Jauría

Jauría
Antonio Imízcoz
Periodista.

Me da lo mismo quiénes fueran en las furgonetas negras que huían, en Vic, de la manada de salvajes, de la horda de fascistas, que arrojaban sillas, vallas, piedras, botellas, lo que pillaran. Lo mismo me da quién haya puesto la pequeña carpa a la que acuden con su bilis de insultos, de amenazas, de odio, otros tantos jabalíes, tanta hiena, tanto chacal. Porque, a efectos de comportamiento democrático, lo mismo da que los agredidos sean tirios o troyanos; lo definitivo, lo determinante, es que la piara que alimenta la algarada son los que son, piensan lo que piensan y defienden lo que defienden; y lo hacen además con la apatía displicente —cuando no la autorización, connivencia, complicidad, conchabanza y monipodio— de quienes deberían ser los representantes de todos los catalanes.

Porque catalanes son —aunque seguro que encontraríamos también radicales dados al desorden de acá y acullá— el hatajo de animales que están convirtiendo la campaña electoral, tradicionalmente dedicada a la explicación de los programas y propuestas de las agrupaciones políticas que se presentan a los comicios, en una vergüenza no sólo para el resto de los catalanes, tan catalanes al menos como ellos, de todos los españoles y de los europeos que los observan, digo yo, con un tremendo deseo de que consigan su independencia y se incorporen como uno más a la Unión Europea. Con esos mimbres, se iban a hacer un cesto como un serón.

Son catalanes, y son más, y son mejores, los que esta mañana se desayunaban con las encuestas que hablaban de una participación de no más del 55% y se lanzaban a las redes sociales a movilizar el voto constitucionalista, desmotivado por unos resultados poco alentadores para Ciudadanos y el PP. La entrada de VOX en el Parlament no conduce a nada porque, no nos engañemos, de nada servirían a la causa el 21% de los sufragios que obtendría el PSC ni los 31 escaños que lideraría el candidato maravILLA, porque ya tienen decidido —por muchas veces que repitan que no lo harán, puro sanchismo— que gobernarán con ERC y los Comuns, la marca local de Podemos.

Y luego está la cuestión del voto, acudir a las urnas, aunque se haya disparado el voto por correo. Bien mirado, acudir a la sede electoral, con las medidas de precaución que ya hemos interiorizado en este último año (mascarillas, distancia de seguridad y cositas así), no sería más arriesgado, a efectos de contagio, que viajar cada mañana en autobús o metro. Y, a lo mejor, solo la movilización del voto del voto constitucionalista, ese que odian los salvajes, esa caterva de fascistas que se dicen antifascistas —lo cual debería llevarles, en rigor, al harakiri—, podría acabar con ese virus letal que atenaza Cataluña: el independentismo y sus actitudes totalitarias.

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