Pablemos

Podemos, el joven partido que nació como una erupción volcánica en un país harto de soportar una crisis que no ha generado de manera endógena, pero ha tenido que sufrir como pocos lo han hecho soportando recortes y austeridades más cercanas a una bancarrota que a una economía de Champion League como decía Zapatero, ha celebrado su segundo congreso entre críticas y desafíos internos, en una clara demostración de su bisoñez como formación política, en lo que se ha venido a denominar como una irremediable crisis de crecimiento, superada por los acontecimientos propios de quien debe reflexionar antes de continuar por un camino indefinido y con rumbo errático queriendo captar votos a diestro (Ciudadanos) y siniestro (con perdón, el PSOE).

Ante los electores, los ruidos protagonizados por las diferencias más que palpables entre Pablo Iglesias e Iñigo Errejón han despistado a más de uno y ha provocado la indignación (valga la paradoja) en muchos de los indignados. Pablo Iglesias cabeza visible desde el comienzo de este partido, el hombre mediático por excelencia de Podemos, se enfrentaba a una corriente interna bautizada con el título de Recuperemos la Ilusión, algo de por si poco acertado en su denominación, pues hacía mención a la pérdida de uno de los valores máximos de la formación cual era la ilusión de los votantes por compartir gran parte de las reivindicaciones abanderadas por los jóvenes profesores universitarios, así como por unos idearios izados el 15-M. Los chicos le la Puerta del Sol convertidos en políticos, habían creado incertidumbre en un panorama político plano en cuanto la manera de actuar de los partidos tradicionales. Las asambleas, los círculos, el consejo ciudadano, todo eran nuevas denominaciones, alejadas de la nomenclatura tradicional de las otras organizaciones políticas, que miraban entre estupefactos y aterrorizados la irrupción de Podemos.

Pronto los poderes mediáticos y en especial aquellos que sostienen a la clase política (casta en el argot pablista) se dieron cuenta que aquellos a los que despreciaron como representantes de un movimiento sostenido durante largas jornadas acampados día y noche en el kilómetro cero, se habían organizado como partido político y hacían temblar los cimientos del tranquilo panorama político español donde la alternancia en el poder de los dos grandes partidos, se había convertido en norma no escrita. El partido recién nacido, había irrumpido cual torbellino en el panorama político español, se había colado en el Parlamento Europeo por la fuerza de las urnas y amenazaba con hacerse con el poder en muchas poblaciones en las elecciones locales y autonómicas de 2015 e inevitablemente estaría presente en las siguientes elecciones generales del mismo año.

Su ideología estaba aún por definir, pero raudos y veloces se empezaron a movilizar los de la caverna y los de la moqueta, para buscar en el baúl de las telarañas cualquier resquicio que les pusiera en la senda de la corrupción de alguna de sus acciones pasadas para financiar al nuevo partido, chavismo venezolano incluido. Algunos sin embargo no quieren recordar los tiempos en los que la Fundación Ebert financiaba al PSOE o la Fundación Adenauer al PP de entonces, léase Alianza Popular, o más recientemente cuando Filesa y Gürtel, llenaron las arcas y las cloacas de los grandes partidos.

La imagen a lo Novecento de la plana mayor de Podemos, entrando en Vistalegre en su primer congreso, creaba inquietud y malestar entre los socialistas principalmente, al verlos como una amenaza para su electorado muy debilitado tras el final de ZP, la llegada de Rubalcaba y el incierto rumbo del partido en su travesía del desierto en búsqueda de un líder que devolviese la ilusión a bases y al espectro sociopolítico de izquierdas donde siempre se han movido con comodidad. Para el PSOE, Izquierda Unida no era un peligro pues su techo era bien conocido y contrastado, como una fuerza complementaria pero no decisiva. Para el PP, la llegada de Podemos le preocupaba enormemente por ser la voz de los indignados y críticos con las políticas de austeridad, la nula sensibilidad social ante los graves problemas que la crisis había aflorado y en definitiva, eran la lupa que exigía asumir responsabilidades políticas y penales ante tantos desmanes en forma de corrupción generalizada.

Pablo Iglesias, va proclamando en tertulias televisivas y en la radio un ideario que agita la conciencia y llama a la rebeldía ante los que mandan. Su estética poco habitual coleta incluida y su verbo agresivo, le confiere un carisma difícil de contrarrestar por sus colegas políticos y la terminología empleada, cala muy hondo en el sentir ciudadano. A Podemos lo arropan otros movimientos nacidos de la crisis como las Mareas, la Plataforma Anti Desahucios y todos aquellos movimientos ciudadanos que no encuentran acomodo en ninguna formación política convencional, ni siquiera en IU en quien ya nadie cree como fuerza política reivindicativa, capaz de liderar la critica a los poderes consolidados y reforzados aún más si cabe, por la crisis. Pero Podemos debía tener una mutación al encontrarse como un partido donde cabía de todo y todos, llegando a la conclusión real de que había muchos Podemos, dentro de Podemos. Con ese espíritu se abordaba Vistaalegre2, un auténtico congreso plebiscitario tal y como lo había llevado Pablo Iglesias ante los que iban a decidir el futuro de la formación política.

Y llegó el momento del duelo ideológico interno y aparecieron en el ruedo de la antigua plaza de toros de Vistalegre entre gritos unánimes de “Unidad”, los dos principales contrincantes donde el ganador de aquel enfrentamiento, se llevaría los laureles y por ende, la dirección del partido. Íñigo Errejón apareció serio, casi superado por las circunstancias en un ambiente hostil y fraternal a la vez, como cuando de pequeño sabias que tu padre te iba a regañar, pero sin hacerte daño, pues para eso era tu padre y no el jurado de Máster Chef. En ningún momento se separó de su equipo y miro al graderío en un primer gesto tímido buscando complicidad sin mucha respuesta en el auditorio, lo que hacía presagiar su derrota, por más que levantase la mano con la “V” de victoria. Pablo Iglesias entró de forma arrolladora buscando la agitación de sus seguidores con el puño en alto, haciendo gestos que indicaban su certeza con la victoria en aquella desigual confrontación.
Finalmente el resultado ya es de sobra conocido, Pablo eufórico tras su victoria, acaba desmelenado mientras Iñigo con la mirada perdida entraba en shock transitorio. Mientras, Monedero esa especie de Harry Potter sin flequillo, levantaba la mano con los cinco dedos separados como si entonase el cinco lobitos tiene mi loba como le cantaba a Errejón cuando era pequeño, pues ya se sabe que Juan Carlos (Monedero, no el Rey emérito) ha sido profesor de Iñigo y mi primo que se las sabe todas aunque a veces exagera, dice que hasta lo llevaba al colegio de pequeño.

Mientras en el PSOE, los de la Gestora corrían a proclamar que Podemos acababa de definirse como fuerza extremista de izquierdas, alentados desde su atalaya andaluza donde Susana hacia otro de sus discursos mitineros pre-primarias, llenos de palabras pero vacíos de contenidos. También los de la Caja Mágica (antes Caja B) reforzaban su calificación de populistas a los de Iglesias con más vehemencia que antes, pero ambos PSOE y PP en su fuero interno sabían que no eran buenas noticias la gran demostración de fuerza del consolidado líder de Podemos. Al PSOE sin embargo le queda Pedro Sánchez y su aplauso fraternal al que consideró durante meses el causante de su frustrado asalto a la Moncloa. Ya se sabe Pedro, quien bien te quiere, te hará llorar… y votará “no” si vas con il bello Rivera.

Acerca de José Joaquín Flechoso

Articulista de la actualidad política en diversos medios. Experto en networking sobre cuya actividad dirige jornadas entrevistando a personajes del mundo empresarial, administración, cine y moda.

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