Educación para la ciudadanía

Abel Cádiz
ABEL CÁDIZ RUIZ es el presidente de la Fundación Emprendedores y autor de "La historia del poder". En el pasado asumió un compromiso con la transición política, al lado de Adolfo Suárez. Fue miembro del Consejo Nacional de la UCD y Presidente en Madrid. Tras ser diputado por la Comunidad de Madrid abandonó la política para dedicarse profesionalmente a la docencia y a la actividad empresarial.

Sí, sí, ya sabemos que aunque algunos creadores de opinión decidieran presentar a los empleadores como gente que crea riqueza, personas emprendedoras y beneficiosas para la Sociedad porque consideraran verdadero tal principio, el tiempo necesario para que se asimilara esta idea, en una gran parte de la ciudadanía, sería largo.

—¿Cuánto se tarda, entonces, en hacer que arraigue una idea verdadera?
—Dos, tres años y eso si se anda muy deprisa.
—¿Y cuanto se tarda en lograr que arraigue una idea falsa?
—Una o dos semanas y eso si se anda muy despacio…

Pues bien, hace ya mucho tiempo se protestó por la penosa imagen que transmiten los textos que se imparten a estudiantes de “Educación para la ciudadanía” acentuando la perversión explotadora del empresario. Se trata de una asignatura muy querida de los gobiernos de ZP y que cuestionó la oposición, no tanto por discutir esa materia, cuyo título es sugerente y necesario, sino porque la acusaban de la motivación ideológica de un Presidente cuya tesis y praxis es que “te sorprenderías, Sonsoles, de cuantos españoles, podrían ser Presidentes de gobierno”. Era la época en que cualquier ocurrencia del presidente podrá ser prioritaria, antes que aceptar la hondura y complejidad de la crisis que se estaba fraguando y, en consonancia con esa línea de pensamiento para que iba preocuparse en ser selectivo al nombrar a algunos componentes de su equipo si se desentiende de la preparación, méritos o experiencia incluso para acceder a su propio cargo.

Y más aún para que preocuparse por el hecho de que haya libros de texto, a través de los cuales los estudiantes han de conformar su visión de la sociedad, que digan literalmente: “para evitar los abusos de los empresarios se necesita que los obreros adquieran conciencia de clase, que comprendan que sólo recuperaran su dignidad como personas cuando acaben con el capitalismo como estructura social opresora”. Es la enésima denuncia de los despropósitos cuando esto se piensa de los empleadores en un país con 5 millones de parados y la tasa más alta de paro juvenil. No menos increíble resulta el desparpajo y la suficiencia con que muchos intelectuales, sin aportar un solo ejemplo esperanzador de una sociedad con equidad y calidad de vida para las capas más amplias de sus ciudadanos, sigan fustigando el modelo de economía libre, cuya fórmula para bien y para mal es la que se da en el capitalismo occidental. No importa que el socialismo real del siglo pasado ofreciera un cuadro social, al desmoronarse el Muro de Berlín, que produjo estupor y rechazo. Ni siquiera que el “hombre nuevo” que debía salir de ochenta años de un adoctrinamiento que bebía en las fuentes de Marx, Lenin o Mao, haya dado lugar a lo que vemos allí donde la cultura creada quedaba a salvo de contaminaciones liberales. Y seguimos, no obstante, conviviendo con el desparpajo recurrente como el del colaborador de una publicación en la que se entrevista al autor de éxito Isaac Rosa a propósito de su nueva novela “La mano invisible”. El periodista empieza la entrevista invocando la vieja definición de la izquierda: el trabajo es una forma de explotación. Al contestarle, Isaac Rosa elucubra sobre la idea de que “descontextualizando al trabajador es como vemos el sustrato último de las relaciones laborales en el capitalismo: disciplinamiento, violencia, extrañamiento, deshumanización y absurdo”.

Es decir, que la forma más benéfica de comportarse por cualquier emprendedor motivado a crear un puesto de trabajo, sería contenerse de su insana conducta ¿Por qué contribuir a deshumanizar, violentar y disciplinar a cualquiera de esos jóvenes desesperanzados? Convendría hacerles recordar a nuestros intelectuales progresistas, si es que alguna vez lo supieron, que el liberalismo pervive precisamente porque nunca pretendió crear al hombre nuevo, sino escrutar su conducta y aceptar su naturaleza, pues está escrito por el padre de la doctrina: si encontramos pan en la tienda todos los días no es por la bondad del panadero, sino porque se levanta muchas horas antes a fin de fabricarlo y obtener ganancia de su esfuerzo e iniciativa. El empleador es consciente de que para obtener resultados de su idea o de su inversión requiere sumar el esfuerzo de otros, retribuyéndoselo. Es por ello que crea un puesto de trabajo, asumiendo un riesgo y pretendiendo una ganancia. Así de sencillo. Ideologizar la vida de nuestro siglo con las doctrinas heredadas del pasado no es sino insultar la inteligencia. Lo menos que debería hacer un político que quiera ganarse honestamente un sueldo y una pensión, muy superiores a la media, es respetar al electorado y hacer pedagogía con prudencia en vez de demagogia para ignaros, que los hay y muchos, es cierto, pero también es cierto que tienen instinto para discernir lo esencial. Sobre todo porque en ese juego, incluso lideres inteligentes (y Rubalcaba lo es) caen en la estulticia sin advertirlo y sin que sus colaboradores —enfebrecidos y nerviosos ante una eventual pérdida del chollo— le adviertan de ello. ¿Como puede enfatizar el candidato socialista de forma repetitiva que con el impuesto de patrimonio, que recaudatoriamente es el “chocolate del loro” y además está cedido, va a crear empleo?

Es muy probable que entre las razones que han hecho emerger a Rajoy de su sempiterna baja calificación respecto a otros líderes, la más poderosa sea el que los electores atisban en él una buena dosis de sentido común, que como sabemos es el menos común de los sentidos. Rajoy es el que más se aproxima a una pedagogía respetuosa y cada vez más necesaria. Un ejemplo palmario es que a la gente le cuesta entender las razones de esta crisis tremenda, persistente y que va para largo, porque ha sido estrategia del discurso es hacerlo ininteligible. Lo pedía Eugenio D’ors: eso se entiende demasiado, oscurezcámoslo. Rajoy ha dicho algo tan ostentosamente elemental y sencillo como que no se puede gastar más de lo que uno gana. Nuestros abuelos lo sabían muy bien. El mío, en concreto, llegó un día a casa mostrando cierto desconsuelo. Su frase fue “esto no puede terminar bien”. Y la razón no era otra que en el Café apareció un mozo que pagó su cuenta exhibiendo ostentosamente un billete de cinco mil pesetas.

Despilfarro, ostentación, codicia impune, cinismo… son males que se han ido exacerbando en una época que se está endureciendo para todos. Pero en democracia se delega la responsabilidad de dirigir y la misión de dirigir entraña organizar los recursos, administrarlos debidamente, controlar la ejecución de cuanto se hace y exigir responsabilidad. Esto es lo que hay, incluso para los indignados; no se trata de buscar malvados banqueros y perversos mercados, cuando los responsables nacen de nosotros y son elegidos por nosotros. Por fortuna son sustituibles a pesar de este imperfecto sistema en cuanto surge la oportunidad de votar. Y en eso consiste la democracia: buscar, encontrar y perfeccionar el modelo en tanto encontremos uno mejor.

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