por eso, y porque es chino.

Y porque tenemos la sensación de que los chinos mienten más que pestañean. Como para fiarte de unos tipos que hablan sobre una enfermedad que parece haberse generado zampándose unos murciélagos (que eso, la verdad, solo se les ocurre a los chinos).

Máxime cuando, por un lado, van cambiando a conveniencia el sistema de contabilización de afectados; que al principio era si tenían fiebre; pero luego, no, que era si se ponían en las de morir o cascaban. Y te dicen que, además, hay uno que contagia a veintiséis, cuando lo normal es que se conformase con pringar a cuatro o cinco.

Y te enteras, luego, que al honrado médico que avisó ¡en noviembre! De que algunos de sus alumnos estaban malitos, lo trincan, lo meten en la cárcel y lo acusan de traición y ataque al sistema, hasta que enferma y se muere.

Total que, a estas alturas, el corona virus famoso se pasea por el mundo, infectando a diestro y siniestro y matando al personal. No mucho, pero sí con una dispersión geográfica que consigue que el personal se preocupe.

Y acaba matando, ya van cinco, en Italia, mediante el prodigioso método de infectar a todos los que acudieron a un hospital mientras los galenos ni se enteraban de la amenaza.

Llegará a España, claro. Cuestión de globalidad. Pero de momento, aquí solo ha matado a la Mobile World Congress, que yo creo que se suicidó, más bien, no precisamente por el virus sino por otras cuestiones a las que no son ajenos ni Cataluña ni Huawei.

Así que ya me imagino que nuestras farmacias estarán haciendo acopio de mascarillas y geles desinfectantes. Ayer, mientras tanto, el restaurante chino donde comí (magníficamente, por cierto) estaba petao de españoles. A lo mejor para ver si había suerte y se podían coger una cuarentena.

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