No quieren, no les importamos

Quizá hemos dado por buena la convención de que el liberalismo, lo liberal, estaba incorporado al sistema democrático como uno de sus valores inherentes. Me temo que su penetración todavía insuficiente es lo que explica el despliegue de toda la terca contrariedad, de todo el odio trúcida, de los extremismos recurrentes.

Para alejarme del ruido tumultuario y obsceno de este mal teatro que en definitiva escenifica el descompromiso, busqué amparo en predios de serena tolerancia y de debate genuino. No sin esfuerzo y preocupación por el clamoroso olvido de que son objeto España y sus gentes. No de la gente de Podemos que con su derecho a decidir no saben dónde están hoy ni a qué país pertenecerán mañana. Así me sumergí en Salvador de Madariaga, en sus obras mayores y menores. Su lectura ha sacudido mi pereza de escribir. Hay un personaje, que no es sino el mismo, que expresa que la decadencia de España, es fruto de que los españoles han abdicado, ya no quieren. Se contentan con soñar que quieren. Circunscribiéndolo a la casta-clase política, vieja o nueva, en fuga o emergente, a mí me parece, agriamente, que gesticulan que quieren. Y lo hacen groseramente. Los políticos parecen no querer y este no querer ha mordido la médula primigenia de su funcionalidad social, generando su ataraxia.

Es difícil evitar el sombrío latido del poema de Gil de Viedma que profetiza que a este país “de todos los demonios” le espera un infausto final. Y así dice “de todas las historias de la Historia sin duda la más triste es la de España, porque termina mal”. Y también se conecta con la actual situación “como si el hombre harto de luchar con sus demonios decidiese encargarle el gobierno y la administración de su pobreza”. Lo que me sugiere la hipótesis de Podemos en el Gobierno.

Antaño había épica y algo más atrás también retórica elegante. Ahora la abrupta y brutal negativa de Pedro Sánchez que adorna su evidente saña con “no es no y, ¿qué parte del no no se entiende?”, aplicado a un enemigo que debiera ser solo un adversario y en situaciones críticas, como la presente, el socio natural en el que encontrar el abrigo y solución a los pesares de la patria.

Los viejos partidos, colmados de vicios y complacencias hoy, pero hasta poco con un brillante servicio a España parecen haber parido confluencias y emergencias inquietantes. Todos, sin excepción, resultan a la postre amalgamados en la responsabilidad de este penoso trance. Ciudadanos, que no tenía porque asumir semejante riesgo, se ha sumado al cortejo del “Maura no” que tantos sinsabores nos ha deparado por un siglo entero. Claro que es razonable la salida de Rajoy del escenario. Mi criterio es que debe salir con honor. Con honor, pero fuera. Y si conviene la resignación de Rajoy es inaceptable la continuidad de Sánchez. Los asuntos delicados se trabajan con discreción y respeto y no se vocean, como es el caso de Ciudadanos desde las troneras de un PSOE que parece haber fagocitado, con irrelevante resistencia, a sus cuarenta prometedores escaños.

Aquí ha ocurrido y ocurre que un partido democrático ha negado la paz y la palabra a otro partido democrático, por cierto más exitoso electoralmente, y nadie se ha escandalizado, excepto naturalmente el afectado, de esta flagrante violación de la esencia de la democracia. Aquí ocurre que el partido emergente honrosamente empeñado en que los partidos constitucionalistas acudieran al rebato de las adversas circunstancias se ha fundido en un “jumelage” con los socialistas olvidando que configurado como una de las cuadriculas de centro, sus votantes le eligieron sobre las opciones populares o socialistas. Parece que todos hemos perdido el juicio y que se hace efectiva la antiquísima máxima de que los dioses ciegan a quien no quiere ver. Más de cuatro millones de desempleados, de ellos al menos dos completamente parados, aherrojados quizá para siempre del mercado laboral; los separatistas catalanes en abierta sedición, los radicales vascos amenazando un nuevo frente contra el Estado y las mareas… Podemos, el más bizarro y perverso disparate fuera del tiempo que debiéramos vivir, al defender con conductas vergonzantes el derecho a decidir, condenaría a España a ser una nación, un Estado, sin tracto, sin continuidad, perpetuamente pendiente de los referenda que las “naciones” quisieran promover agitadas por sus correspondientes mareas, para federarse, desfederarse o refederarse.

Una nación sin futuro ni fiabilidad para participar en grandes empresas, imposible de contar en escenarios internacionales y sobre todo, en la mente y el corazón de sus naturales.

Será imposible olvidar lo menguado y mendaz de los comportamientos de los políticos cuando los electores les han ofrecido una ocasión excepcional para adoptar las reformas necesarias y fortalecernos frente a la nada improbable nueva crisis económica, cuyos efectos volverían a ser mas profundos y dolorosos en España que en nuestros socios europeos. El peor mensaje de los políticos hoy es el “sálvese el que pueda” que están destilando. No es un caso solo de bisoñez sino de descerebramiento y regurgitación de las crecidas e inagotables sentinas del odio. En el año de Cervantes.

Acerca de Fernando Lanzaco

Licenciado en Derecho y en Ciencias Políticas. Periodista titulado por la Escuela Oficial de Periodistas, pertenece al Cuerpo Superior de Administradores Civiles del Estado. Ha desempeñado, entre otros, los puestos de Subdirector General de Coordinación Administrativa del Ministerio de Educación y Ciencia, Presidente del Instituto Nacional de Asistencia y Promoción al Estudiante, Director General de Personal de Ministerio de Educación y Ciencia, Subdirector General del Ministerio de Justicia y Gerente de la Universidad Politécnica de Madrid.
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