Dolor y gloria

Dolor y gloria
José Joaquín Flechoso
Articulista de la actualidad política en diversos medios. Experto en networking sobre cuya actividad dirige jornadas entrevistando a personajes del mundo empresarial, administración, cine y moda.

Dice el gran director de cine Pedro Almodóvar, que su última película que lleva por título Dolor y Gloria (2019), cierra una trilogía en la que incluye a La ley del deseo (1987) y La mala educación (2004) obras emblemáticas del cineasta de Campo de Criptana. Todas ellas tienen como común denominador que el tema central son el deseo y la ficción. Almodóvar es un director controvertido que a nadie deja indiferente y la forma que tiene de ver la vida es tan particular como real. Sus raíces manchegas están en todos sus argumentarios, donde combina el amor, con la tragedia, y lo esperpéntico con lo folclórico. Retratar la vida, no es fácil, pero tanto él como Luis Garcia Berlanga, han inmortalizado una España peculiar, con sus personajes más variopintos, a veces caricaturizados para hacerlos destacar sobre lo ridículo de sus comportamientos. Ambos nos dejan secuencias irrepetibles, que forman parte de la idiosincrasia patria. Pero es la mencionada trilogía del manchego, la que me traslada a la escena política española, pues son tres títulos realmente inspiradores para ubicar a personas y comportamientos. Pero empecemos, manteniendo el orden cronológico, aunque en este caso, los tres títulos, son perfectamente conmutativos.

La ley del deseo es un drama aliñado con ese surrealismo tan propio de Almodóvar. El argumento nos presenta a Pablo Quintero, un exitoso director de cine y teatro, cuyo último trabajo lleva por título El paradigma del mejillón, toda una definición de principios en tono sarcástico. Pablo es un personaje muy especial, que llega incluso a escribirse cartas a sí mismo para confundir a un admirador, algo así como hace Teodoro Garcia Egea, que escribe guiones para sí mismo y para Pablo (Casado). Pero lo que de verdad mejor encaja con este Pablo (el de la película) son sus celos por la falta de comunicación con el supuesto admirador, lo que lleva a un delirante y tortuoso desenlace de la película donde interviene, al más puro estilo Almodóvar, un transexual que cobra un protagonismo inesperado, algo que me recuerda al cambio drástico experimentado por Rosa Díez, que pasó de socialista a pepera tras someterse seguramente a alguna radical intervención quirúrgica, con lobotomía ideológica incluida. El otro PPPablo, también se queja de que no le llaman, no le informan y tiene que estar todo el día atento al televisor, por si sale Pedro (Sánchez, no Almodóvar) lo cual no le permite seguir atentamente el culebrón de infidelidad de su amigo Alfonso Merlos con Marta López. Queda claro que el título de la película (La ley del deseo) denota una pasión irrefrenable de un amor no correspondido, paralelismo que nos lleva a recordar como Pablo desea La Moncloa, pero de momento, La Moncloa no quiere a Pablo…

Otra película de la trilogía es La mala educación, algo que nos lleva a invocar a la urbanidad y los buenos modales, si bien el argumento relata la vida de uno de los protagonistas en el colegio y los abusos físicos y sexuales que sufrió a manos del padre Manolo. Pero la pederastia en los internados no es simplemente “mala educación”, sino un delito repugnante. Pero trasladando este título a nuestra escena política, la buena educación se debería expresar en la llamada cortesía parlamentaria. El diccionario de la RAE define la define como “…el arte de la convivencia en sede de los adversarios políticos” y el propio Reglamento del Congreso de los Diputados dice: “Los Diputados están obligados a adecuar su conducta al Reglamento y a respetar el orden, la cortesía y la disciplina parlamentarias”, pero parece que sus señorías no saben o, lo que es más grave, no quieren, hacer caso de esta norma. 

Diputados discutiendo en el pleno, incluso enfrentados a la presidenta, dice poco de algunos parlamentarios, pero menos aún los insultos y descalificaciones. La vida parlamentaria, tiene algo de teatro y en algunos casos de teatrillo de títeres movidos desde refugios placenteros de la Costa del Sol. Se puede y debe ser duro en el fondo, la palabra, sin embargo, no se puede usar para descalificar y menos para insultar. La presidenta del Congreso debe llamar al orden, lo cual hace en ciertas ocasiones, pero igualmente debe retirar la palabra a quienes olviden la cortesía parlamentaria y conviertan sus discursos en una afrenta. La política exige un grado de ejemplaridad, pues muchos españoles siguen los debates parlamentarios. Tal y como se expresan algunos, he escuchado a muchos macarras, sin traje, sin corbata y sin banderita de España en la muñeca, o con ella, ser mucho más educados que algunas de sus señorías. 

Y la serie de Almodóvar nos lleva a Dolor y gloria, título muy apropiado para algunas escenas que vivimos en estas fechas. Almodóvar relata en tercera persona, pasajes de su propia vida, exponiendo sus miserias y sus logros, su tristeza por la muerte de su madre en el hospital en lugar del campo como hubiera querido y los éxitos que le encumbraron. Pues precisamente esa dicotomía entre dolor y gloria, encuentran su máxima expresión en la figura de la presidenta de la Comunidad de Madrid Isabel Diaz Ayuso. Siempre se ha dicho que una imagen vale más que mil palabras, pero parece que algunos lo interpretan como que una imagen, vale más de cien mil votos.

Ya me he referido en alguna ocasión, al hecho de sentir el luto, como un acto íntimo e interior, que no necesita de signos externos. Dudo que cualquier ciudadano de bien, creyente o no, nacionalista, separatista, o como algunos llaman, constitucionalista, no se haya conmovido por los miles de conciudadanos que el maldito COVID-19 se ha llevado por delante, pero a mi entender, sobran las manifestaciones de exaltación a la tragedia. Esa imagen de un Pablo Casado compungido frente al espejo en un aseo en la sede de su partido, dejando correr el agua del grifo como si el agua nos sobrase, es de una simpleza extrema, a la vez que de una puesta en escena innecesaria por lo preparada que es la instantánea. No se entiende la sobreactuación de algunos y algunas, en escenas que intentan representar el dolor en su forma menos creíble. La anterior referencia a Isabel Díaz Ayuso viene a colación por esa foto inserta en primera página de un diario de tirada nacional, de luto y con las manos en posición de virgen dolorosa, que tampoco destila credibilidad. Se intenta hacer valer los signos externos del luto de ciertos políticos, como el uniforme de campaña de los afligidos, en un intento por capitalizar el sufrimiento. Pero Ayuso vale para todo. En su afán por corroborar que la ignorancia es muy atrevida, ella solita va y se despacha descifrando el acrónimo COVID-19, en una interpretación a lo Isabel, diciendo que la “D” (disease en inglés enfermedad) “es por diciembre… claro, cuando llegó a España”. Solo le faltó decir que el “19” es por “los 19 días y 500 noches” de Joaquín Sabina, o que la culpable fue la Cumbre del Clima propiciada por el Gobierno social-comunista y la paciente cero la niña Greta Thumberg. Ella pensaba alcanzar la gloria, no solo por genialidades de este calado, sino también por su sarao del cierre del hospital de Ifema o quizás por alcanzar el cielo desde el ático del apartahotel que ocupa, no se sabe si a cuenta, o por cuenta de. Como diría mi primo, al cual hace mucho que no me refería: “de Cifuentes a Ayuso, o de Guatemala a Guatepeor”.

Tal vez del dolor a la gloria, algunos piensan que hay un pequeño paso y que apelando al primero, alcanzarán el segundo, pero la madurez de los españoles no se ha forjado por signos banales, sino tras muchos años de lucha contra las adversidades sociales y políticas, que han fortalecido nuestra democracia y no les gusta que les den voto por liebre. Decía Antonio Machado: “¿Tu verdad? No, la Verdad, y ven conmigo a buscarla. La tuya, guárdatela”.

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