Una “independencia” con freno y marcha atrás

O, lo que es lo mismo: “viaje a ninguna parte”. Tal como algunos esperábamos la pieza teatral que se ha venido escenificando en los últimos tiempos desde el gobierno de la Generalitat de Cataluña, ha ido pasando por los distintos géneros escénicos con su correspondiente reparto de papeles. Desde la comedia al drama, pasando incluso por el “musical”, llegó finalmente al esperpento surrealista de la “declaración” de ayer martes y la puesta es escena de otra nueva secuencia: la firma de un documento cuya importancia o interés está todavía por descubrirse. Todo ello con los “teloneros” que hacen su parte.

Desde que ya hace muchos años el “muy honorable” Sr. Pujol inició un camino sembrado de trampas en las que cayeron uno tras otro los gobiernos de turno (la primera fue la cesión de la Educación), ese viaje con el horizonte virtual y etéreo de la supuesta independencia, ha servido para ir alimentando ilusiones y esperanzas nacionalistas en una población que, antes de tal manipulación, no se lo había planteado siquiera en su mayoría inmersos —como estaban— en salir adelante con sus vidas.

El partido de la burguesía catalana y varios de sus dirigentes empezaron a salir imputados (ahora investigados) por diversos delitos que se iban encadenando en un interminable rosario de responsabilidades personales donde se mezclan las actuaciones institucionales con las privadas, un “mix” siempre peligroso que acabaría explotando por mucho que se tratara de evitar la “reacción en cadena” por parte de los “pajaritos que podían caer del nido si se agitan las ramas” (una frase llena de significado por parte del Sr. Pujol en el Parlament de Cataluña). Como todavía no se han pedido explicaciones de ningún tipo sobre el mismo, el ciudadano puede hacer las conjeturas que crea oportuno.

También hace unos años, otro imputado y condenado, que tuvo sus momentos de gloria cerca del poder, amenazó con “agitar las ramas”. Luego parece que se quedan sin fuerzas para eso porque, a veces, alguien les hace llegar un recado de advertencia y las bocas enmudecen. Bien porque esperan una solución a su internamiento y condena, bien porque el miedo les deje mudos. Si volvemos al mundo de la ficción cinematográfica, vemos como las realidades la superan ampliamente. Eso, en un sistema democrático.

Los últimos acontecimientos en Cataluña deben tener también su explicación pero, como ya es habitual, esta no pertenece a la soberanía nacional, sino a quienes se han apoderado de ella de una u otra forma. Un periodista escribió hace algún tiempo un estupendo libro llamado “El negocio de la libertad” donde se dan las claves para entender mucho de lo ocurrido desde la muerte de Franco. Otros autores han intentado desentrañar los “arcanos” de nuestra ya muy veterana “transición política”. En todo ese tiempo, el partido CiU estuvo en todas las “pomadas”. El partido convergente sabe y conoce su composición y, por eso, sabe qué ramas puede agitar para los “pajaritos”, cómodamente instalados en ellas, empiecen a inquietarse.

La “independencia” ha sido siempre una forma de “negociar” con el resto del Estado. Mejor dicho, con sus gobiernos, ya que el Parlamento está para lo que está (aunque todavía no parezca que lo sepa, tal como está “pillado” con las listas partidarias). De una forma gradual y progresiva las competencias, de las que sólo es titular el Estado, pasaban a ser titularidad de las CC.AA. en clara sustitución de la nación por las nuevas “nacionalidades” amparadas por el texto constitucional. Sus estatutos eran y son “constituciones” encubiertas a modo de virreinatos (sólo se acepta la monarquía) de nueva o más antigua tradición.

¿Qué papel tienen entonces las Cortes Españolas, supuestas representantes de la soberanía nacional? ¿Simplemente enzarzarse en discusiones cansinas sobre quienes son los buenos y los malos en el mundo partidario? Mientras tanto, en su entorno, ocurren cosas muy importantes que afectan a España y a los españoles que se limitan al ¡váyase Sr.Rajoy! o ¡quédese Sr. Rajoy! Desde que el dedo índice de los portavoces de los grupos parlamentarios ha sustituido al debate parlamentario, a la argumentación razonada y a la palabra, debemos empezar a pensar si hay de verdad una “democracia representativa”. En el caso de Cataluña se han limitado a decir amén a la imposición del presidente de turno (por lo que podríamos hablar más de un régimen presidencialista y autocrático que de un régimen “democrático”).

¿Qué sentido tiene una Constitución (que debe ser la base del estado de Derecho) cuando es contradictoria, imprecisa y modificable por vía de hecho o normas partidarias? Hay que recordar de nuevo a todos los constitucionalistas que han venido insistiendo sobre ello (como el caso de Pedro de Vega recientemente fallecido) sin que la “corrección política” del momento atendiera sus advertencias (el hecho de hoy ha sido preguntar al Sr. Puigdemont —a estas alturas de la película— si lo que ha ocurrido es verdad. Es como si nos preguntan sobre cualquier infracción reiterada de la ley que podamos cometer, si va en serio o es una simple broma). Ya tenemos un estado de Derecho fallido donde la inseguridad jurídica es rampante.

El resultado palpable es Cataluña y su gobierno. Como lo pueden ser otras CC.AA. que esperan ver la deriva del envite secesionista donde, por cierto, también hay unos parlamentos o asambleas autonómicas obsoletos cuyo papel es un fiel calco del nacional. Ahora el “viaje a ninguna parte” empieza a ser para los responsables de la “declaración de independencia” una huída hacia no se sabe donde, pero una huída en toda regla, donde el freno y marcha atrás es solo una estrategia de cara a la galería. Una galería con muy diferentes espectadores: los que se creyeron el mensaje y confiaron en sus mensajeros y los más cautos que creyeron que todo podía ser una farsa. Un entretenimiento para distraer la atención del público y hacerle olvidar lo que se cuece entre los bastidores del teatro.

Urge pues esa verdad y no tratar de seguir engañándonos con “mitologías” ya pasadas. Bastante daño han hecho a unas gentes que sólo quieren vivir en paz y armonía, sin tener en cuenta lo que ya ha quedado definitivamente para la Historia. No nos equivoquemos pensando sólo en los “políticos” de profesión para resolver nuestras vidas. Un axioma es desconfiar de los que administran. Ese es el ejercicio de la libertad; eso es (al menos) la aproximación a la democracia desde nuestra comodidad irresponsable.

 

 

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Acerca de Juan Laguna

Colaborador de Fundación Emprendedores.
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