
Ignacio Goitia tiene un templo neoclásico en la Plaza de las Salesas, 3, de Madrid. Es la sensación que se tiene al entrar a este local; comercial como cualquier otro, pero donde el dinero —el vital metal que necesitamos para vivir— pierde toda su importancia. Nada más traspasar el umbral, uno cree estar en el cielo. En esa gloria a la que los amantes de Grecia y Roma aspiramos a ir, tan pronto hayamos abandonado este prosaico mundo y nuestro espíritu se libere de la carne, para apetito de los gusanos o de las llamas de la incineración.
Te recibe todo un dandy, ataviado con una prenda de su cosecha pictórica y nacido en Bilbao en 1968. El calificativo rinde homenaje a la persona del artista, si se tiene en cuenta la definición que del anglicismo que hace la RAE: “hombre que se distingue por su extremada elegancia”. Yo, con permiso de los académicos, le quitaría eso de “extremada”, porque no lo es. Don Ignacio Goitia rezuma no sólo elegancia en el vestir, sino en el empaque personal: la forma de mirarte, estrecharte la mano y darte la bienvenida con una voz de caballero español de toda la vida. No es de extrañar que las damas pululen a su alrededor, rivalizando por una foto con Ignacio y, no digamos, darle los dos reglamentarios besos.



Toda la obra plástica de Goitia —mayoritariamente en acrílico sobre tela, pero sin desmerecer otras técnicas— quiso retratarse en la extensa colección de foulards que presentó el pasado 25 de abril. Pañuelos que al principio parecen piezas únicas, juzgar por la calidad que presentan a primera vista, pero que pertenecen a series no muy numerosas. Ejemplares fabricados en Italia, y no como es de suponer en estos días en China, Bangladesh o Turquía. Prueba de la sensibilidad de Goitia, quien prefirió la tierra de tantas cosas buenas como es la Ausonia de épocas preclásicas, para plasmar lo ya plasmado originalmente en otro tipo de soportes. La seda de los foulards del artista vizcaíno te trasporta a tiempos mejores; por supuesto hipotéticos.













